No eran nada. Nada.
Lo que creí que sería barrera de mis labios violentos: los gritos, las consignas, los despliegues de paños multicolores tendidos al aire en manifestaciones multitudinarias; o por el contrario, el yo ensimismado, recogido, en enjambrado muro de silencio entre colmenas bulliciosas…
No eran nada. Nada.
Pues circundando los espacios ciegos, bañados con pájaros mudos, los odios bociferaban insultos con dientes afilados de sierra, excitando sin cesar las águilas hurañas de la sangre en las dolorosísimas incubaciones de las tormenta bajo los claros umbrales de un ser puro y sincero.
Entonces me dije, sobre el corazón limpio de la mañana, alzando con mis dos manos una muchedumbre de espejos, para todos fueran testigos:
-En la contemplación firme de nuestro rostro sin careta vemos brotar, de la pulpa de nuestros ojos inocentes y puros, mil sueños, camaradas y amigos.
Camaradas y amigos -repetí- mil sueños.
Y allí, meneando sus cabelleras, los leoncillos libres, gritan con insistencia que no me entregue al muro esteril de la soledad, a juntarme en apretados silencios de luces cegadoras; ni a esa frágil e insustancial barrera de labios violentos, como tampoco a impulsivos saludos de telas coloradas
Ya que todo, todo eso, es poco más que una vanidad de autolaureles.