Friday, May 30, 2008

J.Mª Amigo Zamorano: ‘Grillo en la Biblioteca’

 

Grillo en la biblioteca

Amigo Zamorano, 27 de agosto de 1996

 

1º) Paso: Presentación

José Ramón era un niño que iba mucho por la biblioteca de su pueblo; le gustaba leer libros de naturaleza.

Tenía dos grillos con los que jugaba en su jardín y a ratos leía. Uno de los bichos llamaba Grillita y el otro Grillito…

Grillito se encontraba a gusto paseando de noche y a la luz de la luna en torno de su casa con su amiguita Grillita.

Por el día se aburría mucho. Conocía ya de memoria todos y cada uno de los senderitos y todas y cada una de la hierbecillas que encontraba en su camino. Estaba harto de pasear por los alrededores de la madriguera.

Además su amiga no salía de casa durante el día ya que ayudaba a sus padres en las tareas de la casa; él no hacía eso; sus padres decían que era cosa de grillas y no de grillos; no entendía el razonamiento de sus padres; a él, precisamente a él, le gustaba barrer y preparar la comida; pero, en fin …

A pesar de su corta edad, ya que era el más pequeño de la comunidad de grillos, decidió subirse a las hierbas mas altas del jardín. Para ello pidió permiso al jefe de los grillos, quien, a cambio de que le vendiera su Muerte y su Miedo, se lo dio: era responsable ante sus padres y ante toda la grillería de lo que le pudiera pasar.

Grillito se desprendió de su Muerte y su Miedo; y el jefe ya no volvió a preocuparse de él: era libre de hacer lo que quisiera.

 

2º) Paso

Al principio, como no tenía práctica en escalar, se caía de las hierbas; nadie nace enseñado y aprender las cosas cuesta un poco. Más tarde, después de varios intentos, que fallaron, fue adquiriendo maña; y con la maña confianza en si mismo:  Grillito subió mas y mas alto cada vez.

Le gustaban, sobre todo, las hierbas que tenían las hojas con una gran superficie para así tomar el sol a sus anchas. A ratos, cuando le entraba Hambre, pues había vendido la Muerte y el Miedo pero no el Hambre, mordía un poco de la hoja .

Desde esas alturas veía corretear a las hormigas, piojos, escarabajos … siempre preocupados de ellos mismos sin acordarse de los demás para nada.

 

3º) Paso

Un día, que tomaba el sol repantingado en una ancha hoja, se levantó de repente un viento muy fuerte que anunciaba tormenta; antes de que pudiera refugiarse en su madriguera, el viento lo lanzó hasta la ventana de la casa de enfrente y, como estaba abierta de par en par, cayó dentro de ella.

El piso de aquella sala era muy fino y el grillo se resbaló al andar.

Quedó quieto un instante no fuera a resbalarse otra vez.

Los ojos tenía prendidos de unos objetos raros que parecían mirarle: unas cosas, grandes y alargadas, colocadas en unas maderas.  Después supo que esas cosas, grandes y alargadas, eran libros; y supo igualmente que las maderas, tablas donde se colocaban esos libros, se llamaban estanterías; y la habitación recibía el nombre de biblioteca.

Cuando se acostumbró a caminar por esa superficie, fina y resbaladiza, como no tenía Miedo, se lo había vendido al jefe de los grillos, dio un salto hasta esos objetos raros, grandes y alargados y, como vio que no le hacían nada, se metió tras ellos.

 

4º) Paso

La habitación se fue oscureciendo lentamente. Al poco se hizo de noche. Luego un blanco rayo de luna le llegó hasta donde estaba, recordándole - pues tampoco se había desprendido del Recuerdo: ni del Recuerdo, ni del Hambre - que a esa hora solía cantar para que su amiga Grillita le acompañara en sus paseos por entre la yerba del jardín. Y comenzó a cantarle… con ese cántico, como solo los amigos saben cantar a las amigas, y que a él le salía tan bien frotando las alas.

El sonido rebotó en las paredes de la biblioteca, haciendo eco, llegándole al oído como si cantara otro que no era él; de modo que Grillito, que no había conocido el eco, ni había oído hablar nunca de él, ni sabía por tanto en que consistía el eco, pensó que, al mismo tiempo que él, otro grillo, quizá El Grillota, gordo y maleducado, le estaba cantando a su amiga con la intención de pasear y jugar con ella, lo que hizo a Grillito ponerse muy celoso y frotar las alas con un mayor ahínco.

