Tuesday, April 12, 2011

No eran nada. Nada.

Lo que creí que sería barrera de mis labios violentos: los gritos, las consignas, los despliegues de paños multicolores tendidos al aire en manifestaciones multitudinarias; o por el contrario, el yo ensimismado, recogido, en enjambrado muro de silencio entre colmenas bulliciosas…
No eran nada. Nada.
Pues circundando los espacios ciegos, bañados con pájaros mudos, los odios bociferaban insultos con dientes afilados de sierra, excitando sin cesar las águilas hurañas de la sangre en las dolorosísimas incubaciones de las tormenta bajo los claros umbrales de un ser puro y sincero.
Entonces me dije, sobre el corazón limpio de la mañana, alzando con mis dos manos una muchedumbre de espejos, para todos fueran testigos:
-En la contemplación firme de nuestro rostro sin careta vemos brotar, de la pulpa de nuestros ojos inocentes y puros, mil sueños, camaradas y amigos.
Camaradas y amigos -repetí- mil sueños.
Y allí, meneando sus cabelleras, los leoncillos libres, gritan con insistencia que no me entregue al muro esteril de la soledad, a juntarme en apretados silencios de luces cegadoras; ni a esa frágil e insustancial barrera de labios violentos, como tampoco a impulsivos saludos de telas coloradas
Ya que todo, todo eso, es poco más que una vanidad de autolaureles.

Lo que creí que sería barrera de mis labios violentos: los gritos, las consignas, los despliegues de paños multicolores tendidos al aire en manifestaciones multitudinarias; o por el contrario, el yo ensimismado, recogido, en enjambrado muro de silencio entre colmenas bulliciosas…

No eran nada. Nada.

Pues circundando los espacios ciegos, bañados con pájaros mudos, los odios bociferaban insultos con dientes afilados de sierra, excitando sin cesar las águilas hurañas de la sangre en las dolorosísimas incubaciones de las tormenta bajo los claros umbrales de un ser puro y sincero.

Entonces me dije, sobre el corazón limpio de la mañana, alzando con mis dos manos una muchedumbre de espejos, para todos fueran testigos:

-En la contemplación firme de nuestro rostro sin careta vemos brotar, de la pulpa de nuestros ojos inocentes y puros, mil sueños, camaradas y amigos.

Camaradas y amigos -repetí- mil sueños.

Y allí, meneando sus cabelleras, los leoncillos libres, gritan con insistencia que no me entregue al muro esteril de la soledad, a juntarme en apretados silencios de luces cegadoras; ni a esa frágil e insustancial barrera de labios violentos, como tampoco a impulsivos saludos de telas coloradas

Ya que todo, todo eso, es poco más que una vanidad de autolaureles.

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Wednesday, April 6, 2011

No eran nada

La que creí que sería barrera de mis labios violentos,
los despliegues de paños multicolores tendidos al aire,
o los enjambres del silencio en colmenas bulliciosas…
No eran nada. Nada.
En los espacios ciegos bañados con pájaros mudos
los odios bociferaban con dientes afilados de sierra
excitando sin cesar las águilas hurañas de la sangre
en las dolorosísimas incubaciones de las tormenta
bajo los claros umbrales de un ser puro y sincero
Entonces me dije sobre el corazón limpio de la mañana
alzando con mis dos manos una muchedumbre de espejos:
-En la contemplación firme de nuestro rostro sin careta
veo el brotar de la pulpa de mis ojos inocentes y puros
mil sueños, camaradas y amigos.
Camaradas y amigos, mil sueños.
Y allí, meneando sus cabelleras, los leoncillos libres
gritan con insistencia que no me entregue a la soledad,
ni a ese frágil e insustancial muro de labios violentos,
como tampoco a impulsivos saludos de telas coloradas,
ni a juntarme en apretados silencios de luces cegadoras…
Ya que todo eso no es más que vanidad de autolaureles.

La que creí que sería barrera de mis labios violentos,

los despliegues de paños multicolores tendidos al aire,

o los enjambres del silencio en colmenas bulliciosas…

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Tuesday, March 10, 2009

Manolo Martín de Mena: ‘Fuente, Fuentespreadas’

Martín de Mena: ‘Fuentespreadas’

Fuente; tu luz se ilumina,
espejo y luna tallada,
agua pura y cristalina
que brota de la calzada.

El sol reseca tu piel,
la luna besa tus manos,
tu has mitigado la sed
a españoles y romanos.

