Monday, March 24, 2008

Tres farsas para títeres

Madrid: Ediciones Izquierda, 1936


 

(Nueva Cultura, número 13, julio de 1936)

Hay escritores que van a redropelo de la historia. Otros que la siguen o acompañan. También quien la alumbra. De los últimos es Arconada, al que habrá que recurrir cuando de estudiar nuestro tiempo se trate, pues lo va historiando literariamente.

Ya se sabe que la viabilidad de la obra, su dinámica, se da proporcional a lo que refleje y transforme la vida de su tiempo. En este sentido funcional la literatura de Arconada es de las de más claro impulso.

Las últimas obras de Arconada componen en verdad un ciclo que, por gala de variedad en el autor, toca distintos géneros. También podría decirse que es una única gran obra, primero hecha novela, después poesía, más tarde teatro…

O sea, Arconada va alumbrando la historia y la literatura –tanto vale- de su época en el doble aspecto: en cuanto a tema y en cuanto a género.

En efecto, llega la revolución republicana y su fracaso revolucionario, y Arconada escribe “Los pobres contra los ricos”.  Replica también a los que andaban enredados en buscar “lo nuevo”. Continúa con “Reparto de tierras”, cuando la historia madura de modo que el tema, que se ve que Arconada no es sino ese cosechero literario que siembra su mirada y su sensibilidad en su tiempo y en su tierra y recoge lo más ingente, lo más granado y fecundo…

Del mismo modo comienza la poesía revolucionaria a dar quehacer a poetas y críticos. Y Arconada publica “Vivimos en una noche oscura”, que, por una parte, trasplanta un enorme motivo cernido sobre nuestras vidas y, por la otra, muestra una manera poética revolucionaria. Por último, cuando a todos nos hostiga la urgencia de un teatro revolucionario, Arconada nos da “Tres farsas para títeres”  que, como él dice, puede ser también para hombres.

¿Son obras distintas –imposible averiguar hasta cuando una obra contiene esencia independiente- o pertenece al mismo cielo interpretado de todos los modos para completarle? Ambas cosas. Son distintas caras de la misma gran obra de su tiempo. Distintas expresiones de la misma gran expresión del primer estado social. Distintas voces del mismo gran cuerpo popular.

De su último angustioso esfuerzo para reivindicar al subhombre, Arconada parece querer descansar y hacer unas desaforadas volteretas con sus criaturas. Ya es hora que riamos un poco, parece decir. Que si hay mucho triste, también hay mucho grotesco. Lo grotesco candoroso, llamaríamos a esas farsas. Arconada hace siempre el gran arte simple. Puede contraponerse acaso –no creo que esté en la preceptiva-  con otro gran arte complejo, Dostoievski, por ejemplo. Valle-Inclán puede ejemplarizar el simple, el más español y más apto, claro, para expresar el primer estrato rural y los grandes movimientos históricos, y más si éstos son revolucionarios, como en Arconada

 

 

Eusebio García Luengo

 

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Eusebio García Luengo

SIMBOLO Y EXALTACION

HISTORICOS DEL COMISARIO.-

 

por Eusebio García Luengo

 

Valencia, Nueva Cultura, nº 3 - IIº año

 

Si buscáramos un tipo representativo, el arquetipo humano de esta época, no sería otro que el comi­sario. Ni el político, ni el soldado. Pues el comisario participa de ambos, en un tiempo en que todos los hombres políticos o guerreros.

 

O, mejor dicho, ambas cosas a la vez, pues ya sabemos que no hay más que soldados políticos, ni existe político que no sea militante, que es casi decir ya miliciano…

 

Por todo ello, el comisario sintetiza cuantas actitudes y aptitudes humanas se cifran en el hombre. Síntesis de humanidad de nuestro tiempo.

 

La nueva significación de la política él la representa asimismo. En vez de la política secretera y esté­ril, o de la chabacana; o de la sacristanesca y aviesa, él viene a decirnos, a decir al combatiente que hay una clara política de la verdad humana, inherente a cada hombre por el hecho de ser tal, asequible a todos, im­pulso de las más sencillas acciones, motor del progreso humano.