 

5º) paso

La canción se colaba por la ventana de la biblioteca, abierta de par en par, hasta el jardín, de donde había sido lanzado Grillito por el empujón del viento, llegando la llamada a Grillita que acudió a la cita; al no hallarlo donde tenían costumbre, se puso a mirar por todas partes, como si estuviera jugando al escondite; pero su búsqueda no dio resultado.

Entristecida, al no dar con él, fue a avisar a los padres de su amigo.

Recorrieron todos los lugares, y muchos más, donde solían esconderse.

-- Pero, ¿tú has oído de verdad su canto? - preguntaron los padres de Grillito.

– Si, si. Era él. Seguro - aseguró Grillita.

– Bueno, pues tranquila. Vamos a seguir buscando. Lo más probable es que nos esté gastando una broma.

Pero, nada, no aparecía por parte alguna; desesperados acudieron a quejarse al jefe de la grillería por la falta de vigilancia; este les comunicó que, ya hacía tiempo,  su hijo le había vendido el Miedo y la Muerte, pues quería subirse a la pingorota de las plantas más altas, por lo que no tenían por qué preocuparse lo más mínimo.

– Estará subido en algún cardo riéndose.

Un poco más tranquilizados se retiraron a sus moradas con la esperanzada resignación de que ya aparecería cuando quisiera.

 

6º) Paso

Mientras tanto a Grillito, que había realizado un gran esfuerzo frotando sus alas, le nacieron unas ganas tremendas de comer, un hambre feroz, - ya que, como se sabe, no había vendido su Hambre - así que dejó su melodía de amigo para dedicarse a encontrar alimento.

Al principio fue un problema al no haber hierba en la biblioteca; pero recordó, ya que tampoco había vendido el Recuerdo, como ya se ha dicho, que ellos, los grillos, no solo eran herbívoros, sino que podían comer de todo, es decir eran omnívoros; y sin buscar mucho, encontró entre los libros, pequeños bichitos vivos y muertos: insectos, arañitas …

Luego de darse una cena de carne se durmió.

 

7º) Paso

Cerca de donde se acostó Grillito, vivía, en su telaraña, una araña con su única hija. Esta araña tenía muy mal carácter. Sus vecinas no la querían y para hacerla rabiar, aún más, siempre le andaban con chismes: que si esto, que si lo otro, que si lo de más allá …

A la araña Ocho Patas, que así se llamaba, le habían dicho, esta vez cruelmente que un grillo había matado y comido a su querida hija Arañita.

– Mira, ese que está ahí roncando ha sido.

No era verdad, Grillito no había matado a Arañita; estuvo jugando con ella; eso si, le dio un patazo que la dejó encogida como un ovillo; y todo porque ella se puso muy pesada queriendo enredarlo en su telaraña; y Grillito a eso no quería jugar.

Pero esto no lo sabía Ocho Patas; de lo que tenía certeza es que era muy tarde y su hija no aparecía; angustiada, dio por verdadero el asesinato de su hija a manos del grillo que dormía cerca de ella; ciega de dolor y tristeza, la desdichada araña, comenzó a fabricar con la extremidad de su abdomen el baboso hilo de seda con el que, ampliando su telaraña, envolvería a Grillito; luego, en venganza, se lo comería; además tenía mucha hambre pues llevaba días y días sin caer bicho alguno en su red.

– Cuando despierte - pensaba Ocho Patas - al mover Grillito su cuerpo se enredará en la telaraña; y por más esfuerzos que haga no podrá liberarse de su malla; y entonces …

 

8º) Paso

La araña se relamió de gusto pasando una pata por su boca. En su odio feroz veía ya: cómo inyectaba el veneno de sus quelíceros, cómo se licuificaban las partes blandas del grillo y … cómo ella se las bebía en un santiamén.

Continuó avanzando hacia Grillito, pero tardaba en llegar más de la cuenta: su retraso estaba causado por la debilidad tras varios días sin comer.

En esto estaba cuando se hizo de día. Y la biblioteca abrió sus puertas entrando con gran alboroto los jóvenes lectores.