Se murieron tus viñedos,
pero no murió tu historia,
porque tienes de tus deudos
la riqueza meritoria.

Tumbas de piedra talladas
yacen valientes guerreros,
espuelas que han sido halladas
en caminos y senderos.

Sarcófagos y molinos,
brazaletes y alfileres,
contemplan vuestros vecinos
el valor de estos enseres.

La luz destella otro foco
rebosante de cultura,
escudos de arte barroco
con elegante escultura.

Camino Santa Colomba,
las huetes(*sic) quedan los restos;
no tiene la iglesia tumba
para descansar los muertos.

Desgarran fustes romanos,
los frisos son desplomados,
se desmoronan las piedras,
con el paso de los años.

Amar la vida es precioso
aun gastados los peldaños,
el ser joven es hermoso
aunque tengas muchos años.

Ni la espada de tu mando,
ni las espuelas doradas,
la bravura del soldado
no conquistó Fuentespreadas.

El Perdigón, 28 de Diciembre de 1991

__________

(1) El título es nuestro

(*sic) ¿Huestes?

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Tuesday, January 27, 2009

Norman Mailer: de ‘Noches de la antiguedad’

Entonces tuve que usar bastante el látigo, dejándolo caer sobre los que no me dejaban pasar, y, también, en forma prudente, sobre los caballos.

Norman Mailer

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Thursday, November 27, 2008

José Mª Amigo Zamorano: siguiendo los gritos

Por José Mª Amigo Zamorano

(a) Un esclavo polivalente

Pocos pasos dio adelante, después de hablar con un joven obrero al que conocía, cuando llegó hasta sus oídos un sonido que no era ni palabra, ni cántico, ni silbido, siendo todas esas cosas a la vez y algo más: una notable mezcla de alegría desbordante y nostálgica rebeldía. O eso creyó él.
Miró hacia atrás. Hacia el obrero. A pesar de estar seguro de que el origen no estaba allí. Lo pensaba al haberle parecido, como le pareció, un ser sumiso y obediente. Buena persona, eso si. Bondadoso, además. Pero nada inclinado, creía, a arrebatadas rebeldías. Fue la conclusión a la que llegó. El retrato que extrajo de él. Que le iba a hacer.
Alguien podría pensar que su manera de clasificar a las personas era muy simple. Sectaria, quizás. Y lo era. Pues siempre estaba soñando con manifestaciones y movimientos revolucionarios en donde masas obreras tendieran por el suelo al sistema capitalista en oleada incontenible. Es por lo que catalogaba a los interlocutores como sumisos o rebeldes, de inmediato. Y le gustaba, claro está, más los rebeldes al presumirles disposición a tumbar ese Capital de donde brotaban crisis, como en la que estamos ahora inmersos, que lanzan al paro, a la pobreza, incluso al hambre, a millones de personas.
El obrero seguía subido en la máquina haciendo zanjas. Un trabajador polivalente: zanjero, cableador, hormigonero… un esclavo valioso al que, aún, no había echado del curro.
Siguió su derrota andariega… Nunca mejor dicho ‘derrota… Hacía años que caminaba derrotado, vencido… Ningún sueño de libertad por el que luchó llegó a materializarse. De manera, que, su derrotero, en este caso, iba derecho como espina a la herida de su derrota.

(b) Henchido de gozo

Si bien, en este momento, precisamente en este, en el que su cuerpo recibía el sol de un otoño luminoso y cálido, no pensaba ni en vencimientos, ni en dolores, verdeando, como verdeaba, por doquier, con el color que dicen de la esperanza, la dulce otoñada. Recordatorio de que volverá a retornar la primavera. Por todo ello, él, al contrario, caminaba henchido de gozo, pleno de bienandanza, al comprobar que, a pesar de los pesares, la vida coninua. Y mientras hay vida hay esperanza…
Llegó a sus oídos un sonido parecido al anterior. Más agudo, ta vez. Pareciole distiguir, sin estar del todo seguro, la palabra ‘libre’. Sin certidumbre alguna. Y seguido de un silbido o alarido o… Vaya usted a saber… Y nada más. Pero inquietante. Inquietante como sombra que produjo una nube al ocultar el sol un instante. Quien, por fortuna, volvió a lucir de nuevo su poder, para regocijo de caminantes que, como él, andaban a tales horas, pasito a pasito, entre el oro valetudinario que desprendían los árboles de sus ramas.
Se quedó quieto. Prestó atención por si acaso el sonido volvía a repetirse. Al tiempo que escudriñaba con sus ojos puertas, ventanas… cualquier rincón… Efectivamente, sus oidos tornaron a captar ese sonido… ni palabra, ni silbido, ni cántico. Y que tenía todas esas características. Se sintió impelido, sin saber el por qué, a seguir el rastro que el viento le trasmitía.