 

Y el sentido de la guerra civil él lo expresa también. A diferencia de las guerras imperialistas o de rapiña, el soldado necesita saber que su misma vida y su porvenir, su causa entera, se compromete en la lu­cha. Que combate por él mismo.

 

El comisario político se lo dice, porque es la vinculación al ideal y al hondo motivo humano, social, histórico de la lucha. Las guerras imperialistas dejan siempre amargura y odio. La incomprensión angustiosa es la tónica general. Veámoslo en la literatura de la Gran Guerra, lo mismo de vencedores que de vencidos: En las guerras de liberación nacional, al contrario: ahí está optimista y vitalísima producción soviética de la guerra civil. Es porque hay guerras en las que el hombre halla su causa total y se identifica con ella. Tal iden­tificación la representa el comisario.

 

La honda unidad entre Estado, Nación, Gobierno y hombre la ha de revelar el comisario. En este enlace de los poderes rectores a la masa, el comisario precisa sentirse tan solidario de la masa como del po­der constituido.

 

Y ha de centrar en él, en magnífico equilibrio, el instinto y la espontaneidad y la iniciativa creadora populares, con la madurez, la reflexión y la serenidad de una grave conciencia cultivada…

 

En la fusión nacional y humana que por vez primera acaso en la Historia de España se realiza con esta guerra, el comisario tiene la misión de aglutinante. Para llevarlo a cabo, toda cualidad es útil: valor, cul­tura, conciencia, responsabilidad. Abarcará todas las disciplinas -y la disciplina, en primer lugar- y tendrá el más radiante concepto del momento histórico.

 

Si el ingeniero, por ejemplo, en un momento de la Historia -aquel del ascenso de la técnica, que ahora pasa a manos del pueblo- es el arquetipo social, hoy lo es, bien legítimamente el comisario.

 

El enemigo no necesita comisarios. Para él el soldado es un instrumento mecánico al servicio de sus fines explotadores. Para nosotros él el hombre en la más completa acepción dotado con cuanto la Historia va enriqueciéndole Y como cúspide de este tipo humano, el comisario.

 

Si aspiramos a que el hombre se realice plenamente, tal como lo andan buscando los intelectuales atentos a los problemas de nuestro tiempo, el comisario lo realiza en esta hora. Porque ha de estar versado principalmente en humanidad y nuevas humanidades, las que ahora se van creando.

 

Es fusión, crisol, síntesis.

 

E. GARCIA LUENGO

 

 

