Sunday, August 10, 2008

Horacio Álvarez Hernández homenajea a su madre

Recorriendo lo largo y ancho de la geografía española son numerosos los poetas populares que han compuesto miles y miles de coplas. Es una creación no estudiada quizás por ese prejuicio de que solo valen las composiciones de los muy ‘leidos y escribidos’. Ponemos aquí un ejemplo: Horacio Álvarez Hernández.

Este poeta nació en Santa Clara de Avedillo (Zamora) y emigró a Asturias. Pero nunca se ha apartado de su pueblo natal. Esta composión muy bien engarzada y de un contenido dolorosamente sincero nos muestra todo un paisaje de lo que fue la España tras la derrota de la República en el bando de los trabajadores asalariados.

A mi querida madre

Madre del alma querida:
en el lecho de la muerte
tanto dolor me da verte
como tu sangrante herida.

Los recuerdos son constantes
de aquellos tiempos oscuros
cuando con grandes apuros
a los hijos nos criastes.

Y yo, que soy el mayor,
me siento con el deber
de ensalzar a una mujer
que pasó por el dolor

de que sus hijos crecieran
con grandes necesidades
debido a dificcultades
que nos dejó la postguerra.

Pues si en toda la nación
hubo una gran pesadilla,
en las tierras de Castilla
la miseria nos comió.

Los grandes terratenientes
explotaban sin piedad,
sin ver la necesidad
que pasaban otras gentes.

Y esta mujer ejemplar
trabajando noche y día,
su esfuerzo no le valía
ni para darnos el pan,

que infelices criaturas
esperaban con anhelo;
solo Dios que está en el cielo
comprenderá la amargura,

de esta madre, que hoy daría,
-si Dios me lo permitiera-
parte de la vida mía
para que ella no sufriera.

Pero que creo que mi actitud
de nada valdrá, de fijo;
pero, si, quiere este hijo
ofrecer su gratitud.

Y que todos sus desvelos
encuentren compensación;
le pido de corazón
a ese Dios que está en los cielos.

Y como buenos cristianos,
madre del alma querida,
te recordarán por vida
este hijo y sus hermanos.

Horacio Alvarez Hernández.

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Thursday, August 23, 2007

Juan Juvenal Herrera: Ellos son los violentos

ELLOS SON LOS VIOLENTOS

En memoria de Elkin Córdoba, estudiante asesinado en Medellín por las fuerzas represivas del Estado.

Qué tenían los obreros de Ciénaga,
además de sus manos?
Los obreros de Santa Bárbara, además de sus espaldas?
Los de Riopaila, fuera de su  estómago?

Qué peligro entrañaba el indio
que trenza la iraca y cocina el barro
y enhebra sus tristezas al hilo de las flautas?

Qué amenaza ofrecía el campesino
padre del arado
amante del tiple
esposo de la tierra?

Qué armas tenía el maestro,
además de sus textos y  sus ecuaciones?
O el estudiante,
además de sus preguntas y sus libros?

Ah!, pero los capitalistas hablan
de la “violencia” del obrero…

Los terratenientes hablan
del “peligro” campesino…

Los latifundistas hablan
de los “asaltos” de los indios…

Los gordos acaparadores hablan
de las “asonadas” del hambriento…

Los obispos y los cardenales hablan
contra la “insurrección del rebaño”…

Y el Estado y los yankis vociferan
contra el “extremismo marxista”!
contra el “terror estalinista”!
contra la “subversión del pueblo”!…

Ellos, los imperialistas y lacayos
hacen declaraciones contra los “violentos”…

Ellos, que son los dueños de los tanques.

Ellos, que son los fabricantes de las bombas.

Ellos, que son los industriales de la guerra.

Ellos, que mueven a los soldados, cabos, sargentos,
tenientes, capitanes, mayores, coroneles y generales.

Ellos, que practican el genocidio,
que cometen herbicidios,
que envenenan el aire,
que difunden el suicidio.

Ellos, que compran los mirages,
que producen el hambre y los cuarteles,
que instauraron el gas y las torturas,
que inventaron las castraciones de testículos,
que hundieron sus bayonetas y sus penes
en los intestinos del labriego y sus hijas.