(c) El amo viene poco por aquí

Tras doblar una esquina se sorprendió, encontrándose, delante de una finca que, siempre, había hallado cerrada a cal y canto, El Colmenar se rotulaba, pero que, ahora, ¡qué casualidad!, tenía abiertos sus anchos portalones. Era una finca rodeada por un alto muro del que sobresalían ramas de árboles muy diversos. Muro interrumpido por un portalón, que se acaba de nombrar, al que se disponía a atravesar un hombre que acababa de dejar un mueble en el suelo, cerca de un camión de mudanzas, que, a la sazón, allí se hallaba. Dudó entre seguir su paseo o… o preguntarle a ese hombre si tenía relación con la finca. Y lo hizo. Al responderle afirmativamente se atrevió a hacerle otra pregunta: la de si podría pasar a ver la finca por dentro.
-Verá usted… Es que siempre, siempre, he encontrado este lugar cerrado…
-No me extraña. El amo viene poco ahora. Antes, si. Pero se le murió la mujer… Le ha cogido manía a la casa. Y ahora la estamos vaciando…
-¿La casa? A lo mejor es mi ignorancia… Pero nunca he visto casa alguna…
-Pues si. Hay una casa. Bueno, más que casa es una mansión. No se la ve porque los senderos que parten de la entrada, trazados en curvas, se pierden entre los árboles que impiden verla. Ahora, como le decía antes, le estamos quitando los muebles.
-Por algo me picó la curiosidad… Como si esta soledad fuera un misterio… Aquí hay busilis, me he dicho en algunas ocasiones… Mas… si le molesto…
El hombre se sujetó el cinto en el que llevaba, entre otras herramientas, una larga llave inglesa y lo miró sonriendo.
-¡Oh, no! Pase, pase.  Miré lo que quiera. El amo no está… Y perdóneme, pero tengo que seguir trabajando. Cuando hayamos terminado, si usted no se ha ido antes, le avisaremos.
-Eso. No me deje encerrado en esta prisión -dijo echándose a reir.
-No se preocupe.

(d) Las cigüeñas ya no emigran a Africa

El hombre siguió un sendero que se abría a su derecha. Iba a seguirlo, pero cambió de decisión y se adentró por una senda que avanzaba hacia la izquierda olvidándose por completo del motivo por el cual había llegado hasta allí.
Caminó acampañado por el canto de multitud de pájaros. Destacaba, de cuando en cuando, el graznido de los grajos; los cuales, dicho sea de paso, en otoño, quizás porque intuyan la llegada inminente del invierno, se hacen más visibles y oibles.
Parose a contemplar dos árboles que destacaban por su altura, un pino y un abeto. Este último tenía en la pingorota el nido de una cigüeña. Le vino a las mientes el dicho ese de ‘por San Blas la cigüeña verás y si no la vieres año de nieves’. Sin embargo, a estas alturas del otoño, seguía el ave en su nido. Nada extraño porque algunas ya no emigran a Africa. También en esto se nota el cambio climático.
Al reemprender el paseo dejó la senda adentrándose entre la arboleda y tropezó con algo que rodó entre la hojarasca del suelo. Una piñota. El suelo, aquí y allá, estaba cubierto de ellas. Dejándose llevar por el albur se metió en el bosquecillo dándose cuenta que caminaba por suelo mullido; blando por la broza acumulada durante años que nadie se había encargado de limpiar. En un claro encontró, diseminados, numerosos níscalos que dejaban asomar su anaranjado sombrero. Sintió la tentación de cogerlos pero, no teniendo recipiente, los dejó. Al fondo se veían, cerca de unas jaras, agrisados, unos boletos que son, entre los hongos comestibles, de lo más exquisito al paladar. El hecho de estar ahí esos manjares era muestras inéquivoc de que pocas personas habían transitado por el lugar. Y, para embellecer aun más el sitio, numerosas florecillas de color lila que son típicas del otoño, se dejaban ver con gusto.
¡Qué bien se estaba allí! ¡Que silencio! ¡Qué paz!

