Friday, May 30, 2008

J.Mª Amigo Zamorano: ‘Grillo en la Biblioteca’

 

Grillo en la biblioteca

Amigo Zamorano, 27 de agosto de 1996

 

1º) Paso: Presentación

José Ramón era un niño que iba mucho por la biblioteca de su pueblo; le gustaba leer libros de naturaleza.

Tenía dos grillos con los que jugaba en su jardín y a ratos leía. Uno de los bichos llamaba Grillita y el otro Grillito…

Grillito se encontraba a gusto paseando de noche y a la luz de la luna en torno de su casa con su amiguita Grillita.

Por el día se aburría mucho. Conocía ya de memoria todos y cada uno de los senderitos y todas y cada una de la hierbecillas que encontraba en su camino. Estaba harto de pasear por los alrededores de la madriguera.

Además su amiga no salía de casa durante el día ya que ayudaba a sus padres en las tareas de la casa; él no hacía eso; sus padres decían que era cosa de grillas y no de grillos; no entendía el razonamiento de sus padres; a él, precisamente a él, le gustaba barrer y preparar la comida; pero, en fin …

A pesar de su corta edad, ya que era el más pequeño de la comunidad de grillos, decidió subirse a las hierbas mas altas del jardín. Para ello pidió permiso al jefe de los grillos, quien, a cambio de que le vendiera su Muerte y su Miedo, se lo dio: era responsable ante sus padres y ante toda la grillería de lo que le pudiera pasar.

Grillito se desprendió de su Muerte y su Miedo; y el jefe ya no volvió a preocuparse de él: era libre de hacer lo que quisiera.

 

2º) Paso

Al principio, como no tenía práctica en escalar, se caía de las hierbas; nadie nace enseñado y aprender las cosas cuesta un poco. Más tarde, después de varios intentos, que fallaron, fue adquiriendo maña; y con la maña confianza en si mismo:  Grillito subió mas y mas alto cada vez.

Le gustaban, sobre todo, las hierbas que tenían las hojas con una gran superficie para así tomar el sol a sus anchas. A ratos, cuando le entraba Hambre, pues había vendido la Muerte y el Miedo pero no el Hambre, mordía un poco de la hoja .

Desde esas alturas veía corretear a las hormigas, piojos, escarabajos … siempre preocupados de ellos mismos sin acordarse de los demás para nada.

 

3º) Paso

Un día, que tomaba el sol repantingado en una ancha hoja, se levantó de repente un viento muy fuerte que anunciaba tormenta; antes de que pudiera refugiarse en su madriguera, el viento lo lanzó hasta la ventana de la casa de enfrente y, como estaba abierta de par en par, cayó dentro de ella.

El piso de aquella sala era muy fino y el grillo se resbaló al andar.

Quedó quieto un instante no fuera a resbalarse otra vez.

Los ojos tenía prendidos de unos objetos raros que parecían mirarle: unas cosas, grandes y alargadas, colocadas en unas maderas.  Después supo que esas cosas, grandes y alargadas, eran libros; y supo igualmente que las maderas, tablas donde se colocaban esos libros, se llamaban estanterías; y la habitación recibía el nombre de biblioteca.

Cuando se acostumbró a caminar por esa superficie, fina y resbaladiza, como no tenía Miedo, se lo había vendido al jefe de los grillos, dio un salto hasta esos objetos raros, grandes y alargados y, como vio que no le hacían nada, se metió tras ellos.

 

4º) Paso

La habitación se fue oscureciendo lentamente. Al poco se hizo de noche. Luego un blanco rayo de luna le llegó hasta donde estaba, recordándole - pues tampoco se había desprendido del Recuerdo: ni del Recuerdo, ni del Hambre - que a esa hora solía cantar para que su amiga Grillita le acompañara en sus paseos por entre la yerba del jardín. Y comenzó a cantarle… con ese cántico, como solo los amigos saben cantar a las amigas, y que a él le salía tan bien frotando las alas.

El sonido rebotó en las paredes de la biblioteca, haciendo eco, llegándole al oído como si cantara otro que no era él; de modo que Grillito, que no había conocido el eco, ni había oído hablar nunca de él, ni sabía por tanto en que consistía el eco, pensó que, al mismo tiempo que él, otro grillo, quizá El Grillota, gordo y maleducado, le estaba cantando a su amiga con la intención de pasear y jugar con ella, lo que hizo a Grillito ponerse muy celoso y frotar las alas con un mayor ahínco.

 

5º) paso

La canción se colaba por la ventana de la biblioteca, abierta de par en par, hasta el jardín, de donde había sido lanzado Grillito por el empujón del viento, llegando la llamada a Grillita que acudió a la cita; al no hallarlo donde tenían costumbre, se puso a mirar por todas partes, como si estuviera jugando al escondite; pero su búsqueda no dio resultado.

Entristecida, al no dar con él, fue a avisar a los padres de su amigo.

Recorrieron todos los lugares, y muchos más, donde solían esconderse.

-- Pero, ¿tú has oído de verdad su canto? - preguntaron los padres de Grillito.

– Si, si. Era él. Seguro - aseguró Grillita.

– Bueno, pues tranquila. Vamos a seguir buscando. Lo más probable es que nos esté gastando una broma.

Pero, nada, no aparecía por parte alguna; desesperados acudieron a quejarse al jefe de la grillería por la falta de vigilancia; este les comunicó que, ya hacía tiempo,  su hijo le había vendido el Miedo y la Muerte, pues quería subirse a la pingorota de las plantas más altas, por lo que no tenían por qué preocuparse lo más mínimo.

– Estará subido en algún cardo riéndose.

Un poco más tranquilizados se retiraron a sus moradas con la esperanzada resignación de que ya aparecería cuando quisiera.

 

6º) Paso

Mientras tanto a Grillito, que había realizado un gran esfuerzo frotando sus alas, le nacieron unas ganas tremendas de comer, un hambre feroz, - ya que, como se sabe, no había vendido su Hambre - así que dejó su melodía de amigo para dedicarse a encontrar alimento.

Al principio fue un problema al no haber hierba en la biblioteca; pero recordó, ya que tampoco había vendido el Recuerdo, como ya se ha dicho, que ellos, los grillos, no solo eran herbívoros, sino que podían comer de todo, es decir eran omnívoros; y sin buscar mucho, encontró entre los libros, pequeños bichitos vivos y muertos: insectos, arañitas …

Luego de darse una cena de carne se durmió.

 

7º) Paso

Cerca de donde se acostó Grillito, vivía, en su telaraña, una araña con su única hija. Esta araña tenía muy mal carácter. Sus vecinas no la querían y para hacerla rabiar, aún más, siempre le andaban con chismes: que si esto, que si lo otro, que si lo de más allá …

A la araña Ocho Patas, que así se llamaba, le habían dicho, esta vez cruelmente que un grillo había matado y comido a su querida hija Arañita.

– Mira, ese que está ahí roncando ha sido.

No era verdad, Grillito no había matado a Arañita; estuvo jugando con ella; eso si, le dio un patazo que la dejó encogida como un ovillo; y todo porque ella se puso muy pesada queriendo enredarlo en su telaraña; y Grillito a eso no quería jugar.

Pero esto no lo sabía Ocho Patas; de lo que tenía certeza es que era muy tarde y su hija no aparecía; angustiada, dio por verdadero el asesinato de su hija a manos del grillo que dormía cerca de ella; ciega de dolor y tristeza, la desdichada araña, comenzó a fabricar con la extremidad de su abdomen el baboso hilo de seda con el que, ampliando su telaraña, envolvería a Grillito; luego, en venganza, se lo comería; además tenía mucha hambre pues llevaba días y días sin caer bicho alguno en su red.

– Cuando despierte - pensaba Ocho Patas - al mover Grillito su cuerpo se enredará en la telaraña; y por más esfuerzos que haga no podrá liberarse de su malla; y entonces …

 

8º) Paso

La araña se relamió de gusto pasando una pata por su boca. En su odio feroz veía ya: cómo inyectaba el veneno de sus quelíceros, cómo se licuificaban las partes blandas del grillo y … cómo ella se las bebía en un santiamén.

Continuó avanzando hacia Grillito, pero tardaba en llegar más de la cuenta: su retraso estaba causado por la debilidad tras varios días sin comer.

En esto estaba cuando se hizo de día. Y la biblioteca abrió sus puertas entrando con gran alboroto los jóvenes lectores.

Con el ruido producido al abrirse la puerta de la biblioteca y la entrada de lectores, Arañita, que se había dormido en rincón, se despertó y asustada corrió a su casa materna exclamando:

– ¡Mamá, ya estoy aquí, no me riñas!

Su madre, ciega de tristeza, furor y hambre, ni prestó oídos a su hija, ni se enteró de su llegada y siguió extendiendo su red.

 

9º) Paso

 También despertó Grillito y antes de moverse y de darse cuenta, siquiera, del peligro que representaba la tela de araña para él, alguno de los lectores retiró de la estantería el libro que estaba delante de ellos; libro en el que había sujetado su red la araña, llevándola arrastrada tras él con sus moradores, Araña y Arañita.

El grillo sintió el roce del libro sobre la estantería como un espantoso temblor por lo que, dando un salto, se metió en una grieta que tenía la pared.