Con el ruido producido al abrirse la puerta de la biblioteca y la entrada de lectores, Arañita, que se había dormido en rincón, se despertó y asustada corrió a su casa materna exclamando:

– ¡Mamá, ya estoy aquí, no me riñas!

Su madre, ciega de tristeza, furor y hambre, ni prestó oídos a su hija, ni se enteró de su llegada y siguió extendiendo su red.

 

9º) Paso

 También despertó Grillito y antes de moverse y de darse cuenta, siquiera, del peligro que representaba la tela de araña para él, alguno de los lectores retiró de la estantería el libro que estaba delante de ellos; libro en el que había sujetado su red la araña, llevándola arrastrada tras él con sus moradores, Araña y Arañita.

El grillo sintió el roce del libro sobre la estantería como un espantoso temblor por lo que, dando un salto, se metió en una grieta que tenía la pared.

El lector sacudió el polvo, y las telarañas del libro que cayeron al suelo, con Ocho Patas y Arañita juntas; por suerte, para ellas, lo hizo con un plumero sin hacerles ningún daño; al verse en el suelo, sanas y salvas, corrieron rápidamente a esconderse en la penumbra.

 

10º) Paso

Por el hueco, que el libro había dejado en la estantería, veía Grillito, desde su escondrijo, a un niño que, sentado a la mesa, leía - bueno él no sabía lo que era leer - un libro con muchos dibujos - tampoco entendía de dibujos - de grillos corriendo, jugando o comiendo en la yerba. Movió la cabeza Grillito: ¡allí estaba su amiguita! y … ¡sus padres!. Se estiró aún más; alargó el cuello. Le brillaron los ojos. Se le esponjó el cuerpo  de alegría y, no pudiendo contenerse, llamó:

¡Papá, Mamá!, ¡Grillita, Grillita! - que en su idioma se dice ¡Gri, Gri! y ¡Gri, Gri!.

 

11º) Paso

Luego no supo muy bien lo que ocurrió. La bibliotecaria se enfadó:

– Así que habéis traído un grillo a la biblioteca. Venga, todos fuera, a la calle. En la biblioteca hay comportarse como Dios manda y estar en silencio.

– Señorita, pero si nosotros no hemos traído ningún bicho.

– Nada, nada; fuera todos.

Y los echó. El niño que estaba frente a él cerró el libro y se fue con pena sin poder terminarlo de leer.

Grillito no se movió del sitio.

 

12º) Paso

Cuando se hizo el silencio en la biblioteca Grillito, se atrevió a salir de su escondrijo. Estaba el salón de lectura vacío.

No se le iba de la cabeza lo que había visto en el libro.

Saltó hasta la mesa.

– ¡Caray! ¿Qué ha pasado? - dijo pero no con esas palabras ya que en su habla se pronuncia: ¡cri, cri, cri cri, cri!

– ¡Qué raro!, ¡si lo he visto con mis propios ojos!

Allí no había ni jardín ni grillos. Solo una superficie finísima que le obligó a deslizarse un buen trecho. Cuando por fin logró pararse fue sorprendido por una fuerte ovación de muy diversos animales que estaban en los cantos de los libros y en las revistas del revistero.

– ¡Bravo, bravo!

– ¡Olé por Grillito!

 

13º) Paso

Animado por los aplausos se olvidó del jardín, de sus papás y de su amiga; repitió el deslizamiento; deslizamiento que adornaba con rápidos quiebros y giros prolongados: daba vueltas como un peón. A veces se caía boca arriba y, al intentar levantarse, daba vueltas y vueltas sobre su espalda; el movimiento de sus seis patas, con la intención de levantarse, parecían seguir el compás de los aplausos de los espectadores lo que provocaba mayor entusiasmo. Cuando conseguía darse la vuelta respiraba hondo y decía:

– Venga, amigos, venir conmigo a bailar.

– No podemos. Somos parte de los libros. Pero, tu, baila por nosotros.

Y bailaba y saltaba y giraba y patinaba cada vez mas animado. El movimiento le emborrachaba. En esto que no calculó bien y se cayó de la mesa, ¡vaya porrazo que se dio! Todos los que admiraban sus movimientos se rieron a mas no poder. Confuso y avergonzado saltó a esconderse en una zona oscura debajo de la primera estantería que pilló.