(e) Neruda y Aimé Cesaire

Lástima tener que abandonar este pequeño paraiso.
Un lugar, pensaba, de los más recoleto; para aislarse del mundo y sus miserias…
En cualquier momento le avisaría el señor que encontró a la entrada que era hora de irse.
En esto cavilando, cuando oyó como una estampida o revoloteo fugaz de pájaros. Y un silencio absoluto. Y casi al mismo tiempo, insistiendo, más cerca, más rotundo, más cortante. Con unas palabras esta vez claras:
-¡Libre, libre quiero ser! ¡Cabrón!
Como dirigidos a alguien que lo retuviera a la fuerza. ¿A quién?
-Yo qué sé -musitó- Algún carcelero o negrero. Que los hay.
Palabras, por otra parte, nada extrañas en el tiempo de crisis que vivimos, donde todos… bueno… por lo menos la mayoría… nos hallamos atados a los poderes del Gran Capital. ¿Simbólicas? Eso si. Sin duda. Aunque el lugar, todo hay que decirlo, no era el más apropiado para dar esos gritos, donde, por no haber, no había ni gente; y menos banqueros, empresarios, obispos, generales, masas obreras… ¡Ni el amo estaba!, según el hombre que había sido tan amable, dejándole pasar para atisbar ese rincón. Recordó unos versos irónicos de Neruda en su grandioso poema ‘Canto general’: ‘Halló al valiente perorando en la calle desierta’. Palabras más o menos. De modo que tal muestra de protesta o rebeldía en el desierto era inutil, pensó. Desdiciéndose casi al instante al decirse, como se dijo, que aquel síntoma de rebeldía podía ser el inicio de un gran movimiento al que no podía permanecer como espectador, como un mirón de tres al cuarto, parado, sin mas. Quería alejarse de ese común denominador del pensamiento que ata a los oprimidos como cadenas, incluso más que las cadenas, y que se resume en la exclamación: ‘¡y yo solo qué puedo hacer… nada!’
Lo tenía claro desde aquella ocasión en la que, con otros familares, siendo un niño, llevaba a hombros una viga. Después de dar unos pasos, considerando que su ayuda era innecesaria, dejó la viga provocando el desequilibrio de fuerzas que casi aplasta al resto. Buena reprimenda se llevó. Y con razón. Tenía clara su contribución a la causa. Y más acordándose de aquellos versos del gran Aimé Cesaire: ”Guardaos de cruzar los brazos en la actitud esteril del espectador, pues la vida no es un espectáculo, un mar de dolores no es un proscenio, un hombre que grita no es un oso que danza’.

(f) Un sueño

Echó a correr en post de la derrota que indicaba las voces.
-¡Más deprisa, coño! ¡Mas deprisa! Que un hombre que protesta no es un oso que baila.
Al poco rato, no era muy extensa la finca, se encontró, justo, delante de la entrada de la casa o casona o mansión del amo, de la que ya le había hablado, con su larga llave inglesa al cinto, el hombre de la entrada.  Sacaban muebles de ella unos trabajadores… ¡de raza negra!
-¡Negros! ¡Aquí si que hay busilis! -exclamó para si.
Y esa admiración le empujó a creer, como creyó a pies juntillas, que esos currantes estaban trabajando forzadamente. Tal que esclavos. Un pensamiento que no se desviaba ni un ápice de una realidad, producto de la explotación del hombre por el hombre y que, con la abalancha de emigrantes, ha sido incrementada hasta extremos de épocas que creíamos pasadas. Dándose casos de trabajos forzosos que habían sido denunciados por inspectores laborales y sindicatos obreros. Y llevados a los tribunales de justicia.
Se quedó observando, oculto tras un árbol, a la espera de sacar alguna conclusión para actuar en consecuencia. Como actuaria. Sin duda. No iba a ser él, precisamente él, con su inacción, el que obstaculizara la materialización de un sueño que se repetía, ultimamente, con mucha frecuencia.
En el sueño se veía con el fuego encendido, solo y abandonado; confundido, desconcertado e indeciso después de tanto esfuerzo infecundo; era una hoguera ardiendo en despoblado; consumiéndose; y, como el que se contempla acorralado por las sombras, alterado, agitado y desasosegado gira, amenaza y manotea, intentando horadarlas, él hace lo propio: abrir una brecha por donde penetre la luz; aunque sea tenue o vacilante; con una brizna de esperanza le vale. Entonces ve a los otros; a casi todos; miran sin cesar por la ventana al acecho de alguna señal, pista, huella… cualquier indicio nuevo y suficientemente lleno de anhelos; un deseo de luces, de sirenas, de llamadas, de silbidos, de invitaciones, de convocatorias; de banderas de lucha tremolando por las calles; y, hete aquí, que los ve a todos; practicamente a todos; desaparecen de las ventanas; y oye un resonar de pasos, de pisadas, escaleras abajo, hasta las calles y avenidas; inundándolo todo; los ve cómo corren; también los contempla subir a las barcazas; ¡qué gozoso es el sonido del remo sobre el agua!; ¡qué alegre es ver avanzar por el mundo a las masas hacia la luz conque enciende la aurora el horizonte!
Ese es su sueño.

