Mejor, mujer, mejor..: Álvarez del Burlo
Tal vez en una ráfaga de esas que pasan tal velozmente que casi no llegan a la conciencia. Pues, tal vez. Si bien en eso había que ser muy claros. Y ella lo era: no lo conocía personalmente casi de nada. Algunas charlas que no traspasaban ni desembocaban en nada pecaminoso. Nada importante.Bueno nada importante… Una vez pensado lo anterior, se daba cuenta de que no era del todo exacto: si que eran importantes para ambos, al menos para ella. Y comenzaba a conocerlo. Era muy amable. Y estaba a gusto con él. De tal manera que, algunas veces, le costaba despegarse de su lado. Le enseñaba cosas, mayormente de literatura. Y ella quería aprender. Eso no era malo. ¿O si?. Y conocer de todo. Ir algo más allá del estrecho círculo en el que se movía. Tenía hambre de cielo, como dijo el poeta. Y él y otros le estaban abriendo firmamentos insospechados.
Y ahora, precisamente ahora, le llamaba su hija. Pues que esperara. Sus labios, los de su hija, que esperaran: estaba segura de que la quería para que le pintara los labios. No eran los labios de su hija como los suyos: los tenía más menudos. Aparecían ahí, en la foto que le acaba de pedir. Y se la había dado. Con naturalidad. Sin prevención. Quizás con el orgullo de que un hombre deseara tenerla. ¿Para qué negarlo? Foto que ella misma había puesto en el lugar preciso. Se contemplo en ella. ¿Para qué la querría? Tal vez para hacerse una idea de con quién hablaba. Una referencia gráfica. Porque para qué otra cosa… Tal vez le había gustado… ‘¿Se habrá enamorado de mi?…’ Se le subieron los colores a la cara. Se puso roja como un tomate. Comenzó a sudar más de lo que ya de por sí sudaba. Hacía un calor… Si era así, si se había colado por ella, ya se cansaría de esperar. Ella tenía hombre. Volvió a mirarse. Reconocía que no era un tipo de hembra rotundo. No estaba mal. Ojos sonrientes, le había dicho él. Bueno… Labios finos. Eso si. Y se pasó la lengua por ellos. Sintió un cosquilleo agradable. Se los tocó con los dedos imaginándose acariciada, como antaño. Cuando la ardiente carne ardía por el espermaurgente. Hace años.
Y ¿por qué hace años? ¿Es que ahora ya no sentía? ¿Era un corcho? ¿insensible? Se acarició su cuerpo desde la cara hasta las muslos. Sudaba. Se abrió las piernas para que el poco aire la oreara. Se negaba a arrinconarse en la vida hasta el extremo de clausurar todas las puertas. Quería saber, ansiaba abrirse a nuevas ideas, sensaciones, placeres… Se rebelaba ante esa perpectiva de cerrarse como una almeja al mundo exterior. Quería ser libre. No en todos los sentidos. No una libertina. No quería romper ciertos tabúes. No. No era una casquivana. Una ligera de cascos. Una calentorra. Aunque a nadie le amarga un dulce. Pero no, no lo era. De hecho a ella no le gustaba emperifollarse: ni se pintaba los labios, ni iba continuamente a la peluquería… Si bien tenía que decirse, a si misma, que eso no era malo. No, no lo era. Tenía que reconocerlo, si, pero es que… ella se sentía mal. Como si no fuera ella, sino alguien artificial. En eso… quizás tuviera la mente muy estrecha…
Este pensamiento, dudando de sus principios más profundos, se le ocurría ahora, cuando se miraba en la foto como si ahondara en ella misma. Tal vez fuera muy pacata, muy estrecha, ‘eres una puritana’ le espetó una conocida suya una vez. Entonces se enfadó y la mandó a freir espárragos. En cambio, en este momento… Porque tenía que llegar ese momennto, lo sabía, se estaba cuestionando todo o casi todo en la vida… Si, la vida, esa era la realidad; insistía en ello al darse cuenta de que había empezado con palabras: poesías, novelas, filosofía… como si constituyeran algo aparte, un mundo aparte, separado de la vida corriente por un muro… Se estaba dando cuenta que no, que si latía con una novela o poesía o… es cuando estaba construido por lo cotidiano de la vida como es comer, amar, mear, odiar, joder, besar, cagar, acariciar… eso, todo eso, era la vida, sin despreciar lo que consideraba prosaico, burdo… lo descubría como lo más genuino… a pesar de que ya Cervantes, en el Quijote, lo destacara.