 

14º) Paso

Cada día que pasaba en la biblioteca se le hacía menos llevadera su permanencia en ella. Cada día que pasaba aumentaba su deseo de volver al jardín; ¡ahora si que estaba harto de dar vuelta y más vueltas por los rincones de la biblioteca!, ¡y más que harto, de comer carne! ¡y más que harto de vivir solo, más solo que la una!; y… sin poder tomar el sol, tumbado a la bartola, en alguna de esas hojas, tan anchas, a las que, tanto, le gustaba  subir.

Por las noches se las pasaba cantando y eso cansaba mucho; luego, claro, tenía que buscar comida; comida que cada vez escaseaba más; ahora se cuidaban, hasta los más pequeños animalitos, de su presencia, huyendo a esconderse nada más verlo.

Fácil es comprender que no había hecho un solo amigo: ni uno tan siquiera.

 

15º) Paso

Por el contrario había tenido dos aventuras peligrosas; en una le dieron un buen Susto - El Miedo no, porque lo había vendido, pero el Susto si, pues de él no se había desprendido: una noche, después de cansarse de cantar, frotando las alas, se puso a buscar comida trepando por las paredes.

En esto estaba, cuando se subió a un animal con alas que estaba pegado a la pared.

Era muy suave.

De pronto se encendió una bombilla de la biblioteca y ese animal con alas, que era una polilla, se despertó con la luz, agitó las alas y, como les gusta tanto la luz que no pueden resistirse a ella, emprendió el vuelo con Grillito a cuestas.

 

16º) Paso

Se agarró como pudo a sus alas. La velocidad y la altura lo embriagó. Sintió un gran placer.

En llegando a la bombilla, la polilla, no hizo mas que dar vueltas y vueltas en torno a la luz; y nuestro amigo se mareó, cayendo al suelo con tan mala suerte que fue a dar en el camino por donde pasaba una fila de hormigas.

Medio mareado por los giros de la polilla, que aún le duraban, y por el golpe que se dio al caer, sintió un dolor punzante en una pata, que tuvo la virtud de volverlo a la conciencia.

Ve que una hormiga que le ha clavado con sus pinzas una pata; por mas que la sacude no consigue deshacerse de ella.

Y lo que es peor aún, por el sendero se acercan, peligrosamente, varios escuadrones de hormigas en actitud de guerra; lo que le obliga a dar un salto, alejándose de la trayectoria de las hormigas.

Pero el dolor no se le va ya que la hormiga no suelta la prenda; Grillito, ni corto ni perezoso, se la come; sintiendo gran alivio en la pata y gran regocijo en su estómago hambriento.

 

17º) Paso

Después de varios días, el niño que leía cuentos de grillos, ha vuelto a la biblioteca y ha seguido pasando páginas y páginas que Grillito mira desde su escondite con ansiedad, con alegría, con nostalgia y, ¿por que no decirlo?, con una gran angustia.

Y es que ha creído ver otra vez el jardín, y otra vez a sus padres, y a su amiguita e incluso al Grillota al que, por cierto, ya no tiene manía.

También, ¡oh desgracia!, contempla horrorizado cómo se llevan unos chinos a su amiga del alma a otro jardín, encerrándola en una jaula… la están alimentado muy bien; luego la sueltan frente a un grillo, que no conoce, para que inicien una pelea;   Grillita y el grillo se miran desafiantes; saben que uno tiene que morir; comienza la pelea; y su amiga no se deja amilanar y lucha valientemente; pero sucumbe poco a poco ya que el contrincante es más fuerte; desfallecida, el campeón se dispone a cortarle el cuello.

 

18º) Paso

El grillo asesino pronto será proclamado “shou lip” (grillo vencedor) y su nombre será inscrito con letras de oro en rollo de marfil.

– ¡Qué gracia!, ¡qué digo: qué desgracia! ¡Vivir a costa de la sangre de los demás! - exclama el grillo en su idioma.

A él no le parece ni medio bien. Pudo comer en la biblioteca más de un bichito vivo y sólo ha comido alguno y cuando tenía mucha hambre; ha vivido, por lo general, de animales muertos y restos de comidas.