El lector sacudió el polvo, y las telarañas del libro que cayeron al suelo, con Ocho Patas y Arañita juntas; por suerte, para ellas, lo hizo con un plumero sin hacerles ningún daño; al verse en el suelo, sanas y salvas, corrieron rápidamente a esconderse en la penumbra.

 

10º) Paso

Por el hueco, que el libro había dejado en la estantería, veía Grillito, desde su escondrijo, a un niño que, sentado a la mesa, leía - bueno él no sabía lo que era leer - un libro con muchos dibujos - tampoco entendía de dibujos - de grillos corriendo, jugando o comiendo en la yerba. Movió la cabeza Grillito: ¡allí estaba su amiguita! y … ¡sus padres!. Se estiró aún más; alargó el cuello. Le brillaron los ojos. Se le esponjó el cuerpo  de alegría y, no pudiendo contenerse, llamó:

¡Papá, Mamá!, ¡Grillita, Grillita! - que en su idioma se dice ¡Gri, Gri! y ¡Gri, Gri!.

 

11º) Paso

Luego no supo muy bien lo que ocurrió. La bibliotecaria se enfadó:

– Así que habéis traído un grillo a la biblioteca. Venga, todos fuera, a la calle. En la biblioteca hay comportarse como Dios manda y estar en silencio.

– Señorita, pero si nosotros no hemos traído ningún bicho.

– Nada, nada; fuera todos.

Y los echó. El niño que estaba frente a él cerró el libro y se fue con pena sin poder terminarlo de leer.

Grillito no se movió del sitio.

 

12º) Paso

Cuando se hizo el silencio en la biblioteca Grillito, se atrevió a salir de su escondrijo. Estaba el salón de lectura vacío.

No se le iba de la cabeza lo que había visto en el libro.

Saltó hasta la mesa.

– ¡Caray! ¿Qué ha pasado? - dijo pero no con esas palabras ya que en su habla se pronuncia: ¡cri, cri, cri cri, cri!

– ¡Qué raro!, ¡si lo he visto con mis propios ojos!

Allí no había ni jardín ni grillos. Solo una superficie finísima que le obligó a deslizarse un buen trecho. Cuando por fin logró pararse fue sorprendido por una fuerte ovación de muy diversos animales que estaban en los cantos de los libros y en las revistas del revistero.

– ¡Bravo, bravo!

– ¡Olé por Grillito!

 

13º) Paso

Animado por los aplausos se olvidó del jardín, de sus papás y de su amiga; repitió el deslizamiento; deslizamiento que adornaba con rápidos quiebros y giros prolongados: daba vueltas como un peón. A veces se caía boca arriba y, al intentar levantarse, daba vueltas y vueltas sobre su espalda; el movimiento de sus seis patas, con la intención de levantarse, parecían seguir el compás de los aplausos de los espectadores lo que provocaba mayor entusiasmo. Cuando conseguía darse la vuelta respiraba hondo y decía:

– Venga, amigos, venir conmigo a bailar.

– No podemos. Somos parte de los libros. Pero, tu, baila por nosotros.

Y bailaba y saltaba y giraba y patinaba cada vez mas animado. El movimiento le emborrachaba. En esto que no calculó bien y se cayó de la mesa, ¡vaya porrazo que se dio! Todos los que admiraban sus movimientos se rieron a mas no poder. Confuso y avergonzado saltó a esconderse en una zona oscura debajo de la primera estantería que pilló.

 

14º) Paso

Cada día que pasaba en la biblioteca se le hacía menos llevadera su permanencia en ella. Cada día que pasaba aumentaba su deseo de volver al jardín; ¡ahora si que estaba harto de dar vuelta y más vueltas por los rincones de la biblioteca!, ¡y más que harto, de comer carne! ¡y más que harto de vivir solo, más solo que la una!; y… sin poder tomar el sol, tumbado a la bartola, en alguna de esas hojas, tan anchas, a las que, tanto, le gustaba  subir.

Por las noches se las pasaba cantando y eso cansaba mucho; luego, claro, tenía que buscar comida; comida que cada vez escaseaba más; ahora se cuidaban, hasta los más pequeños animalitos, de su presencia, huyendo a esconderse nada más verlo.

Fácil es comprender que no había hecho un solo amigo: ni uno tan siquiera.

 

15º) Paso

Por el contrario había tenido dos aventuras peligrosas; en una le dieron un buen Susto - El Miedo no, porque lo había vendido, pero el Susto si, pues de él no se había desprendido: una noche, después de cansarse de cantar, frotando las alas, se puso a buscar comida trepando por las paredes.

En esto estaba, cuando se subió a un animal con alas que estaba pegado a la pared.

Era muy suave.

De pronto se encendió una bombilla de la biblioteca y ese animal con alas, que era una polilla, se despertó con la luz, agitó las alas y, como les gusta tanto la luz que no pueden resistirse a ella, emprendió el vuelo con Grillito a cuestas.

 

16º) Paso

Se agarró como pudo a sus alas. La velocidad y la altura lo embriagó. Sintió un gran placer.

En llegando a la bombilla, la polilla, no hizo mas que dar vueltas y vueltas en torno a la luz; y nuestro amigo se mareó, cayendo al suelo con tan mala suerte que fue a dar en el camino por donde pasaba una fila de hormigas.

Medio mareado por los giros de la polilla, que aún le duraban, y por el golpe que se dio al caer, sintió un dolor punzante en una pata, que tuvo la virtud de volverlo a la conciencia.

Ve que una hormiga que le ha clavado con sus pinzas una pata; por mas que la sacude no consigue deshacerse de ella.

Y lo que es peor aún, por el sendero se acercan, peligrosamente, varios escuadrones de hormigas en actitud de guerra; lo que le obliga a dar un salto, alejándose de la trayectoria de las hormigas.

Pero el dolor no se le va ya que la hormiga no suelta la prenda; Grillito, ni corto ni perezoso, se la come; sintiendo gran alivio en la pata y gran regocijo en su estómago hambriento.

 

17º) Paso

Después de varios días, el niño que leía cuentos de grillos, ha vuelto a la biblioteca y ha seguido pasando páginas y páginas que Grillito mira desde su escondite con ansiedad, con alegría, con nostalgia y, ¿por que no decirlo?, con una gran angustia.

Y es que ha creído ver otra vez el jardín, y otra vez a sus padres, y a su amiguita e incluso al Grillota al que, por cierto, ya no tiene manía.

También, ¡oh desgracia!, contempla horrorizado cómo se llevan unos chinos a su amiga del alma a otro jardín, encerrándola en una jaula… la están alimentado muy bien; luego la sueltan frente a un grillo, que no conoce, para que inicien una pelea;   Grillita y el grillo se miran desafiantes; saben que uno tiene que morir; comienza la pelea; y su amiga no se deja amilanar y lucha valientemente; pero sucumbe poco a poco ya que el contrincante es más fuerte; desfallecida, el campeón se dispone a cortarle el cuello.

 

18º) Paso

El grillo asesino pronto será proclamado “shou lip” (grillo vencedor) y su nombre será inscrito con letras de oro en rollo de marfil.

– ¡Qué gracia!, ¡qué digo: qué desgracia! ¡Vivir a costa de la sangre de los demás! - exclama el grillo en su idioma.

A él no le parece ni medio bien. Pudo comer en la biblioteca más de un bichito vivo y sólo ha comido alguno y cuando tenía mucha hambre; ha vivido, por lo general, de animales muertos y restos de comidas.

Grillito no puede contenerse y grita, grita con todas sus fuerzas; mas que un grito es un aullido feroz: ¡griiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!; que quiere decir: ¡nooooooooooooooooooo!, ferozmente: hasta desgarrarse sus élitros. Y se lanza desde su rincón al libro para defenderla…

En ese preciso momento, el niño, da por concluida la lectura cerrando de golpe el libro, espanzurrándolo ¡crac!…

 

19º) Paso

El joven lector, que ha creído ver y oír algo, abre el libro frotándose los ojos: en él cree ver las partes del cuerpo, aplastadas, aun latiendo y.. sigue frotándose los ojos… moviendo la cabeza incrédulo.. se recomponen, crecen, se agigantan… cobran vida,  se mueve entre la hierba, junto a su amiga y… José Ramón se da un golpe en la frente… se ha despertado de su sueño de grillos; y al abrir los ojos ha visto a los animales cerca de su cabeza que posaba en el césped de su jardín como en una almohada junto a su libro.

 

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Wednesday, May 7, 2008

Denuncia en la novela ‘Los crímenes del Museo del Prado’

Por José Mª Amigo Zamorano

Creador: Tomás García Yebra; título: ‘Los crímenes del Museo del Prado’; Madrid, Editorial Funambulista, 2007; primera edición, enero de 2008.


“-¿Qué quieres hacer?
-Un primer plano de los cojones del caballo.

¡¿Cómo los tiene?! -preguntó Larra desde la otra orilla.
-¡Grandes! -gritó Kapa- ¡Aunque dado el tamaño tampoco es para tanto!

-¿Sabes cual es tu problema? -dijo.
Larra tensó la mirada.
-No quisiera ofenderte, Mariano, pero ¿sabes cual es tu verdadero problema?
-Di -se impacientó.
-Follas poco.”