(g) Libre, libre quiero ser

Pero la realidad está ahí: Los hombres entran y salen de la casa con muebles que llevan, supone, hasta el camión de las mudanzas. Hablan poco. Sudan mucho. Y si, por un casual, se tropiezan o estorban, intercambian, alegremente, unas palabras. Con  esos detalles, con semejantes indicios, no podía concluir que… esos negros… infelices, infelices… lo fueran mucho… La verdad sea dicha.
-¡N’Komo! ¿No sabes dónde está Pedrito? No lo encuentro, joder. ¡Ah! Y sube a ayudarme a bajar la consola africana. ¡Enseguida!
Oyó que gritaban desde dentro de la casa. Por el timbre de voz debía de ser el hombre blanco de la entrada…
-Eso tono imperioso… -pensó- no me gusta… no.
Un negro que lleva una silla la dejó en el suelo y gritó a su vez yendo a la puerta de la casa:
-¡Voy, voy! ¿A Pedrito?… ¡No! ¡No lo he visto¡ Pero no se enfade. Ya sabe que es muy rebelde. Y no se hace a esto.
Poco después asoma por la puerta con el hombre blanco llevando la consola.
Ya la estaban colocando en el suelo, cuando le sorprendió, estremeciéndolo, ese sonido tan familiar y tan extraño que le carcomía la moral. Advirtió algo alegre y una nota hueca atribuyéndola al hecho, cierto, de que las voces, los sonidos, allí se amplificaban. Lo notó, él mismo, un rato antes, cuando sus pasos, al andar, adquirían una nota ampliada, llenando todo el espacio, como en la bóbeda de un templo. Este grito tenía reminiscencias nostágicas y rebeldes…
-¡Libre, libre, quiero ser! ¡Cabrón!

(h) Comer papa chillando de alegría

Esas palabras le llegaron de todas las partes. Se tapó los oídos para no oirlas. Pero se le habían metido tan adentro del cerebro que no podía quitárselas de encima.
Los que posaban en la tierra el mueble ni se inmutaron o lo hicieron mínimamente. Extrañabale su insensibilidad al que se parapetaba tras el árbol. Estuvo a punto de irse por donde había venido. Oido lo que había oido. No debería meterse en líos. Y es que ese hombre, con esa llave inglesa al cinto… le inquieta. Ramalazo de cobardía que le duró un solo instante. Decide enfrentarse al misterio. Sale de detrás del refugio, e hinchando el pecho como un Quijote, se dirije hacia el blanco. Este, levantándose del suelo, las piernas abiertas, brazos en jarras, manos cerca del cinto, le dice:
-¡Coño! ¿Ya de vuelta? ¿Ha visto lo que ha querido? ¿Le ha gustado?
-Si. Magnífico.
-Bueno, pues me alegro… mucho… porque estamos a punto de irnos.
-Una pregunta quisiera hacerle antes de que se fuera, si me lo permite…
-Pregunte usted. Si yo sé… le responderé con mucho gusto.
-¿No han oido algo fuera de lo común?
-No. ¿Por qué lo dice?
-¿De verdad no ha oido nada?… ¿Usted tampoco?… -dirigiéndose al negro.
-¿Qué teniamos que oir, señor?, -le respondió el que, al parecer, se llamaba N’Komo.
-¡Joder! O… yo me estoy volviendo orate o… ¡No y no! De loco nada de nada. He oido, bien clarito, quejarse a alguien y decir: ‘Libre, libre, quiero ser’ y ‘cabrón’. Y como un grito prolongado. Como si protestara por algo…
Lo miraron con faz sorprendida y alegre. Y de repente,  mirándose entre ellos, se echaron a reir a mandíbula batiende. Con verdaderas ganas. Tantas… que los otros trabajadores acudieron a ver qué pasaba.
Luego, el blanco cuya cara, de la risa, se había tornado roja, ya calmado, le contestó:
-Es Pedrito que se ha escapado y anda gritando por ahí.
-Pero…
El hombre blanco lo mira. Echa mano a la llave. La saca de la funda. Y, alzándola con el puño en alto, gritó:
-¡Pedrito! ¡La papa! ¡La papa! ¡Pedrito! ¡Ven aquí! ¡La papa! ¡Aquí!
Y de la rama de un árbol vino a posarse en la llave inglesa el loro del amo: El loro Pedrito. A comer la papa chillando de alegría.
-¡Libre, libre, quiero ser! ¡Cabrón!