Recuerda a aquel joven universitario, compañero suyo de carrera, que le explicó, quizás para provocarla, cómo el placer y el dolor estaban íntimamente unidos y se lo demostró de una manera muy escatológica explicándole que, cuando iba al servicio y plantaba su culo, así le dijo, ‘tu culo’, en la taza del water, ‘cuando te sale la mierda por él’, a ella le repugnaba esa forma abierta de hablar porque era como si la estuviera desnudando para mostrar sus partes más íntimas, ’sientes un dolor entremezclado de placer y luego, recónocelo, te siente a gusto, muy a gusto, cuando expulsas lo que te sobra en el cuerpo’. ‘¡Ves!’, le espetó, ‘cagar no es malo, es un placer. Solo has visto un aspecto de la vida. No eres dialéctica’. Le viene a las mientes la conversación de ese compañero con toda su profundidad y colorido. ¿Qué sería de él?
Volvió a oir cómo la reclamaban. Esta vez era el marido quien apremiaba su inmediata presencia. Bajó al salón de la casa, que estaba en el piso de abajo, con harto dolor de su corazón. Sabía que, en realidad, era su hija quien la reclamaba. Y, efectivamente, allí estaba con su novio y su marido, que acababa de comer y tenía un vaso de wiski en la mano. Se sentó cerca de su hija que, en esos momentos, se pintaba los labios. Bromeó con ella y cogiéndole el pintalabios se propuso terminar de perfilarle bien el colorido rojo sangre en sus labios. Era lo que ella quería por eso le había llamado. Eran menos finos que los de su madre. Tenían un poco de la carnosidad del marido. Le puso el espejo delante de la cara para que viera el resultado de su labor. La hija se miró al espejo y pasándoose la lengua por los labios puso cara de satisfacción.
En un rapto de agradecimiento y broma besó a su madre en los labios impregnándoselos de carmín. Se pasó la mano por ellos para quitarse la pintura y, mirándose en el espejo, cogió una servilleta de papel con el ánimo de no dejar rastro rojo del carmín.
La hija le dijo:
-No, mamá. Te sienta bien. De verdad. Verás… Estate quieta
Acercó el lápiz rojo a los labios de su madre que temblaban ligeramente. Esta se dejo hacer. Si bien miraba a su marido de reojo que seguía como abstraido con el vaso en la mano.
No era ella nada dada a bromas ni arrumacos con un marido que siempre estaba serio. Ni ella tampoco era nada proclive a pintarrajearse, como ya se ha dicho, al considerar, como consideraba, que no tenían nada de natural semejantes aderezos. Pero, en esta ocasión, se hallaba predispuesta a romper con la rutina de la seriedad, con costumbres heredadas o tabúes estúpidos, reminiscencias de tiempos antiguos, pretéritos, ideas desfasadas que el tiempo iba arrinconando. De modo que, cuando su hija y el novio se retiraron, le dio un arranque, nacido, quizás, de las reflexiones surgidas mirándose en la fotografía que él le había pedido; o ni tan siquiera nacida de nada, sino un impulso irracional, un pronto, que a toda persona da sin necesidad de sea necesario urgar en motivaciones de ninguna clase. Por eso se llaman prontos: arranques nacidos… ¡vaya usted a saber de qué!
Se acercó al marido, cara sonriente como siempre, contoneándose:
-¡Mira! ¿Me ves algo raro?
-Si. Te has pintado los labios.
-Déjame que te bese.
-Anda, mujer, quítate esa pintura. Pareces una fulana.
-¿Tu hija es una puta?
-No es eso… Pero a tí… Es mejor, mujer… Es mejor que te lo quites…
-¿Mejor, mujer, mejor?… No sabes lo que dices…
Le cogió la cabeza de su marido. Le acercó sus rojos labios y lo besó en la boca. Sonoro beso que le sonó demasiado ruidoso. Luego, bajó sus labios hasta el cuello de él, rozándoselo suavemente. Casi con pasión. La miró extrañado. No entendía a su mujer. Tomó el gesto, la caricia, falso. Todo falso. Una comedia. Y como no parecía querer desprenderse de él, tuvo la idea de darle una lección. De tal manera que no volviera a disfrazarse de colorido tan poco apropiado a su situación.
-Que si, que es mejor, mujer, mejor que te quites esa máscara… Y sino verás…
La cogió por la cintura con un brazo y con la mano del otro le fue levantando la falda poco a poco mientras le acariciaba los muslos. A ella le entró un cosquilleo que recorrió toda su columna vertebral estremeciéndola. Aún era deseable. Recordó la petición de la fotografía. Y lo tuvo de repente todo claro. Le había gustado a su amigo reciente. Pero ella tenía a su hombre. Pronto sería penetrada. Y comulgaría con el universo. Se apretó más y más. De pronto, el marido apretó sus órganos genitales de una manera salvaje haciéndole daño. Se quejó de dolor. Se dobló del daño. Y se separó de él.
-Si no quieres que te trate como una cualquiera, quítate esa mierda de los labios que estás mejor sin ese color rojo. Mucho mejor, mujer, mucho mejor. Donde va a parar…
Con la cara aun congestionada por el sufrimiento, lo miró como a un ser extraño. Reculó pasándose el dorso de la mano por los labios con fuerza. Se dio la vuelta. Abrió la puerta del lavabo. Se miró en el espejo y comenzó a llorar.