Con estos diálogos, con estas mimbres corrientes, vulgares en el buen sentido, de andar por casa, directas, no aptas para memos, ni aderezadas para píos o pías, Tomás García Yebra, Jefe de Cultura de la agencia Colpisa, va trenzando su novela ‘Los crímenes del Museo del Prado’. Así, pagina tras página, mantiene un suave suspense que no es otro que el ir desarrollando un reportaje, para la revista ‘Todos encantados’, acerca del acontecimiento sociólogico, que vive Madrid, de colas interminables de personas, acudiendo como borregos, a ver una exposición sobre Velanquez del que no saben nada. O eso es lo que nos viene a decir la novela.

Los diálogos chispeantes, agudos, irónicos, simples unas veces, otras mordaces, se suceden intercalados por recetas de cocina y datos o detalles o significados o fechas sobre cuadros del pintor español y otros pintores. Cuñas bien dosificadas para no aburrir al personal. Casi siempre, estas notas, las dice el narrador. Aunque, en numerosas ocasiones, salen de la conversación de los personajes, tan ignorantes como el resto de la riada de visitantes que, en fila india, viene culebreando por las aceras de numerosas calles aledañas a la pinacoteca nacional, lentamente.

Con parecida lentitud al avance de los hechos de la novela. Téngase en cuenta que el primer crimen no ocurre hasta cerca de la página doscientas, de las quinientas que tiene la obra. Que esto no nos lleve a creer que es aburrida. No. En modo alguno.

Los diálogos que pusimos, como ejemplo, al principio es una muestra de la sonrisa que puede aflorar a los labios, cuando no la risa o la carcajada abierta, durante la lectura de la novela. Incluso puede parecer, o hacernos pensar, un desarrollo novelesco simple, de puro entretenimiento, para pasar un rato agradable, con las salidas chistosas de los personajes. Donde toda profundidad ha sido expulsada o apartada por lóbrega, a fin de no calentarnos la cabeza con cuestiones, cuya embergadura, más que regocijo, nos producirían dolor.

Esa es la apariencia, la superficie, la cáscara, la corteza. La miga es otra. Pues con mimbres de consistencia tan débil, tan frágil, Tomás García Yebra, va denunciando, entre otras miserias, la manipulación informativa de las masas, los negocios sucios en torno al Museo del Prado: ganancias crematísticas ilegítimas de mandos políticos, banqueros, empresarios, galeristas, copistas… Pero aquí no se salva ni dios: el ansia de dinero llega, en su complicidad, hasta la secretaria, el portero, el carpintero, el albañil… Lo que se esconde tras este emblema, tras este icono, de la Cultura Nacional. Ya en la novela leemos: “Un buen escritor es el que le entrega al lector un espejo para que contemple sus miserias”.

Al leer la novela hemos recordado una parte de la biografía de Diego Rivera, el gran pintor muralista mejicano, en su paso por España. Y lo caro que le costó. Como en otros tiempos le hubiera costado caro a Tomás García Yebra esta novela.

Explicaremos lo sucedido a Diego Rivera porque corrobora, en cierta manera, lo denunciado por el jefe cultural de Colpisa: Con Gómez de la Serna y otros (también estuvo en el ajo Valle -Inclán) arrendaron una antigua casa de putas y, en el Rastro, compraron unas viejas tablas castellanas. Entonces estaba de moda el pintor Chirico. De modo que en las tablas, como si las hubiera plasmado el pintor italiano, imitaron algunos motivos. Luego se las llevaron a un amigo, marchante de prestigio, quien enseguida captó la falsificación. Le pidieron que, no obstante, las pusiera en su tienda. Después de mucho rogar consiguieron que las colocara en un rincón. Si bien, él machante les dejo claro que no las iba a vender. Diego Rivera y Gómez de la Serna sabían que tenía pensado ir por la tienda de ese marchante el que era entonces director del Museo del Prado (no recordamos el nombre) acompañado de un personaje femenino de la Casa Real. Querían demostrar la asnal ignorancia de ese director y de paso, también, como republicanos, hacerlo en el momento que el personaje femenino de la real casa iba a ser introducido en sociedad. Efectivamente, pasaron por allí, vieron las tablas a las que el marchante, fiel a su honradez, no dio importancia. Escandalizáronse el señor director y la infanta real. Mas como le compraron lienzos de pintores flamencos, se las regaló. En el Museo del Prado arrumbaron los pintores flamencos y colocaron, bien visibles, las tablas del falso Chirico. Cuando el director inauguró la exposición, que coincidía con la presentación pública de la infanta o lo que fuera, Diego Rivera, Gómez de la Serna y sus amigos, animados por Valle-Inclán, denunciaron en la prensa la falsificación. Les salió caro y peligroso el arrojo. Pero esa es otra historia. O la misma.

Bueno terminamos: la novela ‘Los crímenes del Museo del Prado’ rezuma también un cierto pesimismo acerca de esas masas que se mueven, como decía Machado en su proverbio, siempre al son que tocan. Es, creemos, un pesimismo orteguiano. Que, quizás, es el del autor. Eso no lo sabemos. No conocemos, del todo, la ideología de Tomás García Yebra. Y no es, en su totalidad, cierto ese pesimismo. Porque masas, como gentes, las hay ‘pa to’. Sin ir más lejos, hemos conocido en Las Navas del Marqués, pueblo del autor, a un humilde empleado de Renfe que era un especialista en Velazquez. Lo sabía todo. Y tal vez estaba haciendo cola por los alrededores del Museo del Prado, donde se llevaron a cabo, esos crímenes que narra Tomás García Yebra.
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Thursday, April 17, 2008

Muere en su patria, La Martinica, Aimé Césaire

Muere el poeta martiniqués Aimé Césaire, padre de la ‘negritud’

Hace 3 horas

PARÍS (AFP) — El poeta martiniqués Aimé Césaire, considerado el padre de ‘la negritud’, falleció este jueves, 17 de abril de 2008, a los 94 años de edad en Fort de France (Martinica), en el centro donde se encontraba hospitalizado desde el 9 de abril, informaron fuentes gubernamentales.

Desde su ingreso en el hospital Pierre Zobda-Quitman por problemas de “naturaleza cardíaca” se dispararon los rumores alarmistas sobre su estado de salud, considerado “preocupante” por sus médicos.

Aimé Césaire fue, junto al senegalés Leopold Sedar Senghor y el guayanés Leon-Gontran Damas, uno de los impulsores de la corriente ‘negritud’.

Los martiniqueses esperaban estos últimos días con serenidad y discreción la evolución de su estado de salud, sobre todo en Fort de France, la ciudad de la que fue alcalde durante 56 años, entre 1945 y 2001.

El gabinete de la ministra francesa de Interior y Ultramar, Michèle Alliot-Marie, informó este jueves de que se organizará un funeral nacional por Césaire en una fecha que todavía no ha sido fijada.

Alliot-Marie asistirá a esa ceremonia, cuya organización se prepara en estrecha colaboración con la familia del poeta, las autoridades martiniquesas, así como con la Presidencia francesa, según el ministerio.

Antes de que se celebre el funeral, se organizarán varias ceremonias en la Francia metropolitana en honor del poeta, en particular, una jornada de duelo.

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Friday, April 11, 2008

Una poetisa africana: Anoma Kanié

Todo lo que me has proporcionado, África

lagos, bosques, lagunas bordeados de calimas

todo lo tu que me has concedido,

músicas, danzas, cuentos de veladas en derredor del fuego

todo lo que en mi piel has cincelado

tintes de mis ancestros

indelebles en mi sangre

todo lo que me has dado, África

me hace caminar de esta manera

con un paso diferente a cualquier otro

la cadera rota bajo el peso del tiempo

los pies anchos por todas las marchas,

todo lo que me has dado en herencia

y hasta esta pereza atada a mis talones,

lo transporto con orgullo en mi frente

mi salud ya no la pierdo

y paseo, marcho, camino

cantando mi raza por el mundo

ni mejor ni peor que cualquier otra.

Todo lo que me has dado, África

sabanas que broncea tu sol cenital

tus animales -que dicen perversos-,

tus minas, inexplicables tesoros

obsesión de un mundo antagonista

tu pena por haber perdido paraísos,

te protejo todo con mano implacable

hasta la luminosidad de los horizontes

para que continúe, por siempre intacta

esa misión que te confirieron los cielos.

 

(versión libre)

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Monday, March 24, 2008

Reseñas del Sectario y sus Amigos

Reseñas del Sectario  y sus amigos:

 

“Caminar conociendo” empezó sus reseñas declarando que, principal y casi exclusivamente, las haría de libros escritos por amigos; o de aquellos que, no siendo amigos, la tomaran en serio y se los enviaran. Era un punto de vista radicalmente subjetivo, sectarísimo. Pero ahora, este que escribe, El Sectario, ha tomado por suyo ese punto de vista, recordando que ya Pepe Bergamín –quizás el mayor escritor español contemporáneo- lo justificó diciendo que él no podía ser objetivo porque no era objeto… pues eso.

El Sectario anuncia que las reseñas serán –ya lo siente- algo cortas porque no tiene tiempo en detenerse en detalles que, por otra parte, no serían importantes mas que para él.