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Thursday, November 8, 2007

César M. Arconada: Rojos Atardeceres Tras las Montañas del Oeste

ROJOS ATARDECERES

Por Jacinto Barrio

A pesar de los muchos años transcurridos tengo vivo aún el recuerdo de Arconada y conservo una fotografía(1): estamos el arquitecto Luis La­casa, Soledad Sancha, su esposa; el matrimonio chileno Venturelli, César M. Arconada y un ser­vidor.
Llegó a Pekín en 1956 por un periodo de cua­tro meses. Fue el primero de los invitados por Luis Lacasa a visitar la capital china. Supongo que la invitación fue cursada por la Asociación de escrito­res de la URSS. Lacasa, que fue el arquitecto que construyó la Ciudad Universitaria, conocía a fondo a Arconada con anterioridad a la Guerra Ci­vil. Eran amigos y compañeros de brega en las con­tiendas en pro de la República. Tanto el uno como el otro tenían de común su valía y su modestia. La­casa era el máximo representante del Partido Co­munista de España en la República Popular China, y como tal muy bien considerado en los me­dios del Partido Comunista de China. Más ade­lante serían invitados María Teresa León y Rafael Alberti y otros exiliados españoles.
Había nacido en 1898 en Astudillo –Palen­cia- villa en la que la historia dejó huella. En ella re­cibió María Pacheco de Padilla la noticia de la de­rrota de su marido Juan Padilla, al que degollarían el 23 de abril 1521 en Villalar. Ella se hizo fuerte en Toledo.
Con el tiempo, César Arconada se converti­ría en la figura más destacada de la intelectualidad li­teraria española en los años treinta: fue crítico musi­cal y cinematográfico; autor de uno de los prime­ros análisis del compositor Debussy; escribió novelas como “La turbina” (1930), “Los pobres co­ntra los ricos” (1933), “Reparto de tierras” (1934), en las cuales queda reflejada la aldea espa­ñola en el periodo de auge revolucionario del campe­sinado español; autor teatral; militante revolu­cionario desde 1931; durante la revolución de octu­bre de 1934, corresponsal en Asturias; y en 1938 re­cibió el Premio Nacional de Literatura por la no­vela Río Tajo.
En 1939 se exilió a la Unión Soviética. Fue di­rector de la edición española de “Literatura Sovié­tica” en la que publicaba numerosos artículos y poesías y estaba vinculado también a la Editorial “Progress” de Lenguas Extranjeras. Eran las fuentes de sus emolumentos, que le permitían vivir con cierta holgura, dentro de las limitaciones existen­tes en aquel país. Escribió un drama teatral de poco relieve “Manuela Sánchez” (que se puso en escena en algún teatro y trasmitida en fragmentos por Radio Moscú y por la emisora Radio España Independiente, en el periodo moscovita de la misma) y “España invencible”; pero paulatina­mente su actividad creadora casi se extingue.
Me pregunta el director de Caminar cono­ciendo si esta casi extinción se debió al desaliento o a divergencias ideológicas. No lo sé… Puedo imagi­narme que, como a la gran mayoría de emigrados en la Unión Soviética, al primer periodo de entu­siasmo, seguiría, en su interior, una etapa de desen­canto del socialismo en construcción, lejano de la idea que nos habíamos hecho de la propaganda de la revista “La URSS en Construcción”, pero no lo sé, no lo conocía tanto… Aunque yo me inclino a que el desánimo de César M. Arconada pudo obe­decer más a causas físicas, al cansancio por un tra­bajo agotador, su poco contacto con la naturaleza y falta de ejercicio físico, más que ha discrepancias ideológicas. Era lo suficientemente inteligente como para comprender las nefastas consecuencias que ello podía acarrearle. Y en cuanto a los desacuerdos inter­nos con la política del P.C. de España… no le conocí, como tal, en el seno de las divisiones que se produjeron en la emigración.
La Enciclopedia Soviética recoge una nota­ble reseña de la actividad y la vida del escritor. Se­ñala que en la creación de Arconada ejercieron gran influencia los escritores soviéticos Máximo Gorki, Kostantin Fedin, y otros. Tradujo, junto con F. Khelin al español la obra “Canción a las huestes de Igor”, una serie de poemas de Pushkin, Lérmontov, Nekrasov. También lo hizo con mu­chos poemas de soviéticos contemporáneos(2).
Casó con la exiliada balear María Cánovas, que era bastante más joven él. María, cuando llega­mos a la Unión Soviética en 1939, era casi una niña, de extraordinaria belleza, natural de Baleares, y de habla bilingüe; estuvo casada con un español y tenía un hijo del que no tuve más referencia; domi­naba el ruso y era aficionada a la poesía; pintiparada para un hombre como César y en la que tuvo una in­teligente colaboradora. Renacen en él facetas de su actividad artística creadora de otros tiempos; vuelve a escribir críticas de teatro; y pone en escena, en el teatro “Romen”, “La Gitanilla” de Cervantes, “La zapatera prodigiosa” de Federico García Lorca.
Tuve la satisfacción de acompañar a César Ar­conada, en visita a lugares notables de la capital china. Y le llamó poderosamente la atención, al atar­decer, las puestas de sol tras las montañas del oeste (3). Y ese sol rojo, incandescente, nos hizo recordar a ambos las puestas de sol tras las monta­ñas de Gredos. Y le recordé que eran las famosas puestas de sol del paralelo 40; paralelo que pasa por Pekín (3), y también muy cerca Madrid, al sur, por Aranjuez. Surgió de su mente un hermoso poema: “El 40 Paralelo, de Pekín a Madrid”. Siento no haberlo encontrado en esta ocasión.
El poema fue transmitido desde Radio Pekín en numerosas ocasiones. Años después, a nuestro re­greso a Moscú, llevé un regalo de artesanía china para el autor del “40 Paralelo”. Era un escritorio de la llamada “piedra jabonosa” china, para que si­guiera escribiendo, y mojando en él su pluma, a modo de pincel. Era mi ofrenda en acción de gracias por su mensaje de amor a Madrid.
Fue muy de su agrado y lo demostró con cáli­das palabras.
Recuerdo que estaba presente una de las mejo­res colaboradoras de Muñoz Arconada, Pe­pita Ganivet…, ¡ah, qué recuerdos!… Era sobrina carnal del escritor y diplomático granadino Ángel Ganivet, de la generación del 98. Se llamaba Josefa López Ganivet, pero el apellido “López” fue desca­balgado por el empuje del otro ilustre apellido “Gani­vet”. Era hermana, por tanto, de Isabel y de Francisco Ganivet, este último, uno de los jefes mi­litares que tuvo el 5º Regimiento. Maestra Na­cional, gran conocedora del castellano, redactora de la Editorial “Progress”… Bueno, pues a Pepita Ganivet -como la conocíamos en Moscú- le pareció regalo excesivo por mi parte.
–“No tienes razón –objeté- Arconada es ad­mirado por toda la emigración española en la U.R.S.S. No sólo por su talento literario y artístico, sino por su modestia y sencillez, por su grandeza humana”.
Murió en Moscú, en la primavera de 1964.
Fue un pedazo de España que se nos fue.