Grillito no puede contenerse y grita, grita con todas sus fuerzas; mas que un grito es un aullido feroz: ¡griiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!; que quiere decir: ¡nooooooooooooooooooo!, ferozmente: hasta desgarrarse sus élitros. Y se lanza desde su rincón al libro para defenderla…

En ese preciso momento, el niño, da por concluida la lectura cerrando de golpe el libro, espanzurrándolo ¡crac!…

 

19º) Paso

El joven lector, que ha creído ver y oír algo, abre el libro frotándose los ojos: en él cree ver las partes del cuerpo, aplastadas, aun latiendo y.. sigue frotándose los ojos… moviendo la cabeza incrédulo.. se recomponen, crecen, se agigantan… cobran vida,  se mueve entre la hierba, junto a su amiga y… José Ramón se da un golpe en la frente… se ha despertado de su sueño de grillos; y al abrir los ojos ha visto a los animales cerca de su cabeza que posaba en el césped de su jardín como en una almohada junto a su libro.

 

Posted by María Pita at 18:20:25 | Permalink | No Comments »

Sunday, August 12, 2007

¡Ricós tendrían que ser!… ¡A por la III… Repúblika!

domingo 12 de agosto de 2007

¡Envidia cochina!

Salió a pasear su ociosidad. Mas, antes de seguir su sendero, quería dejar constancia que le hubiera gustado tenderse en prado de fina yerba, al lado de una piscina hecha para él solo.
Ya antes de comenzar la cuesta, la vio en su cama o en su casa o en su nido, que todo viene a ser lo mismo donde uno descansa.
Salió, como digo, a dar una vuelta por el pueblo; a ver, cómo, la vida corría sin necesidad de su concurso; a comprobar, una vez más, que el fluir de la existencia sigue, imparable, sin importarle que, garbanzo o pimiento, más o menos, entre en la cocedura o no.
Con esta amarga conciencia, de realismo extremo, caminaba calle arriba oyendo el rodar y rozar de coches sobre el asfalto mojado. Con el calor que hacía, seguro que el dicho asfalto saltaba de contento ante el doble despilfarro de agua. Doble, porque, por una parte, el agua venía saltando tapias de jardines privados y, por otra, procedía del desbordamiento de setos, por donde pasaba la tubería de goma, del riego por goteo, ¡qué risa!; agua que veía incrementado su caudal despilfarrador, calle abajo, de los alcorques de los árboles.
Árboles y plantas, adornaban de manera irregular todo lo largo de la calle. Decimos irregular, si, pues, puestos, como lo fueron, hace años, no habían sido cuidados con el debido esmero y, claro, algunos se habían secado, quedando de planta a planta, claros demasiado evidentes, lo que hacía de esta irregularidad, para qué negarlo, un verdadero adefesio.
Pero bueno, irregular o no, las fincas, con sus casonas a ambos lados de la carretera, lo agradecían. O, por lo menos, seguro que su precio se había incrementado un poco más. A los dueños les importaría un bledo, unas plantas mas o menos; ya, de por sí, sus jardines estaban de flora a rebosar. Por cierto, bien protegidos. Por muros de considerable altura. Así impedían que su intimidad fuera violada por miradas impertinentes. De modo que, los setos y árboles callejeros, ni los veían.
Había salido a pasear.
Dicen los higienistas que es muy bueno para la salud…
Y él decía, porque tenía su opinión al respecto, que, igualmente bueno para la salud… ¿igualmente bueno?… ¡no!, ¡mucho más!, era tumbarse en una hamaca bajo el palmeral rumoroso de playas caribeñas; por ejemplo: las de Cuba; o tirado en arena suave y blanquísima de un paraíso tropical cualquiera (para qué discriminar a nadie) con olas de movimiento blandengue, cansado, mecidas por brisas con aromas de jazmines (u otros aromas cualesquiera, buena gana de relegar a unos por otros) y el agua, claro, casi, en calma chicha…
“Bueno, sí -lo reconocía- es verdad la bondad del pasear, sin necesidad de que higienistas u otros ‘istas’ lo digan; pero siempre en unas determinadas condiciones… Porque, pienso yo -se decía- el solo pasear, sin más ni más, no vale… Porque, vamos a ver, ¿alguno ha tenido en cuenta el efecto malsano que puede tener el cabreo que produce, en el caminante, como yo, la cara insultante de las mansiones citadas, exhibiendo, obscenas, su riqueza?…” No. No lo han tenido en cuenta. “Son científicos de andar por casa, de tres al cuarto, de pacotilla, o… me callo porque sino… la lío”.