 


o                     EL NEGRO

El Ateneo Obrero de Gijón ha publicado hace poco “EL Negro”, primera novela de la “Tetralo­gía de Gijón” que tendrá por escenario a la villa asturiana. Sexto relato de la colec­ción “Zigurat” que dirige el poeta David González y por cuya sugerencia le fue enviado al Sec­tario por el director del ateneo D. Luis Pascual; y relato doble o triplemente negro, o más: por su tema, por su trama, por la postura de los personajes, por la portada, por las ilustracio­nes… El protagonista de la novela trabaja de negro para el hijo del editor Hueco –nom­bre muy gráfico- y relata en primera persona sus problemas en Gijón  pero remitiéndose con­tinuamente a su vida de joven en Canarias, franquista y soplón. Todo lo cual permite al au­tor, Jesús R. Castellano, denunciar la explotación de estos escritores condenados a dar lus­tre a las botas de unos personajes inútiles pero pertenecientes a un estado o clase superior; y tam­bién de paso exponer, con cruel desnudez, la servidumbre a que estos ‘negros’ se ven aboca­dos hacia esos editores sin escrúpulos, sinvergüenzas que lo único que quieren es vender más y más ejemplares, aunque no sean mas que basura. Trama alucinante (quizás por el exce­sivo número de ‘rayas’ de coca que se mete el ‘negro’ entre pecho y espalda) y que, cómo no, acaba con un asesinato; personajes marginales, miserables, ajenos a esa “ESPAÑAVABIEN” pue­blan el relato. Que ustedes lo disfruten.

o                     LA MIRADA Y LAS TÁMARAS

Un día, estando el Sectario en la biblioteca, Urbano Blanco Cea “Tito –navero que escribe muy bien- le presentó, en verano, a un joven rubio nacido en Canarias; se llamaba Alejandro Krawietz. Estuvo un rato hablando con él. Le pareció un tipo muy interesante. Dijo escribir habitualmente en revistas literarias. Y, para demostrarlo, de un estante de la biblioteca, Pú­blica Municipal, cogió varios números de la revista Quimera y le mostró tres artículos de él: uno referente al poeta Ángel Crespo; otro sobre el poeta canario Sánchez Robayna -el Secta­rio confundió con un nicaragüense- y un tercero acerca del escritor brasileño Guima­raes Rosa, del que el Sectario había leído hace bastante tiempo una larga entrevista que le hizo Konrad Lorenz. Al día siguiente el Sr. Krawietz le llevó un librito “La mirada y las táma­ras” escrito por él mismo. Reconoce este sectarísimo reseñador que tuvo que consultar al diccionario para averiguar qué era eso de “las támaras”. Cuando leyó que eran racimos de dáti­les, no le extrañó en absoluto. Abierto el libro comenzó a leerlo y se inundó de luz y de ca­lor, de dátiles de su infancia, de miradas al “agua clara de los aljibes”, a “los platanales incen­diados” “bajo los palios de las támaras”… Decimos de “su infancia” porque sintió la luz que emitía el libro de la infancia, el calor que abrasaba sus pies primeros, y se vio “aupado a las falúas”, o “huir del sol asfixiante”  para refugiarse “bajo los tarajales”…  Aunque, evidente­mente, era la vida de Alejandro Krawietz y no la suya, que él no había estado nunca en Canarias; mas era tal la maestría con que estaba escrito que se sintió secuestrado y trasla­dado al borde del mar y del Teide “cadáver arrasado de rocas, simas, rajas”. Un libro, sin duda, que dará otros racimos tan incendiados como estos poemas. Escritos en prosa pero poe­mas clarísimos; tendría que decir que le suenan un poco americanos, quizá a Neruda… pero esto no se lo preguntó; aunque sabe que Canarias es un poco latinoamericana.

A este servidor le parece que hay que decir, y lo dice, que no es un libro reciente sino de 1996; que está editado en Tenerife por PARADISO / EDICIONES. Y que no tiene tiempo para poner el por qué… pero cree que está ante un gran poeta… si sigue escribiendo claro.

o                     ANTOLOGÍA POETICA

La “Antología poética” de Eduardo Gómez le vino al Sectario acompañando a la “Noche en Teherán” de la poetisa iraní Forugh Farrojzad, primer libro publicado en España de esta es­critora y que el Sectario  le había pedido a la editora Amelia Romero de editorial El Bardo; lo hizo con alegría para tener el libro de una escritora a la que “Caminar Cono­ciendo” se había adelantado tres años en darla a conocer al público lector. Y no sabe él por qué, pero con “Noche en Teherán”  vino el de Eduardo Gómez al que tal vez le tenga queren­cia la editora. Lo cierto es que lo leyó y quedó muy agradecido ante una poética dura como el mundo,  sin florituras y que por estos lares, el sectarísimo reseñador, no la ha leído últi­mamente excepción hecha de David González y Karmelo Iribarren pero en otro estilo. La antología recoge textos de los seis libros que anteriormente ha publicado. El Sectario no va a dárselas de descubrir, quizás la luna, a los lectores; es decir, de descubrir a este poeta colom­biano, porque… ¿quién sabe si ya lo han dado a conocer?; él no lo sabe; pero, si lo ha des­cubierto para él.. Le gusta su “depurado y acerado lenguaje”, “el engranaje de patetismo e ironía” supone que ante un país, como el suyo, Colombia “agotado por el caos, la corrup­ción y la violencia”. El Sectario está seguro que aquí no hay ese caos, está todo ordenado, y bien ordenado, para que nos vayamos muriendo lentamente… de asco. Por lo que piensa, y lo dice, para terminar: que está de acuerdo con el poeta en eso de que “de palomas en fuga y mar­chitos sueños // está hecha la sustancia del habitante de las calles”. Está dicho.

o                     CASI SUEÑOS. TRADUCIDO DE LA NOCHE

Recuerda el Sectario que en 1947 Rabemananjara, poeta malgache, escribió desde la pri­sión, donde estaba condenado a muerte, sin duda pensando en él y en otros, como él, que espera­ban en capilla: “Las estrellas mueren sin un suspiro. // ¡Qué mano elevada al horizonte // llevará a los labios de los héroes // la roja ofrenda de la Aurora!” Tenía mucha razón para es­tar preocupado: el ejercito colonial francés segaba sin misericordia las tiernas gavillas de la in­surrección malgache: cerca de 100.000 murieron en una de las más sangrientas represiones que haya visto la historia contemporánea; el Sectario ha dicho una, no la mayor. El poeta, que luego salvó la vida de milagro, era jovencísimo, tierno, como una cualquiera de aquellas gavi­llas que fueron segadas.

El Sectario es muy sensible -supone que a otros les pasará igual- a las muertes de los valien­tes y humildes cuyo único delito es rebelarse contra la opresión de los colosos. Y sigue pen­sando como Gorki: la locura de los valientes es la única sabiduría. Pero hay también otras muer­tes que le estremecen; por ejemplo: el suicidio de otro poeta malgache que ya adivinara o intuyera las gavillas: Rabearivelo.

Diez años antes de que Rabemananjara escribiera esos versos citados más arriba, Rabeari­velo se daba muerte, ya que nada tenía que hacer en este mundo, en esta vida que “se nos mues­tra demasiado rebelde…” por lo que sólo le quedaba tenderse “bajo la hierba echar una mi­rada tierna sobre aquello que algún día formará gavillas…” Y tomando 10 gramos de clo­ruro potásico,’ ’envía un beso a los libros de Baudelaire… mira el retrato de su familia: “… mis úl­timos pensamientos, son para vosotros.” “Ingiero un poco de azúcar. Me ahogo. Voy a tum­barme”

Este relato de su muerte, sacado de una página del diario inédito titulado “Cuadernos azules”, puede leerlo el Sectario porque la editorial Hiperión ha publicado, por primera en castellano, los dos poemarios más famosos del poeta malgache, “Traducido de la noche” y “Casi sue­ños” y lo incluye al final. Es de agradecer que una editorial publique voces, gritos de timbre ajeno al soberbio mundo occidental, glorioso y siniestro mundo occidental, no se olviden los 100.000 muertos, esos tiernos manojos ensangrentados, a los que nadie acercó, entonces, “la roja ofrenda de la Aurora”. Quizá algún día alguna de estas editoriales con sensibilidad traduz­can la obra de Aimé Cesaire “Cuaderno de retorno al país natal”: algunos lo agradecería­mos. El Sectario agradece a su editor el poeta Munárriz el envío del libro; libro mag­nífico, en edición bilingüe con traducción, introducción y notas de Juan Abeleira. El Secta­rio conoce poco el francés por lo que nada puede decir de la traducción; mas… si tiene que poner alguna pega, sería esta: que en la bibliografía sobre Rabearivelo no se recoge la anto­logía titulada “Diwan Africano” del cubano Rogelio Martínez  Fure, editorial Arte y Lite­ratura, 1988. Este olvido (o desconocimiento) puede corregirse en una segunda edición, si la hay.