En 1949 Arconada pulsó la cuerda de sus versos, con motivo de una enfermedad muy grave de Pasionaria, saturados de nostalgia pa­tria, de los que extraigo algunos versos:

¡Vive Dolores!


¡Qué dolor, aquel día, camaradas,

qué sobresalto ahogaba los latidos,

qué nube empañó las alegrías cuando dijeron:

está nuestra Dolores en peligro!

…………………………………

… a la orilla del Tajo, un ruiseñor

expresaba su pena en dulces trinos

y en Aragón, bajo la mirada,

por no mirar, un viejo campesino,

y en Bilbao, un obrero junto al yunque,

su angustia repicaba en el martillo,

y en cualquier fría sierra de Castilla,

en el regazo de la madre, un niño,

pedía que le hablaran de Dolores,

porque ella era canción en sus oídos…”

¡Qué dolor por los valles y los montes,

qué dolor por valles y caminos

qué dolor por los viejos olivares

qué trémulo dolor llevan los ríos…!

Todavía recuerda una anciana exiliada, Pe­pita, viuda del escritor valenciano exiliado, José Santacreux, la visita que hicieron a César Arconada enfermo en un sanatorio de Moscú. Sabedor de que ellos eran de aquella tierra, tuvo la gentileza de dedicarles un verso que llevaba por título: “Naranja de Gandía” que posiblemente fuera el último que salió de su pluma.

NOTAS: (1) La fotografía muestra la visita a una exposición en Pekín de Luis Lacasa, Soledad Sancha, el matrimonio Venture­lli, César Muñoz Arconada y Jacinto Barrio.
(2) Según una fuente muy autorizada, como Soledad Sancha, “a Arconada no le quisieron publicar su volumen de poe­sías porque no había escrito nada sobre la Unión Soviética.”
(3) Puesta de sol en el Paralelo 40 pekinés. Vista tomada desde el hogar, en Pekín, de Luis Lacasa.

TOMADO DE LAS PÁGINAS 17 y 18 DE LA REVISTA ‘CAMINAR CONOCIENDO’, Nº 9
Posted by María Pita at 19:34:43 | Permalink | No Comments »