Thursday, November 27, 2008

José Mª Amigo Zamorano: siguiendo los gritos

Por José Mª Amigo Zamorano

(a) Un esclavo polivalente

Pocos pasos dio adelante, después de hablar con un joven obrero al que conocía, cuando llegó hasta sus oídos un sonido que no era ni palabra, ni cántico, ni silbido, siendo todas esas cosas a la vez y algo más: una notable mezcla de alegría desbordante y nostálgica rebeldía. O eso creyó él.
Miró hacia atrás. Hacia el obrero. A pesar de estar seguro de que el origen no estaba allí. Lo pensaba al haberle parecido, como le pareció, un ser sumiso y obediente. Buena persona, eso si. Bondadoso, además. Pero nada inclinado, creía, a arrebatadas rebeldías. Fue la conclusión a la que llegó. El retrato que extrajo de él. Que le iba a hacer.
Alguien podría pensar que su manera de clasificar a las personas era muy simple. Sectaria, quizás. Y lo era. Pues siempre estaba soñando con manifestaciones y movimientos revolucionarios en donde masas obreras tendieran por el suelo al sistema capitalista en oleada incontenible. Es por lo que catalogaba a los interlocutores como sumisos o rebeldes, de inmediato. Y le gustaba, claro está, más los rebeldes al presumirles disposición a tumbar ese Capital de donde brotaban crisis, como en la que estamos ahora inmersos, que lanzan al paro, a la pobreza, incluso al hambre, a millones de personas.
El obrero seguía subido en la máquina haciendo zanjas. Un trabajador polivalente: zanjero, cableador, hormigonero… un esclavo valioso al que, aún, no había echado del curro.
Siguió su derrota andariega… Nunca mejor dicho ‘derrota… Hacía años que caminaba derrotado, vencido… Ningún sueño de libertad por el que luchó llegó a materializarse. De manera, que, su derrotero, en este caso, iba derecho como espina a la herida de su derrota.

(b) Henchido de gozo

Si bien, en este momento, precisamente en este, en el que su cuerpo recibía el sol de un otoño luminoso y cálido, no pensaba ni en vencimientos, ni en dolores, verdeando, como verdeaba, por doquier, con el color que dicen de la esperanza, la dulce otoñada. Recordatorio de que volverá a retornar la primavera. Por todo ello, él, al contrario, caminaba henchido de gozo, pleno de bienandanza, al comprobar que, a pesar de los pesares, la vida coninua. Y mientras hay vida hay esperanza…
Llegó a sus oídos un sonido parecido al anterior. Más agudo, ta vez. Pareciole distiguir, sin estar del todo seguro, la palabra ‘libre’. Sin certidumbre alguna. Y seguido de un silbido o alarido o… Vaya usted a saber… Y nada más. Pero inquietante. Inquietante como sombra que produjo una nube al ocultar el sol un instante. Quien, por fortuna, volvió a lucir de nuevo su poder, para regocijo de caminantes que, como él, andaban a tales horas, pasito a pasito, entre el oro valetudinario que desprendían los árboles de sus ramas.
Se quedó quieto. Prestó atención por si acaso el sonido volvía a repetirse. Al tiempo que escudriñaba con sus ojos puertas, ventanas… cualquier rincón… Efectivamente, sus oidos tornaron a captar ese sonido… ni palabra, ni silbido, ni cántico. Y que tenía todas esas características. Se sintió impelido, sin saber el por qué, a seguir el rastro que el viento le trasmitía.

(c) El amo viene poco por aquí

Tras doblar una esquina se sorprendió, encontrándose, delante de una finca que, siempre, había hallado cerrada a cal y canto, El Colmenar se rotulaba, pero que, ahora, ¡qué casualidad!, tenía abiertos sus anchos portalones. Era una finca rodeada por un alto muro del que sobresalían ramas de árboles muy diversos. Muro interrumpido por un portalón, que se acaba de nombrar, al que se disponía a atravesar un hombre que acababa de dejar un mueble en el suelo, cerca de un camión de mudanzas, que, a la sazón, allí se hallaba. Dudó entre seguir su paseo o… o preguntarle a ese hombre si tenía relación con la finca. Y lo hizo. Al responderle afirmativamente se atrevió a hacerle otra pregunta: la de si podría pasar a ver la finca por dentro.
-Verá usted… Es que siempre, siempre, he encontrado este lugar cerrado…
-No me extraña. El amo viene poco ahora. Antes, si. Pero se le murió la mujer… Le ha cogido manía a la casa. Y ahora la estamos vaciando…
-¿La casa? A lo mejor es mi ignorancia… Pero nunca he visto casa alguna…
-Pues si. Hay una casa. Bueno, más que casa es una mansión. No se la ve porque los senderos que parten de la entrada, trazados en curvas, se pierden entre los árboles que impiden verla. Ahora, como le decía antes, le estamos quitando los muebles.
-Por algo me picó la curiosidad… Como si esta soledad fuera un misterio… Aquí hay busilis, me he dicho en algunas ocasiones… Mas… si le molesto…
El hombre se sujetó el cinto en el que llevaba, entre otras herramientas, una larga llave inglesa y lo miró sonriendo.
-¡Oh, no! Pase, pase.  Miré lo que quiera. El amo no está… Y perdóneme, pero tengo que seguir trabajando. Cuando hayamos terminado, si usted no se ha ido antes, le avisaremos.
-Eso. No me deje encerrado en esta prisión -dijo echándose a reir.
-No se preocupe.