“Pero…
-y se paraba- no, no, yo lo voy a decir… Voy a decir lo que hago frente a esas putas casas: aprieto los puños, arrugo el ceño y sigo adelante, ya de mala leche todo el camino. Y porque no me queda otro remedio… Aunque bien quisiera asaltarlas, nacionalizarlas, municipalizarlas, comunizarlas… Pero sigo el paseo como un gilipollas… Y eso que estoy convencido de que estaría mejor junto a una piscina echado a la bartola. O zambulléndome en el agua sin que nadie pudiera atisbar ni un pelo, de mi poblada piel de mono hecho hombre. ¡Ah, qué gozo, qué placer!… sería tirarme en la yerba todo lo largo que soy… ser acariciado por el aire y el suave y húmedo césped…”.
Como esa que veía ahí arriba. Y que la había atisbado nada más emprender el camino calle arriba. En ese rascacielos verde. Como un abeto. Grandísimo. Exhibiendo su veraneo en la cúspide. En la cima. En lo más alto. Y en medio de la finca. De esa mansión.
“Para envidia de los que vamos a ras de suelo, como gusanos“, pensó.
La miró fijamente: allí estaba con su colorido binario: como una gran dama: de blanco y negro: en actitud lánguida: desmayada: desmadejada: suelta: toda tumbada, como a él le hubiera gustado hallarse, en lugar de pasear respirando el humo, la mierda que despiden, por los tubos de escape… a veces, casi a chorros negros y otras, en suaves humaredas de un gris blanquecino, esos automóviles que pasan continuamente.
Respirando muerte lenta, pero muerte.
Y además, para mas inri, nos contemplan, desde los ventanales de sus palacetes, (porque algunos lo eran), ricachones que, a esas horas, levantan los culos de sus camas o poltronas. O incluso permanecen en ellas riéndose de los que, como él, observan con envidia, con ansia, no sólo porque quisieran poseer la casa, sino poseer y yacer con su matrona y, si fuera posible, en el propio tálamo.
“Pero no tenemos otra alternativa -se dice para si- que seguir zambulléndonos en el aire viciado, ya que no podemos hacerlo en la propia piscina, por el humo de los coches. Muchos conducidos por hijos, sobrinos o nietos de esos mismos gandules que, sin haber dado un palo al agua, tienen todo el agua que quieren, piscinas enteras… ¡hostias!”
Se paró en mitad de la cuesta. Miró hacia atrás. La volvió a ver. En el abeto rascacielos. El negro de su vestimenta se disimula un poco con el verde oscuro del rascacielos, pero el blanco, ¡ah el blanco!, cae, alargándose, hacia un lado. Como si quisiera escurrirse. Una demostración palpable…
“¡Alto ahí!… -exclama para sus adentros- Más que palpable, que más quisiera yo, visible… de cómo se deja acariciar por el viento de la altura. De esa altura donde goza del verano, sin importarle lo más mínimo lo que puedan murmurar, -para murmurar ya lo hace ella-, los mirones: como yo, que la contemplo alelado.”
Su equilibrio sobre el abismo da hasta miedo; y envidia y rencor… por no poder estar donde ella se encuentra: en posesión del dominio placentero de los sentidos; así, en plural…
No se puede aguantar más. Siente la irresistible atracción de ella. Coge los prismáticos. Como un viejo verde. Como un voyerista. Es un placer que se puede permitir. Este sí. Un instrumento, además, que le hace volar de nido en nido, de ventana en ventana… Ahora lo ve todo perfectamente. No es lo que pensaba. Ni por asomo.
¡Pobre! La cigüeña está muerta en lo que parece un abeto centenario. Altísimo. Como rascacielos. Su cuello y su pico caen de un lado, nido abajo. Eso es lo que semejaba una postura desmayada, desmadejada, tumbada…
“Los del chalé, por lo que se ve, se han cansado de oír el machaqueo del ajo de la cigüeña. Y, como está en su finca, la mataron. ¡Malditos! ¡Ricos tendrían que ser para ser buenos! Una república les bajaría…”

 

Posted by María Pita at 19:17:34 | Permalink | No Comments »