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Saturday, November 8, 2008

Rodrigo de Reinosa: Gelofe Mandinga

Vean un ejemplo de la presencia de los negros en España. Es decir de la esclavitud. Es un texto de Rodrigo de Reinosa. Por cierto, que al trasladarlo a este blog han desaparecido los versos.

*

Rodrigo de Reinosa (Cossío 1950:111-117): Gelofe Mandinga te da gran tormento, don puto negro, carabayento … Tu terra Guinea, a vos dar lo afrenta, doña puta negra, carabayenta… A mí llamar Comba de terra Guinea, y en la mi tierra comer buen cangrejo, y allá en Gelofe, do tu terra sea, comer con gran hambre carabaju vejo, cabeza de can, lagarto bermejo, por do tu andar muy muyto fambriento, don puto negro, carabayento… A mí llamar Jorge, Mandinga es mi terra comer muyto farto taybo, alcuzcuz, porque falar y, su puta negra perra, y haber en tu terra pescado marfuz; yo te juro a vos y a eta que cruz, que mí te facer faltar la pimenta, doña puta negra, carabayenta… Haber en tu terra muy muyta caranga, tener en tu terra muy muyto gaul, comer en tu terra muy muyto carpanga, deitar muyta pulga por ollo do cul; saber mí cantar el dulce undul, maagana tambén, cuando me contento; don puto negro, carabayento… A mí saber bien bailar el guineo, si querer, conmigo facer choque, choque, y con un bezul dos veces arreo en vostro becer allá se me troque; si vos querer que a terra vos derroque, yo juro a vos que no se arrepenta, doña puta negra, carabayenta… Jesu, Jesu, garaos de odemo, no tener tu grassa, vos muyto falar, id muyto embora, que ya me apostemo, no verte Grisolmo con vos aquí estar; dar en ti fongón, querer tí matar, andar vos de ahí, caranga, pioyento, don puto negro, carabayento… Yo ser de mandinga y estar negro taibo, y estar garrapata vostro parente, y vostro lenguaje yo muyto ben sabo ser terra Guinea de marfuza gente, no estar taiba mas muyto pioyenta, doña puta negra, carabayenta… A mí tener yo un otro guardián que dar a tí vos bon fongón barel, que dar a mí muyto pedaso de pan y bona melcocha y turrón de mel; estar vos marfuz y estar taybo él, y vos estar negro muy gusarapento, don puto negro, carabayento… Estar yo buen negro de obispo criado, y ser de Gelofe, a mí andar en Corte; estar piojo branco vostro cuñado, tener yo alhoría con que me dé porte; yo no estar marfuz, estar hombre forte, facer choque, choque, en vos me consenta, doña puta negra, carabayenta… Guala nunca herrar le, le, andar vos y vete, marfuz, achur, achur, andar en bon hora vos busca mandé, tomá para vos garango, gur, gur; vos estar bellaco, muy muyto tahur, Grisolmo me dar fé de casamento, don puto negro, carabayento… Carabajo preto lo corpo te coma, carabajo preto te quera comer; si vos tabaniquete querer facer y dejar a Grisolmo, por vuestro me toma; aunque tener vos la nariz roma, mi amo tener muy muyta renta, doña puta negra, carabayenta… Comer en tu terra muyta moxca asada, muyto cangreju asar asador, cigarra en cazuela con leche cuajada, asar en parrilla moxquito mayor; y, estar criada del carrajador, con mi ama en misa me asento, don puto negro, carabayento… Mangana, mangana, no tener vino ni chucaracana… Yo me ir a porta de ferro con mi esporta y asadón, a buscar esterco de perro con que comprar camisón; mi amo no dar jubón si mí trabajas no gana, mangana, mangana, no tener vino ni chucaracana… Yo me ir a porta de villa, antes que salir el sol, con mi pala y esportilla a coger la caracol, para mi amo comprar col que vender en el aduana; mangana, mangana, no tener vino ni chucaracana… Yo me iba allá a la horta para el nabo mercar, e abrir pasico la porta y hortelano no fallar; y los nabos le hurtar, y una cebolla albarrana; mangana, mangana, no tener vino ni chucaracana.