Ellos, que allanan universidades y colegios,
que ordenan fuego contra los huelguistas
que desalojan a golpes de culata y de bala
a la humilde familia con su hambre y su luto.

Ellos, que son los dueños del Estado.

Ellos, que son alumnos del Pentágono.

Ellos, que decretaron la emergencia,
el estado de sitio, la ley seca,
el odio, el hambre, el toque de queda.

Ellos, que mueven a decenas de miles
de sujetos armados por aire mar y tierra.

Ellos, que hacen la violencia
para determinar los resultados de los votos.

Ellos, que tienen en la violencia un gran negocio:

Ellos son los violentos!

Aunque hayan dicho que el tigre ama la paz
y el venado es peligroso;
que la inofensiva víbora
no hace más que defenderse
del peligrosísimo batracio;
que el benevolente tiburón
está fatalmente amenazado
por las furibundas sardinas;
o que el indefenso militar,
con sus cascos y fusiles,
con sus bombas y metrallas,
está mortalmente amenazado
por el joven colegial,
por las amas de casa y sus cucharas,
por los terribles obreros y sus malacates,
por los facinerosos campesinos y sus semillas,
por los diabólicos indígenas y sus chinchorros…!

Ellos, los imperialistas y lacayos,
son los violentos!

Los obreros, hasta ahora,
no han hecho ningún masacramiento de burgueses;
los campesinos, hasta ahora,
no han obligado a los terratenientes
al trabajo forzoso;
los indígenas, hasta ahora,
no han puesto en cadenas al latifundista;
hasta ahora, los estudiantes no han establecido
la ley de fuga a los militares;
ni las amas de casa han fusilado con sus tenedores
al comerciante gordiflón o al usurero…
Hasta ahora!

Pero ellos,
los violentos,
están difundiendo la violencia,
están demostrando la eficacia de la violencia,
están señalando el camino ineludible:
la violencia solo se vence con violencia!
los violentos solo ceden ante los violentos!

Nos están enseñando
que solo con violencia
se podrá distribuir la tierra,
edificar una nueva sociedad
 y germinar en paz la primavera!

Juvenal Herrera Torres

Nota: Ciénaga, Santa Bárbara y Riopaila, a las que se refiere el poeta, designan lugares y episodios de represión brutal y asesinato masivo de obreros alzados en huelga.
 
(TOMADO DE LA PÁGINA WEB ‘INSURGENTES’)

Posted by María Pita at 21:38:32 | Permalink | No Comments »

Thursday, July 19, 2007

José González Torices

EL CAMINO DE LOS TRIGOS LIBRES

Por José González Torices

Creo que nací con el camino pegado al zancajo. O cada dedo de los pies, andariegos de la tarde, fue marcando la trocha de mis escritos, de mis nombres; la senda misma de la grajea y la alondra, del teso, de la liebre y del lagarto, de la sanguijuela y de la carpa, del campesino castellano que es tanto como rezar salmos de cardo y de trompeta, y gritar, desde el púlpito de su alma, tomillo de filósofo: ‘¡Coño, coño, coño!’.

Que los dedos de mi mano fueron dando tinta de escritura a las veredas de no pocos cuerpos campesinos, dioses de barro y barbecho, de pan candeal e iglesia sin cigüeña y misa, casi Villamar de juventud comunera.

Así está el escribidor ahora: recostado en la pajera del propio folio y poema de su vida interior; viendo pasar, trashumantes, las pisadas de los demás; recordando, sin duda, las suyas propias con cierta complacencia amarga. Que el tiempo se disfraza de goma de borrar de no pocas mañanas transcurridas de llanto y gozo. Y es que desde la meseta de los años, sintiéndose un joven cuarentón, nacido en la cuna del universo, acarrea tantos recuerdos en el bálago de su memoria que la ventana de sus ojos se convierten en tren y vía por el mapa de la piel.