o                     DESDE MI CELDA

Todo el mundo sabe que el poeta, el gran poeta, G. A. Bécquer, escribió una serie de cartas, desde el Monasterio de Veruela en Burgos, rotuladas “Desde mi celda” en 1864. El Secta­rio también lo sabe. De modo que, novedad lo que se dice novedad, este libro no es. Pero que se reedite con una introducción de la profesora Mª Paz Díez-Taboada, amiga del Sectario y co­laboradora de “Caminar conociendo”, eso si que es novedad. La editorial Espasa Calpe pone en la portada “Nueva edición. Lectura recomendada”. Y dejando aparte el reclamo publici­tario, efectivamente es nueva: del 2.000; y, sí, puede recomendarse muy merecida­mente, sobre otras ediciones de Bécquer, por el excelente estudio de la amiga del servidor que es­cribe estas reseñas; estudio que contiene un perfil biográfico haciendo hincapié en la pe­renne juventud del poeta romántico y su trabajo como periodista; esto le permite adentrarse en la unidad y variedad de sus cartas, en los rasgos costumbrista… Ya acercándose al final la profe­sora incluye un apéndice: cuadro cronológico, documentación complementaria donde se re­coge el juicio de diversos autores sobre Bécquer y terminando con un taller de lectura carta por carta. Volver a leer a un clásico siempre es recomendable. Leer estas cartas es, además, do­blemente enriquecedor.

o                     UN PROTESTANTE SEVILLANO: FUENTE ESENCIAL DE “HAMLET”

En el número anterior de Caminar conociendo se daba a conocer el libro de Francisco Ruiz de Pablos mediante parte de un artículo del propio autor; el Sectario dice “parte” puesto que todo el artículo no pudo publicarse al llegar tarde y no haber espacio; el Sectario no podía cali­brar la valía de tal ensayo al no ser especialista en Shakespeare; algunos se admiraron, eso sí, de la valentía del profesor Ruiz de Pablos al atacar otro libro sobre Shakespeare del se­ñor Trillo; y es que estos saben de la larga mano del poder; aunque quizás no se han dado cuenta de hay libertad de expresión, o… si se han dado cuenta desconfían de ella.

Ahora el Sectario lee un artículo  -y se alegra mucho-  en la revista Insula, número 649-650 en el que, desde Cornell University, Ciriaco Morón Arroyo  dice lo siguiente (y es sólo el co­mienzo del artículo): <<El profesor Francisco Ruiz de Pablos acaba de ofrecer un libro en principio sorprendente, y, en última instancia, revolucionario. Su título: Un protestante sevi­llano: fuente esencial de “Hamlet”.

Descubrir una fuente desconocida de Hamlet es un logro que los especialistas reciben, por de pronto, con sospecha. Porque ¿se puede descubrir algo nuevo sobre Shakespeare en el plano de la erudición? Si, además, esa fuente merece el calificativo de “esencial”, no hay término me­dio: o es una chaladura o una enorme aportación a los estudios sobre la obra quizá más fa­mosa de las literaturas clásicas modernas. Pues bien, a mi parecer –dice Ciriaco Morón Arroyo-  el estudio del profesor Ruiz de Pablos nos brinda esa aportación>>. Pues, lo dicho por el Sectario: felicidades, amigo Francisco, esperamos nos mandes algún día EL LIBRO.

o                     LIBRO DE INVENTARIO Y ARQUEOLOGÍA SUBMARINA

Con el título Una voz nueva José Luis Morante le envía la siguiente reseña al Sectario acerca de las dos obras de Arturo Ledrado que aparecen tras el punto:

<< Arturo Ledrado (Madrid, 1959) nos mostró sus poemas iniciales en un libro de título premo­nitorio, Encuentro en Rivas, un trabajo colectivo que aglutinaba firmas conocidas e inédi­tas. Desde entonces ha desarrollado una amplia labor como editor y activista cultural y ha colaborado con frecuencia en  medios de comunicación. Hace un lustro creó la Asociación Prima Littera  y por eso, con frecuencia, su nombre ha estado más relacionado con la infraes­tructura del libro que con la producción de textos propios. Sin embargo, en él la escri­tura es vocación temprana como lo atestiguan los relatos ahora reunidos en Libro de Inventa­rio (Encuentro en Rivas, Madrid, 1999), carta de presentación en solitario rescatada de carpe­tas sepias y oscuros cajones, una entrega que bien podría titularse Cajas chinas.

Con prólogo de Norberto Romero, el conjunto acoge 22 textos de un amplio escaparate argu­mental y estilístico, como si hubieran sido escritos en tiempos y atmósferas sucesivas. Los hay que imitan la caligrafía solemne y sentenciosa de un informe funcionarial, como el titu­lado “En su defensa expone”; otros recuerdan relatos de tradición oral para alegrar las sobreme­sas del invierno, e incluso alguno corresponde a la percepción esteticista de una anota­ción de dietario –“Sinfonía azul” sería un buen ejemplo-. Otros son palimpsestos de algu­nos autores de culto como Julio Cortazar o Juan Rulfo, dormitan en zonas fronterizas en­tre el artículo periodístico y el relato minimalista.

Entre estos cuentos y su poemario de presentación hay muchos lazos de parentesco y no po­cos caminos de ida y vuelta. El título de su poemario es Arqueología submarina cuyo sentido atestiguan algunos versos de su poema “Bajo llave”. En esta composición leemos: “No vaya a ser que a cada instante // un objeto común  y ajado nos recuerde // que ayer pasó, // que una parte significativa de nosotros // es ya materia de arqueólogos”. Por tanto, su poética sugiere que la escritura aborda el rescate de las muertes domésticas que conviven con nosotros, como si fuéramos escombros de una civilización antigua que alguien reconstruye a partir de un le­gado semiderruido.

Abunda en los versos una simbología de la destrucción. Así el diluvio, esa lluvia copiosa que cuando amansa permite a la paloma regresar con una ramita de olivo en el pico; pero que ha libe­rado al basilisco que ha borrado del mapa unicornios y grifos y sirenas, ha marchitado sue­ños y esperanzas y ha dejado el nivel de las aguas en su cota de diario. Ninguna simbolo­gía implícita hay en la muerte, una de las obsesiones redundantes de Arturo Ledrado; la muerte como una puerta a la sombra, según explicita el poema “Fondos de inversión”.

Otro gran filón argumental del libro es la poesía urbana: la ciudad como entorno y latido, una aglomeración de coordenadas geográficas precisas, un Madrid arquetípico que acumula sole­dad y desarraigo, monotonía y horarios laborales, mendigos y rostros que se pierden para siem­pre al doblar una esquina.’

’Ambos libros se complementan y nos dejan las primeras fotos de una voz nueva a la que desea­mos los mejores itinerarios. Ilusión y oficio no le faltan.>>

José Luis Morante

o                     CONOCIMIENTO, REVELACIÓN, LENGUAJES

No es este librito de 32 páginas –Conocimiento, revelación, lenguajes; Antonio Gamoneda; Cua­dernos del Noroeste, 3; La Biblioteca IES.; León: Lancia, 2000- un conjunto de poemas. An­tonio Gamoneda, insistiendo en la línea de su librito “El cuerpo de los símbolos”, expone en este ensayo su saber sobre la poesía a partir de su revelación, intensa y amorosa, con ella.

La cita de José Luis Pardo que abre el cuaderno es reveladora de lo que luego Gamoneda irá desarrollando: “El poder de la palabra para deshacer significados establecidos es, sin duda al­guna, un poder subversivo y liberador.”

El lenguaje –escribe Gamoneda- genera conocimiento cuando las cosas ya tienen nombre. Pero el poema generalmente nombra lo desconocido, lo que en ese momento en que germina el poema se va descubriendo, antes no visto ni sentido. Nombrar lo recién nacido es revela­ción, es su despliegue. Se me ocurre añadir, para ilustrar lo que Gamoneda dice, lo siguiente: Hubo un tiempo en que los árboles no existían, no tenían nombre. Solo cuando el hombre dijo ár­bol, el árbol se desprendió de todo lo que le encubría: y resultó ser hermoso, derecho o tor­cido, y, además, el viento movía sus hojas.

Gamoneda pone en evidencia dos maneras de lenguaje: uno es el lenguaje informativo, conven­cional, socialmente pactado y que, a veces, sirve como transmisión del conocimiento del mundo: el lenguaje científico; a veces expone hechos imaginarios: el lenguaje literario; y, a veces, se degrada hasta hacerse políticamente correcto.

Con el lenguaje informativo tiene mucho que ver el “pensamiento programadamente débil” que se identifica con un liberalismo falaz propio de las democracias ‘occidentales’. Cita Gamo­neda a Valente: “la privación de sentido (…) es el arma por antonomasia de la democra­cia”. Y dice rotundamente: “instalarse en el pensamiento débil es una inmoralidad”. Añade por su cuenta Gamoneda: “Que la escritura que se supone poética esté impregnada de éste no-pensamiento es una añadidura dolorosa. Sólo la rebeldía del pensamiento poético utó­pico, que resultará irrealista y anormal respecto de la despreciable y débil normalidad al uso, tiene dignidad y ese ‘sentido’ de que hablan Bernard Noel y Valente; sólo –de acuerdo con José Luis Pardo- la rebeldía de la creación libre puede ser crítica y mantener valor moral frente a la existencia dirigida. Este es un asunto para la conciencia, pero lo es también para el lenguaje. Naturalmente, ir de irrealista o hermético sin más, no otorga cédula de poeta, pero la analogía del lenguaje minirrealista pretendidamente poético (ése que se promueve poco menos que en términos de mercado y que está casi ‘oficializado’ en España) con los len­guajes informativos instrumentados por los poderes económico y político en sus tecnologías me­diáticas, es la prueba de su debilidad moral añadidura a la debilidad estética” (pag. 21). La cita ha sido larga pero se hace un diagnóstico real y preciso del estado actual de la poesía en este Reino.