(d) Las cigüeñas ya no emigran a Africa

El hombre siguió un sendero que se abría a su derecha. Iba a seguirlo, pero cambió de decisión y se adentró por una senda que avanzaba hacia la izquierda olvidándose por completo del motivo por el cual había llegado hasta allí.
Caminó acampañado por el canto de multitud de pájaros. Destacaba, de cuando en cuando, el graznido de los grajos; los cuales, dicho sea de paso, en otoño, quizás porque intuyan la llegada inminente del invierno, se hacen más visibles y oibles.
Parose a contemplar dos árboles que destacaban por su altura, un pino y un abeto. Este último tenía en la pingorota el nido de una cigüeña. Le vino a las mientes el dicho ese de ‘por San Blas la cigüeña verás y si no la vieres año de nieves’. Sin embargo, a estas alturas del otoño, seguía el ave en su nido. Nada extraño porque algunas ya no emigran a Africa. También en esto se nota el cambio climático.
Al reemprender el paseo dejó la senda adentrándose entre la arboleda y tropezó con algo que rodó entre la hojarasca del suelo. Una piñota. El suelo, aquí y allá, estaba cubierto de ellas. Dejándose llevar por el albur se metió en el bosquecillo dándose cuenta que caminaba por suelo mullido; blando por la broza acumulada durante años que nadie se había encargado de limpiar. En un claro encontró, diseminados, numerosos níscalos que dejaban asomar su anaranjado sombrero. Sintió la tentación de cogerlos pero, no teniendo recipiente, los dejó. Al fondo se veían, cerca de unas jaras, agrisados, unos boletos que son, entre los hongos comestibles, de lo más exquisito al paladar. El hecho de estar ahí esos manjares era muestras inéquivoc de que pocas personas habían transitado por el lugar. Y, para embellecer aun más el sitio, numerosas florecillas de color lila que son típicas del otoño, se dejaban ver con gusto.
¡Qué bien se estaba allí! ¡Que silencio! ¡Qué paz!

(e) Neruda y Aimé Cesaire

Lástima tener que abandonar este pequeño paraiso.
Un lugar, pensaba, de los más recoleto; para aislarse del mundo y sus miserias…
En cualquier momento le avisaría el señor que encontró a la entrada que era hora de irse.
En esto cavilando, cuando oyó como una estampida o revoloteo fugaz de pájaros. Y un silencio absoluto. Y casi al mismo tiempo, insistiendo, más cerca, más rotundo, más cortante. Con unas palabras esta vez claras:
-¡Libre, libre quiero ser! ¡Cabrón!
Como dirigidos a alguien que lo retuviera a la fuerza. ¿A quién?
-Yo qué sé -musitó- Algún carcelero o negrero. Que los hay.
Palabras, por otra parte, nada extrañas en el tiempo de crisis que vivimos, donde todos… bueno… por lo menos la mayoría… nos hallamos atados a los poderes del Gran Capital. ¿Simbólicas? Eso si. Sin duda. Aunque el lugar, todo hay que decirlo, no era el más apropiado para dar esos gritos, donde, por no haber, no había ni gente; y menos banqueros, empresarios, obispos, generales, masas obreras… ¡Ni el amo estaba!, según el hombre que había sido tan amable, dejándole pasar para atisbar ese rincón. Recordó unos versos irónicos de Neruda en su grandioso poema ‘Canto general’: ‘Halló al valiente perorando en la calle desierta’. Palabras más o menos. De modo que tal muestra de protesta o rebeldía en el desierto era inutil, pensó. Desdiciéndose casi al instante al decirse, como se dijo, que aquel síntoma de rebeldía podía ser el inicio de un gran movimiento al que no podía permanecer como espectador, como un mirón de tres al cuarto, parado, sin mas. Quería alejarse de ese común denominador del pensamiento que ata a los oprimidos como cadenas, incluso más que las cadenas, y que se resume en la exclamación: ‘¡y yo solo qué puedo hacer… nada!’
Lo tenía claro desde aquella ocasión en la que, con otros familares, siendo un niño, llevaba a hombros una viga. Después de dar unos pasos, considerando que su ayuda era innecesaria, dejó la viga provocando el desequilibrio de fuerzas que casi aplasta al resto. Buena reprimenda se llevó. Y con razón. Tenía clara su contribución a la causa. Y más acordándose de aquellos versos del gran Aimé Cesaire: ”Guardaos de cruzar los brazos en la actitud esteril del espectador, pues la vida no es un espectáculo, un mar de dolores no es un proscenio, un hombre que grita no es un oso que danza’.