Creo que mi primer gateo fue en dirección de las eras, en busca del trillo de la trilla y de la parva. Dice, ahora, que todo mi cuerpo huele a bálago; y mi palabra huele a pudridera y a bálago también y a siesta junto a la botija y cantar de grillos y cigarras. Es lo propio de un camino mozuelo en un pueblo de adobe castellano. Y luego mis pies se dieron en escalar los árboles en busca de nidos, casi tirando al cielo la mirada rebuscando, entre nubes, al Dios del catecismo de don José María, el cura. Que mis manos, dicen, huelen a pájaro gorrión, todavía en pelajillo, y a pichón sin volar en día de tormenta. Y más allá de la piel más cercana, el río Valderaduey con los espadones y las aguas llaganosas. Y al otro lado de la tabla de multiplicar, al maestro don Manolo. Yo allí, escardando divisiones y tardes lluviosas y lecturas del Quijote. Y yo allí, aún niño, domesticando perdices dentro de los sueños de la bicicleta imaginada, nunca mía, que fuimos, aquellos, los hijos de los pobres.

Como dice mi palabra, yo trazando caminos de tiza y pizarrín cerca del arado, con mi padre. Era mi Castilla, la del horizonte, la que espantaba liebres a los señoritos que subían a correrlas desde la ciudad. Un conde había entre ellos. Dicen que decían que si se llamaba en conde Gamazo.

Y así los caminos de Castilla y de Zamora y de León, se arrosieron dentro del pecho de aquellos niños que solo veníamos a la ciudad, Valladolid, a través del tren Burra, o el de Palanquines, llamado de esa manera por su lentitud en la escalada de Torozos arriba. Éramos los niños, los caminos de la postguerra, los que aprendimos a hablar a base de padecer, de enfermar, de enterrar parientes y bautizar hermanos.

Entre otros senderos, conocimos el de la ermita de la Virgen del Socastro; y el de la otra ermita, la que se juntaba con el cementerio. La ermita del Cristo. Un yacente melenudo, con los ojos revirados y manos ensangrentadas. Le contemplábamos desde la puerta, pegadas nuestras barbillas a la misma ventana cruzada por las verjas. Luego salíamos corriendo, perdiendo la zapatilla, gritando ‘que nos coge Dios’. Y aquel don Jesucristo, sueño endiablado, nos fue metiendo, como en un horno de carracas y tenebrarios, el miedo a las horas de la vida, a los días, al pecado sin saber lo que es pecar. ¡Pecar!. El camino del pecado estaba en espiar las bragas, tendidas en el tendal, al fresco, de doña Felisina, la viuda que según oímos estaba liada con don Simplicio Otero, un rico de andar a caballo, veterinario de nombre y no de estudio; que la vagancia le capó los cursos de la Universidad, en Salamanca (‘Lo que natura no da…’)

Los mozancos se hicieron hombres y los hombres poetas y páginas de novela y escena de teatro. Y aquellos hombres se hicieron ciudad y la ciudad les borro de la mirada, los campos de trigo y las amapolas y las ovejas y los días cerca de los nidos y los nidos oliendo a niños  y los niños oliendo a cansancio ahora, a asfalto, a palabras sin pan, vacías.

Desde la línea que escribimos, que no es más que el patinete para volver al corral de nuestra infancia, vamos marcando la trocha de retroceso hacia aquello que fuimos y no volveremos a ser. ¿Volver? Nadie vuelve, nadie. La ciudad y el pueblo eres tú, como el mar de vientos y barbechos y sementeras eres tú o los campos de trigo libres o las alondras. Tú y tus alondras. Sólo hay un camino: el camino de la voz recordada que pueda que repita el campanario de un libro en la estantería, como un vetusto castellano, castellano viejo: ‘Era un buen hombre, coño. Coño, coño, coño, coño, era un buen hombre’.

(*) José González Torices nació en Quintanilla del Olmo (Zamora). Profesor, escritor y editor. Premios Unamuno, Sijé, Ciudad de Valladolid y Martín Abril de cuentos, novela, teatro y periodismo respectivamente.

DE LAS PÁGINAS 32-33, DEL NUMÉRO 5, DE LA REVISTA DE LA JUNTA DE LA BIBLIOTECA PÚBLICA MUNICIPAL DE Las NAVAS DEL MARQUÉS, TITULADA ‘CAMINAR CONOCIENDO’ DE JULIO DE 1996

 

 

Posted by María Pita at 22:38:08 | Permalink | No Comments »