Otro es el lenguaje creador, el lenguaje de la revelación, que es el lenguaje verdaderamente poé­tico. El lenguaje es algo muy diferente de los otros, también del literario. La revelación por la palabra, el lenguaje poético, nace –al menos Gamoneda está convencido de ello- en la ‘confusión’ de una causa musical y una causa significativa: es un “pensamiento que canta”. Este lenguaje también es creación y de la creación nace realidad siempre.

Habla también Gamoneda, con respecto a este lenguaje creador, de ‘memoria de partes’, es de­cir, recuerdo fragmentado para comprender el todo. Y la memoria es conciencia del tiempo vi­vido y desaparecido. Y, sin embargo, se escribe poesía por y para el placer. Si para Parméni­des la vida es producto de contrarios, para Gamoneda la poesía se genera desde la memo­ria de lo perdido, desde la herida del tiempo y para suturar esta herida. La palabra poé­tica es palabra que cura, y engendra –por eso produce placer- el momento siguiente, viviente. De ahí la necesidad de la poesía.

Este lenguaje de creación / revelación, primordial para el conocimiento pues es semilla del len­guaje, es el propio de la poesía.

Y termina Gamoneda: “Enorme, irreversible conquista ésta (el lenguaje poético), aunque no les parezca así a quienes han salido de sí mismos y han puesto, quizá, sus mejores potencias para entrar, conscientes o no, en la obediencia al poder y ayudar desde el pensamiento débil a sus intereses”.

Ovidio Pérez Martín

·                                       SANGRE DE LUNA

Félix Rosado publica “Sangre de Luna“, un drama épico y romántico.El escritor navero relata en su novela las historias de un bandolero.La guerra de Cuba y la Andalucía del siglo XIX español son escenarios de la novela “Sangre de Luna” publicada por nuestro amigo y paisano Félix Rosado, escritor y periodista de Las Na­vas del Marqués. Brand Editorial ha puesto en el mercado la obra de este autor que fue viva­mente elogiado durante la presentación del libro en el Ateneo de Madrid. El también escritor Raúl del Pozo, columnista del periódico El Mundo y comentarista de televi­sión, ejerció de padrino en el lanzamiento literario de Félix, de quien dijo que po­see “talento de escritor” como demuestra su novela Sangre de Luna. “Tiene todas las caracterís­ticas que según Faulkner debe tener un escritor: experiencia, sentido de la observa­ción e imaginación”; después de leer su novela, lo primero que hay que decir es que el lector no se aburre en ningún momento; en su novela pasa de todo, y asistimos en un libro dividido cla­ramente en dos partes a dos historias totalmente distintas; en la primera parte, Sangre de Luna recorre las desventuras vividas y sufridas por los españoles en la guerra de Cuba: cien mil soldados luchan contra la insurrección de los hacendados, criollos y morenos, ochenta mil es­tán enfermos o heridos; en el matadero de Cuba morían a miles después de pasar grandes cala­midades, hambre y males de salud: “llegaron a un fuerte y se murieron entre balas y enferme­dades, dicen que son peores la disentería, el tifus y la viruela que el fuego del ene­migo“, relata.

La historia de la guerra está basada en hechos reales, aunque el autor recurre a la ficción para re­crear un escenario dantesco en los cuarteles, los barcos, el mar, las sierras de Cuba. Los espa­ñoles conocen que España perdió la isla de Cuba “pero no se conoce demasiado lo cruel y sangrienta que fue esta guerra”, dice el autor. “Los soldados sufrían con auténtico terror las temi­bles cargas de machete de los mambises”.

La segunda parte de la novela cuenta la historia de un superviviente de aquella guerra, la de un soldado que se convierte en bandolero tras cometer un crimen pasional; aparece aquí el drama romántico en la Andalucía de los caciques y los terratenientes, “donde nadie da un real por nadie”. El protagonista, Curro Córdoba, se enamora de una mujer desconocida, según los vati­cinios de una pitonisa. Cuentos y leyendas desfilan por sus páginas, personajes históricos, el mundo taurino de la época (Pedro Romero, el torero que mató más de cinco mil toros), bandole­ros (el Tragabuches, los Siete Niños de Écija), los reyes Isabel II, Alfonso XII, María de las Mercedes, Prim, Ramón y Cajal, la pena del garrote vil. Según dijo Raúl del Pozoes una novela de talento; no se la pierdan”.

Sin tiempo para mentar: El veneno de las rosas de Pilar Narbón; Las mariposas azules de José A. Aguirre; Un rey golpe a golpe; Juan Cruz Iguerabide y Obra periodística de César M. Arconada.

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Tres farsas para títeres

Madrid: Ediciones Izquierda, 1936


 

(Nueva Cultura, número 13, julio de 1936)

Hay escritores que van a redropelo de la historia. Otros que la siguen o acompañan. También quien la alumbra. De los últimos es Arconada, al que habrá que recurrir cuando de estudiar nuestro tiempo se trate, pues lo va historiando literariamente.

Ya se sabe que la viabilidad de la obra, su dinámica, se da proporcional a lo que refleje y transforme la vida de su tiempo. En este sentido funcional la literatura de Arconada es de las de más claro impulso.

Las últimas obras de Arconada componen en verdad un ciclo que, por gala de variedad en el autor, toca distintos géneros. También podría decirse que es una única gran obra, primero hecha novela, después poesía, más tarde teatro…

O sea, Arconada va alumbrando la historia y la literatura –tanto vale- de su época en el doble aspecto: en cuanto a tema y en cuanto a género.

En efecto, llega la revolución republicana y su fracaso revolucionario, y Arconada escribe “Los pobres contra los ricos”.  Replica también a los que andaban enredados en buscar “lo nuevo”. Continúa con “Reparto de tierras”, cuando la historia madura de modo que el tema, que se ve que Arconada no es sino ese cosechero literario que siembra su mirada y su sensibilidad en su tiempo y en su tierra y recoge lo más ingente, lo más granado y fecundo…

Del mismo modo comienza la poesía revolucionaria a dar quehacer a poetas y críticos. Y Arconada publica “Vivimos en una noche oscura”, que, por una parte, trasplanta un enorme motivo cernido sobre nuestras vidas y, por la otra, muestra una manera poética revolucionaria. Por último, cuando a todos nos hostiga la urgencia de un teatro revolucionario, Arconada nos da “Tres farsas para títeres”  que, como él dice, puede ser también para hombres.

¿Son obras distintas –imposible averiguar hasta cuando una obra contiene esencia independiente- o pertenece al mismo cielo interpretado de todos los modos para completarle? Ambas cosas. Son distintas caras de la misma gran obra de su tiempo. Distintas expresiones de la misma gran expresión del primer estado social. Distintas voces del mismo gran cuerpo popular.

De su último angustioso esfuerzo para reivindicar al subhombre, Arconada parece querer descansar y hacer unas desaforadas volteretas con sus criaturas. Ya es hora que riamos un poco, parece decir. Que si hay mucho triste, también hay mucho grotesco. Lo grotesco candoroso, llamaríamos a esas farsas. Arconada hace siempre el gran arte simple. Puede contraponerse acaso –no creo que esté en la preceptiva-  con otro gran arte complejo, Dostoievski, por ejemplo. Valle-Inclán puede ejemplarizar el simple, el más español y más apto, claro, para expresar el primer estrato rural y los grandes movimientos históricos, y más si éstos son revolucionarios, como en Arconada

 

 

Eusebio García Luengo

 

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Eusebio García Luengo

SIMBOLO Y EXALTACION

HISTORICOS DEL COMISARIO.-

 

por Eusebio García Luengo

 

Valencia, Nueva Cultura, nº 3 - IIº año

 

Si buscáramos un tipo representativo, el arquetipo humano de esta época, no sería otro que el comi­sario. Ni el político, ni el soldado. Pues el comisario participa de ambos, en un tiempo en que todos los hombres políticos o guerreros.

 

O, mejor dicho, ambas cosas a la vez, pues ya sabemos que no hay más que soldados políticos, ni existe político que no sea militante, que es casi decir ya miliciano…

 

Por todo ello, el comisario sintetiza cuantas actitudes y aptitudes humanas se cifran en el hombre. Síntesis de humanidad de nuestro tiempo.

 

La nueva significación de la política él la representa asimismo. En vez de la política secretera y esté­ril, o de la chabacana; o de la sacristanesca y aviesa, él viene a decirnos, a decir al combatiente que hay una clara política de la verdad humana, inherente a cada hombre por el hecho de ser tal, asequible a todos, im­pulso de las más sencillas acciones, motor del progreso humano.

 

Y el sentido de la guerra civil él lo expresa también. A diferencia de las guerras imperialistas o de rapiña, el soldado necesita saber que su misma vida y su porvenir, su causa entera, se compromete en la lu­cha. Que combate por él mismo.