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Wednesday, November 5, 2008

Carlos Sahagún: El preso

El preso
(Ala memoria de M. H.)

De madrugada aún lucen las estrellas,

aun nos dejan alzar los ojos,

dar al aire libre lo más nuestro, ver

como se quiebran las palabras vivas.

Carlos Sahagún

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Friday, October 3, 2008

Jon Muñagorri / Jon Arzalluz Eguiguren

Jon Arzallus Eguiguren nos dio un poema en euskera (‘Borrokan haizkolari trebea’) que hemos perdido y nos lo tradujo al castellano. Ya que no lo tenemos en euskera, aquí les ofrecemos la traducción castellana:

“Levanta la cabeza, hijo.
Eleva sobre el viento
tu puño ebrio de ira
descárgalo con fuerza
diestro haiskolari de la lucha.

Coge por el pescuezo el gallo negro,
retuércelo, ahogando el canto en su garganta.

Blándelo con furia
que bueno es a falta de otra cosa
para inclinar la frente del verdugo.

Fiero, malhumarado
monte abajo viene el río;
río que ansía el agua
como jabalí gruñendo
desea su cría.

Trae sus cerdas puntiagudas.

En la boca espuma y baba.

Los dientes abren camino.

El buho lanza en la noche
su grito de guerra.

Las cimas han recogido
la llamada del valle.

La serpiente se deshizo de su piel.

Embiste y destruye, ¡oh mar!
ese julio negro y decadente.

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Tuesday, September 9, 2008

José Mª Amigo Z.: De una noche gozosa, un alba triste

Durmieron Pepe y Joaquín como curas, cerdos o monarcas, luego de una cena con sopa de pescado, chuletón con ensalada, mamiya que, en castellano, se dice cuajada y café, copa y puro que, en Euskadi, se nombra, economizándolo, café completo.

Y es que a clérigos, reyes o cerdos, como atiborrados animales mamíferos, no les importan las palabras. Porque por la mañana, nada más despertarse, todos, sin haber puesto el pie en el suelo, si duermen en la cama y si no es igual, se desperezan, estiran brazos o patas y se acarician la barriga con amoroso agradecimiento. El día se abre sonriente a los seres que han sabido extraer el jugo de los buenos y abundantes alimentos. Lo que menos esperaban ver Pepe y Joaquín, que el orden le es indiferente al caso que vamos a narrar brevemente, es la tristeza a la entrada de la aurora. Pero el dolor, fuera de una barriga bien alimentada, existe acompañada de angustia y llanto.

A veces ese sufrimiento es heredado y las lágrimas se presentan empujadas por el más leve acicate. Aquella mañana, después del abundante ágape regado generosamente por vinos y licores, cuando ambos amigos y compañeros de trabajo entraron en la cocina para tomarse el desayuno encontraron a la dueña del piso, donde estaban a pensión, llorando. Un llanto amargo. Y los azulejosde la cocina parecían reflejar esa amargura.

-¿Qué le pasa señora Hortensia? ¿No habrá sido otra vez su hijo?

El hijo la traía a veces a mal traer y habían tenido que salir en su defensa; y es que era muy buena con ellos y los trataba como si fueran sus hijos.

-Nada, hijos, cosas mías. La culpa en este caso no la ha tenido mi hijo. La culpa la tienen este trozo de pan y este cacho de queso.

Se quedaron sorprendidos por tan extraña respuesta. La señora Hortensia era una mujer pequeña, menuda, cara redondo con profundas arrugas, unos ojos negros hermosos como negros eran los vestidos con se cubría. Había emigrado desde Extremadura al País Vasco ya hacía quice años con su único hijo producto de su unión o casamiento con un mozo extremeño:

-El más guapo de La Serena, decía ella. -Fue el único ‘alfabeto’ del pueblo del que no recuerdo el nombre, -contaba otro emigrante extremeño.

Y añadía:

-Yo me alegro de no ser ‘alfabeto’ porque a todos ellos los mataron los franquistas.