 

El comisario político se lo dice, porque es la vinculación al ideal y al hondo motivo humano, social, histórico de la lucha. Las guerras imperialistas dejan siempre amargura y odio. La incomprensión angustiosa es la tónica general. Veámoslo en la literatura de la Gran Guerra, lo mismo de vencedores que de vencidos: En las guerras de liberación nacional, al contrario: ahí está optimista y vitalísima producción soviética de la guerra civil. Es porque hay guerras en las que el hombre halla su causa total y se identifica con ella. Tal iden­tificación la representa el comisario.

 

La honda unidad entre Estado, Nación, Gobierno y hombre la ha de revelar el comisario. En este enlace de los poderes rectores a la masa, el comisario precisa sentirse tan solidario de la masa como del po­der constituido.

 

Y ha de centrar en él, en magnífico equilibrio, el instinto y la espontaneidad y la iniciativa creadora populares, con la madurez, la reflexión y la serenidad de una grave conciencia cultivada…

 

En la fusión nacional y humana que por vez primera acaso en la Historia de España se realiza con esta guerra, el comisario tiene la misión de aglutinante. Para llevarlo a cabo, toda cualidad es útil: valor, cul­tura, conciencia, responsabilidad. Abarcará todas las disciplinas -y la disciplina, en primer lugar- y tendrá el más radiante concepto del momento histórico.

 

Si el ingeniero, por ejemplo, en un momento de la Historia -aquel del ascenso de la técnica, que ahora pasa a manos del pueblo- es el arquetipo social, hoy lo es, bien legítimamente el comisario.

 

El enemigo no necesita comisarios. Para él el soldado es un instrumento mecánico al servicio de sus fines explotadores. Para nosotros él el hombre en la más completa acepción dotado con cuanto la Historia va enriqueciéndole Y como cúspide de este tipo humano, el comisario.

 

Si aspiramos a que el hombre se realice plenamente, tal como lo andan buscando los intelectuales atentos a los problemas de nuestro tiempo, el comisario lo realiza en esta hora. Porque ha de estar versado principalmente en humanidad y nuevas humanidades, las que ahora se van creando.

 

Es fusión, crisol, síntesis.

 

E. GARCIA LUENGO

 

 

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Carlos del Valle: ‘El mostrador de los turbados’

EL MOSTRADOR DE LOS TURBADOS (*)

 

Por Carlos del Valle

 

Lejana está ya aquella tarde, cuando en un rincón silencioso y callado de la Biblioteca Nacional, palpaba entre mis manos trémulas aquel viejo manuscrito, curtido en generaciones y centurias, y, lleno de gozo, recreaba mis ojos en la bella escritura gótica tardía, a doble columna, y me deleitaba en las filigranas, a colores, de las primeras páginas. Qué inmenso privilegio, pensaba, tener ante mi aquella preciada joya literaria. El Mostrador de los Turbados, de R. Moisés de Egipto el cordobés, o, como él mismo se llamaba, Moisés, hijo de Maimón, el español (1138-1204), en la primera traducción castellana realizada con esmero y competencia, en un paciente trabajo de varios decenios, por Pedro de Toledo. Cierto que desde Pedro de Toledo, ‘El Enseñador de los Turbados’ al que ahora llamamos generalmente ‘La Guía de Perplejos’, ha sido traducida en la mayor parte de las lenguas cultas y al castellano se cuentan ya dos traducciones más completas y otras dos parciales. Pero la traducció0n de Pedro de Toledo tiene un encanto que no tienen ni tendrán las otras. Aparte del recio castellano viejo y rancio, inimitable e inigualable, Pedro de Toledo vivía en un medio donde aquellos conceptos filosóficos y divinos eran habituales y de ahí el dominio que muestra en su versión castellana.

Así, ahora, se comprenderá la grata sorpresa cuando tuve noticia de que por fin la vieja versión castellana del Mostrador había sido publicada en edición facsímil por Antonio J. Escudero Ríos. El gozo fue inmenso cuando logré tener un ejemplar de la obra, en su grandioso formato original y rememoré aquella emoción primera. Después conocí al editor y entendí cómo se había realizado aquella hazaña, por una especie de fervor que arde en el interior de Antonio J. Escudero, que le religa a su tierra extremeña, en donde hizo la versión Pedro de Toledo.

En la Biblioteca Nacional, en otras muchas bibliotecas, existen tantísimos otros manuscritos, con obras preciosas y preciadas, se apilan en anaqueles polvorientos ediciones raras de libros, todos casi inaccesibles o de muy difícil acceso, que están esperando esa acción redentora de un nuevo editor, de ese mismo cariño como el que ha tenido Antonio J. Escudero Ríos con el Mostrador de los Turbados de Moisés ben Maimón, el español, (el llamado por los cristianos Maimónides)

Seguro que continuará existiendo hoy más de un turbado, de un dubitante, indeciso, zozobrante, perplejo, entre lo que dice la ciencia y manifiesta la razón y lo que predica la religión. A los tales les vendrá de provecho releer con atención lo que Maimónides le decía a finales del siglo XII a sus titubeantes contemporáneos, en esta vieja versión castellana de La Guía de los Perplejos. Maimónides. Edición Facsímil de Antonio J. Escudero Rías (Madrid, 1990)

 

(*) El autor hace referencia a la ‘Guía de Perplejos’, libro del insigne médico cordobés Maimónides y a la versión romanzada de Pedro de Toledo que, en edición facsímil, ha publicado nuestro entrañable amigo Antonio Escudero, con la que, en su opinión, ha puesto sólo un granito de recuerdo ante el enorme legado cultural de los judíos españoles, y, de paso, rememorar y condenar su injusta expulsión de España. Desde esta página, nosotros también recordadmos y abominamos de aquella obligada diáspora, sin olvidar y por ende condenar, exilios o expulsiones, que otros pueblos. En el pasado o en el presente, sufrieron o sufren.

 

APARECIDO EN LA PÁGINA 36 DE ‘CAMINAR CONOCIENDO’, Nº 2

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Monday, February 25, 2008

Felix Rosado: Visita a Dámaso Alonso

VISITA A DÁMASO ALONSO

 

Por Félix Rosado

 

“Año mil novecientos diez y siete:

Vicente y yo, qué gozo este verano,

En Navas del Marqués. Pronto, ¡qué amigos!

Primera vez en aquel día juntos,

Después toda la vida para siempre.”

 

El premio Nobel Vicente Aleixandre encontró su camino en la historia de la literatura en la amistad que nació entre él y Dámaso Alonso en Las Navas del Marqués.

 En 1986 –cuando lo pienso aun no me lo puedo creer- tuve la oportunidad de entrevistar a Dámaso Alonso. Fue en su propia casa, en Alberto Alcocer, 23, en pleno centro de MADRID, junto al Paseo de la Castellana. El ilustre poeta se dignó recibirme al segundo intento. En el primero hablé con su ama de llaves, a la que informé de mi interés por la interviú porque yo soy de Las Navas del Marqués y quería conocer más a fondo aquel encuentro, entre los dos grandes de la poesía española del siglo XX, en el verano de 1917.

A mis 22 años me topé con Dámaso Alonso que ya contaba 88. Semanas  antes ya le había visto en la Facultad de Ciencias de la Información en unas jornadas sobre la poesía que organizó el Departamento de Literatura, a las que también asistió Alberti –del que guardo un autógrafo como oro en paño- y Antonio Gala. Pero mi interés se centró, sobre todo, en Dámaso.

En mi primera visita, fallida, a su casa, charlé con su ama de llaves, ya digi, y casualidades de la vida –el mundo es un pañuelo- me habló estupendamente de aquel médico que fue don Luís en Las Navas del Marqués, Luís Guerra, al que el Ayuntamiento navero luego dedicó una calle del pueblo. Conocía a don Luís y entablamos una animada conversación para romper el hielo. Transmití mi mensaje para don Dámaso y quedé para volver días después. Y así fue.

La fortuna me sonrió esta vez. Pero no llegué, vi y vencí, no. Llegué, llamé y no estaba… Así que creía que me iba a quedar a dos velas. Decidí montar guardia y no peder la oportunidad de la cita. Sentado en un banco, tiempo después, vi llegar a don Dámaso. Le abordé y me presenté. Me invitó entonces a pasar a su casa. Un hogar en medio de Madrid realmente apasionante. Un jardín, frondoso y tupido, con el canto de los pájaros –en primavera- separaba este rincón poético, si se me permite la expresión, del ruidoso Madrid.

No puede dejar de mencionar que aquella entrevista se publicaría en la revista navera El Catón, que tuvo una corta pero, todo hay que decirlo, fructífera e interesante andadura.

En ‘Caminar Conociendo’, a petición de su director, José Mª Amigo Zamorano, debo recordar ese episodio que me trasmitió Dámaso Alonso en quizá la última entrevista que concedió, cuando tenía 88 años.

Por aquel entonces, don Dámaso era víctima del tiempo, como todo mortal en este mundo. ‘Bueno, yo tengo ya unos años viejísimos, y tal…’ me contestó cuando le pregunté por sus dedicaciones, sus aficiones y sus actividades. Bastante guerra lleva la gente en el cuerpo cuando se aproxima a los noventa. Era un Dámaso distinto al que acostumbramos a ver aún en sus fotos históricas, en sus escritos, en sus libros…

Encapotado en un abrigo negro, con su sombrero, eso sí que no había cambiado, como siempre, me hablaba con elegancia. Entramos y me sorprendí cuando vi sobre un sofá lleno de carpetas, periódicos, libros y cojines, el último ejemplar que había sacado en aquel año la revista El Catón, con la portada del Santísimo Cristo de Gracia. Supongo que se lo mandaría algún navero, aunque no puedo asegurarlo.

Luego me acompañó a su despacho. Impresionante. Era una biblioteca auténtica. Cuatro paredes, cuatro estanterías llenas de libros. Hasta arriba. Apiñados en las mesas, en los armarios,  en repisas, anaqueles, libros por todas partes. En una pared se hallaba el retrato de don Dámaso y en una mesa reposaba un busto también del poeta.

El andar de don Dámaso era cansado y su respiración, forzada. A pesar de ello su fuente intelectual seguía impertérrita. Continuaba trabajando, en la medida de sus posibilidades, para la Real Academia de la Lengua.

Le pregunté por su relación con Vicente Aleixandre. “Nosotros nos pusimos ya en conocimiento y con mucho deseo en… ¿cómo es? Navas del Marqués. Estuvimos ahí todo el verano de 1917 y luego estuvimos otros veranos siguientes, estuvimos allí varios años. Pero luego además nos relacionamos por el invierno”.

Dámaso Alonso recordó que tenía un cuaderno en el escribieron sus primeras poesías. “Teníamos el cuaderno en el que estábamos escribiendo, pero escribía él más que yo, porque yo estuve la mayor parte del tiempo en Alemania”.

En dicho cuaderno estuvieron escribiendo desde 1917 hasta 1923, aproximadamente. “El hizo cincuenta y tantos poemas y yo unos treinta. Pensativo me comentó: “verá, le voy a enseñar el cuaderno”. Se levantó con lentitud y fue en su busca. Pero no trajo el famoso cuaderno que tanto interés despertó en mí: sino un ejemplar de la Academia en cuya portada se leía: “Homenaje a Vicente Aleixandre”.

Don Dámaso empezó a leerme, con una sensibilidad exquisita, un poema en que plasmó sus vivencias al lado de Aleixandre.

 

Mi amistad con Vicente Aleixandre

I.                   Desde 1917

 

“Año mil novecientos diez y siete:

Vicente y yo, qué gozo este verano,

En Navas del Marqués. Pronto, ¡qué amigos!

Primera vez en aquel día juntos,

Después toda la vida para siempre.

En el noventa y ocho, del siglo diecinueve

Nacimos. El cumplía sus años en abril,

Yo seis meses más tarde, el mes de octubre.

Por tanto, en el verano, ya en este primer día

Años él, diez y nueve, yo sólo diez y ocho.

 

Sí, en aquel día hablábamos sin callar un momento

De mil cosas ligeras, variadas, divertidas.

También yo, breve un rato, de poesía hablé.

Asombrado Vicente, de ello usar más me pide

Empezamos a hablar de poemas, de estilos…

Vicente se aficiona, se embriaga: siempre quiere

Complicarse de ideas y leer y aumentarse.

 

Le presté de Rubén Darío un libro hermoso.

El lee y se entusiasma, y un poco después

(yo no creía hazaña de esta acción imposible)

Empezará él mismo a intentar poesía.

 

Yo escribí poesía antes, después los dos.

Tuvimos pronto amigos de gran gusto,

Deseosos también de poesía.

Quisimos mucho a dos: dos Álvarez Serrano,

Ramón y Enrique. Ya escribieron poemas

Los dos. Por nuestra parte, yo también

Y Vicente Aleixandre, mejor, siempre mejor.

Ramón nos da un cuaderno. En él los cuatro amigos,

Escribimos poemas: cincuenta y tres Vicente

Diez y ocho, yo; Ramón hizo catorce;

Sólo de Enrique tres. El cuaderno quedó

Siempre en mi casa, con secreto incógnito;

Poesía de Vicente ¡Maravilloso Aleixandre,

De infantil poesía! Son primeros poemas

Distantes aún de las egregias formas

Y lejos de la noche madurez de la vida;

Pero yo con encanto, completa juventud,

Con intento de gracia, amor, penas de muerte

Poesía inicial ¡Será más tarde altísima!

 

Ahí habló del cuaderno. Se levantó nuevamente en busca de ese manuscrito, ya antiguo e histórico. Regresó con un cartapacio, una especie de bloc con las pastas rojas. En su interior se veían sus páginas amarillentas y desprendidas, por el paso y peso de los años –desde 1917- El tomo, al parecer se lo dio a Dámaso Alonso alguien de Las Navas, pero no recordaba quien.

En la portada había marcadas unas iniciales: P.R.S. “Aquí el primero que escribí fui yo”, apuntó. Fue con un verso de Góngora: Perdidos unos, otros inspirados. Y luego, inmediatamente, viene mi primer poema, se trata de un soneto titulado ‘Atrio’, pero no es muy bueno, no degusta, matizaba el viejo poeta.

 

Atrio

 

Esto que ves aquí, versos –cambiantes

Como las horas hacia el mediodía-

Flores de seda son, que un claro día

Cantaron, al pasar, los caminantes.

 

Mar y cielo se hacían consonantes,

Y un madrigal la luz entretejía,

¡Cielo, mar, luz, la grata compañía,

Los versos juntos y los pies pujantes!

 

Todo camino tiene acabamiento.

Y, frente al mar (cuando el cenit tocaba

El sol) el nuestro se rompió de pronto.

 

-Este que miras, puro monumento-

-agua de nieve ya; piedra de lava-,

Queda. Después la niebla y el tramonto.

 

El cuaderno, repito, ya famoso, no sé si se ha llegado a hacer público. Algo he oído. Pero no estoy seguro de que se haya publicado. Don Dámaso me comentó que se había intentado. Luego perdí la pista.

Con las poesías dispersas y muchas hojas en blanco era una joya histórica, la semilla del nacimiento de la poesía de Aleixandre y de su gran amigo, Dámaso. “El libro este lo he tenido yo casi siempre. Además de mis poemas y los de Aleixandre están los de los dos hermanos Serrano”, me explicaba. Y añadía inmediatamente: “también viene el primer discurso de Vicente Aleixandre… cuando depositamos juntos la poesía escrita en este libro, y la dejamos yéndonos como quien abandona unas últimas rosas o algo que ha pasado…”.

Dámaso Alonso ya no escribía poesía. “Bueno, yo hace año y medio que escribí bastante. Y escribí bastante sobre todo cuando murió Vicente Aleixandre”. De política nada. “No, política no. Yo he publicado cosas de carácter distinto”.

Le pregunté por sus preferencias y la respuesta fue inesperada. No sentía inclinación por sus grandes obras, como Hijos de la Ira, Hombre y Dios o Los Gozos de la Vista. “No, sólo por mis últimos escritos, preferencia a pensar en la muerte y la duda de la realidad”.

Dámaso Alonso, filólogo, poeta, ensayista, crítico y teórico de la literatura entró en las páginas de la Historia de España del siglo XX. De su mano nación Premio Nóbel, Vicente Aleixandre. Casualidad o no, aquel encuentro en el verano de 1917 en Las Navas del Marqués abrió una de las bellas páginas de la poesía española de nuestro siglo.

Me despedí de Dámaso Alonso, que gentilmente me prestó el libro de al Academia con el poema de Aleixandre. Luego se lo devolví por correo pensando que había tenido una suerte inmensa por haber entrevistado a un gran hombre.

 

Félix Rosado es periodista

 

(EL ARTÍCULO DE FÉLIX ROSADO APARECE EN LA REVISTA ‘CAMINAR CONOCIENDO’, Nº 4, PAGS. 42-43-44. MAYO DE 1995)

 

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Friday, January 18, 2008

Arteclo, garabateclo, borragateclo, grafiteclo…

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Llamamos grafoteclos, mecanografitis o mekanografitis, grafiteclos o grafiteklos, al arte de dibujar o los dibujos como si fueran grafitis en la red y se logran utilizando mayormente o solamente el teclado del ordenador. Algunos son verdaderos grafitis. O al menos dibujos muy logrados. Como este que ponemos arriba.

De modo que el verbo sería ‘grafoteclear’, ‘mecanografitear’, ‘grafiteclear’ y por ejemplo el gerundio ‘grafotecleando’, ‘mecanografiteando’, ‘grafitecleando’.

Presente:

Yo grafotecleo
Tu grafotecleas
El grafoteclea
Nosotros grafotecleamos
Vosotros grafotecleáis
Ellos grafoteclean

Procediendo de la misma manera con los otros verbos. ¡Ojalá este arte en ciernes se desarrolle y se eleve a cotas insospechadas!

(TOMADO DEL BLOG:http://grafiteclo.blogspot.com/)

Bien, hasta aquí lo que se dice en ese blog. Pero se nos ocurre que podrían usarse otros vocablos como por ejemplo: ‘garabateclos’, o ‘burragateclos’, o ‘rayajoteclos’. Siendo por tanto los verbos: garabateclear, burragateclear o rayajoteclear. En fin… ¡qué tenga mucho porvenir!

Posted by María Pita at 11:49:43 | Permalink | No Comments »