Efectivamente, el marido de la señora Hortensia fue uno de los pocos jornaleros de su pueblo que sabía leer y escribir. Cuando se sublevaron los militares facciosos en 1936 encabezó el comité que se formó para defender la República. Y, más tardé, se alistó en el ejército del Gobierno de la República con tan mala suerte que en el primer frente de guerra murió. Esto les estaba contando, una vez más, a Joaquín y a Pepe. Lo hacía con tanta viveza, los ojos hunedecidos por el llanto, que ellos estaban prendidos de sus palabras. Se maravillaban de su elocuencia porque sabían que, como la mayoría de las de su pueblo, les había dicho en numerosas ocasiones, era analfabeta. Lo mismo que se asombraban cuando les recitaba romances de una extensión considerable.

-Mi pueblo fue muy disputado.

La señora Hortensia les narraba los avatares que tuvo que sufrir con su familia. Iban paralelos al curso de la guerra: si el pueblo lo tomaban los enemigos de la República le quitaban todo, hasta la echaban de casa teniendo que vivir de la ayuda de los vecinos; si el pueblo volvía a estar en poder de la legalidad republicana la volvían a colocar en su casa con todas sus pertenencias; e incluso la homenajeaban desde el balcón del Ayuntamiento como la mujer de un héroe muerto en combate.

-Con el triunfo de los militares ‘fachistas’ me quedé sin nada. Viví muy malamente en una choza junto a mi padre. Él se fue haciendo viejo, es ley de vida, y ya los terratenientes no le daban trabajo. Pasaba hambre. Pasábamos hambre…

Su voz se quebró en un solllozo.

-Mi padre murió pidiendo pan. Murió de hambre. Parece que lo estoy viendo…

Miró a la mesa y tocó el trozo de pan y el cacho de queso…
-Comprendan ustedes, hijos. He visto esta mañana que habían dejado estos trozos que les había dejado para cenar… Y he pensado en mi padre. No lo he podido remediar.

Se marcharon un tanto cabizbajos al trabajo. Comprendieron su dolor. Entendieron su mundo… que no era el de ellos… ¿O si?…

Se observa que, después de una cena con sopa de pescado, chuletón a la brasa, ensalada, mamiya que es como se dice en euskera cuajada y café completo que en realidad es café, copa y puro… puede ocurrir cualquier cosa.

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Tuesday, August 26, 2008

Post Data de Horacio Álvarez Hernández

Acabada la relación, en cuartetas, de fallecidos en Santa Clara de Avedillo (Zamora) por parte de Horacio Álvarez Hernández, cae en la cuenta de que hay unos pocos personajes que la memoria no ha recordado y dolido remedia su falta recordándolos en prosa con essta post data:

Al terminar el anterior relato, forzando un poco más la memoria, observo que se me han quedado en el tintero unas personas de las que yo contaba y como no quiero hacer distición, pues para mi fueron todas iguales, aunque sea en prosa, quiero dedicarles un recuerdo:
Empiezo por los hermanos Pedro y Antonio, hijos de Baltasar y Nieves; Angélica, esposa primera de Paco el de David; la señora Celerina; el tío Roque el cojo y su mujer Emilia, la Salvadora; Ascensión, ‘La Quequesa’ y dos hermanas, una se llamaba Inocencia y de la otra no me acuerdo; Clemntín; la señora Leonora, madre de Felipe y Domingo; la esposa de éste, Dora; Teresa la de Filiberto, que, por cierto, fue mi madrina; el tío Nicasio y su esposa; mi buen amigo y compañero de trabajo durante algún tiempo, Miguel ‘Chinito’; Miguel ‘El Juaneto’ hijo, excelente persona y gran profesional; una señora que me ha dolido olvidarla pues fue compañera mía en el trabajo siendo yo casí niño, Pepa, esposa de Ángel ‘El Modorro’, juro que tengo de ella grandes recuerdos ya que me quitó más de un golpereferente al trabajo en casa de Esteban, ‘El Comerciante’, para ella mi más sincero recuerdo; también para su hijo Miguel Ángel, lo conocí poco tiempo pero suficiente para comprobar que era un gran chaval; la señora Vicenta, esposa de Vicente el alguacil; la señora Adelaida, el ama del cura; Pedro ‘El Mingo’; el célebre Pepe ‘Matilde’; y por último, ahora si que no recuerdo a nadie más, Antonio ‘El Capitolino’, un hombre a quien siempre tuve un gran aprecio, fui con él a Madrid en el año 1942, teniendo yo 12 años, y con él lo pasé estupendo.

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