(f) Un sueño

Echó a correr en post de la derrota que indicaba las voces.
-¡Más deprisa, coño! ¡Mas deprisa! Que un hombre que protesta no es un oso que baila.
Al poco rato, no era muy extensa la finca, se encontró, justo, delante de la entrada de la casa o casona o mansión del amo, de la que ya le había hablado, con su larga llave inglesa al cinto, el hombre de la entrada.  Sacaban muebles de ella unos trabajadores… ¡de raza negra!
-¡Negros! ¡Aquí si que hay busilis! -exclamó para si.
Y esa admiración le empujó a creer, como creyó a pies juntillas, que esos currantes estaban trabajando forzadamente. Tal que esclavos. Un pensamiento que no se desviaba ni un ápice de una realidad, producto de la explotación del hombre por el hombre y que, con la abalancha de emigrantes, ha sido incrementada hasta extremos de épocas que creíamos pasadas. Dándose casos de trabajos forzosos que habían sido denunciados por inspectores laborales y sindicatos obreros. Y llevados a los tribunales de justicia.
Se quedó observando, oculto tras un árbol, a la espera de sacar alguna conclusión para actuar en consecuencia. Como actuaria. Sin duda. No iba a ser él, precisamente él, con su inacción, el que obstaculizara la materialización de un sueño que se repetía, ultimamente, con mucha frecuencia.
En el sueño se veía con el fuego encendido, solo y abandonado; confundido, desconcertado e indeciso después de tanto esfuerzo infecundo; era una hoguera ardiendo en despoblado; consumiéndose; y, como el que se contempla acorralado por las sombras, alterado, agitado y desasosegado gira, amenaza y manotea, intentando horadarlas, él hace lo propio: abrir una brecha por donde penetre la luz; aunque sea tenue o vacilante; con una brizna de esperanza le vale. Entonces ve a los otros; a casi todos; miran sin cesar por la ventana al acecho de alguna señal, pista, huella… cualquier indicio nuevo y suficientemente lleno de anhelos; un deseo de luces, de sirenas, de llamadas, de silbidos, de invitaciones, de convocatorias; de banderas de lucha tremolando por las calles; y, hete aquí, que los ve a todos; practicamente a todos; desaparecen de las ventanas; y oye un resonar de pasos, de pisadas, escaleras abajo, hasta las calles y avenidas; inundándolo todo; los ve cómo corren; también los contempla subir a las barcazas; ¡qué gozoso es el sonido del remo sobre el agua!; ¡qué alegre es ver avanzar por el mundo a las masas hacia la luz conque enciende la aurora el horizonte!
Ese es su sueño.

(g) Libre, libre quiero ser

Pero la realidad está ahí: Los hombres entran y salen de la casa con muebles que llevan, supone, hasta el camión de las mudanzas. Hablan poco. Sudan mucho. Y si, por un casual, se tropiezan o estorban, intercambian, alegremente, unas palabras. Con  esos detalles, con semejantes indicios, no podía concluir que… esos negros… infelices, infelices… lo fueran mucho… La verdad sea dicha.
-¡N’Komo! ¿No sabes dónde está Pedrito? No lo encuentro, joder. ¡Ah! Y sube a ayudarme a bajar la consola africana. ¡Enseguida!
Oyó que gritaban desde dentro de la casa. Por el timbre de voz debía de ser el hombre blanco de la entrada…
-Eso tono imperioso… -pensó- no me gusta… no.
Un negro que lleva una silla la dejó en el suelo y gritó a su vez yendo a la puerta de la casa:
-¡Voy, voy! ¿A Pedrito?… ¡No! ¡No lo he visto¡ Pero no se enfade. Ya sabe que es muy rebelde. Y no se hace a esto.
Poco después asoma por la puerta con el hombre blanco llevando la consola.
Ya la estaban colocando en el suelo, cuando le sorprendió, estremeciéndolo, ese sonido tan familiar y tan extraño que le carcomía la moral. Advirtió algo alegre y una nota hueca atribuyéndola al hecho, cierto, de que las voces, los sonidos, allí se amplificaban. Lo notó, él mismo, un rato antes, cuando sus pasos, al andar, adquirían una nota ampliada, llenando todo el espacio, como en la bóbeda de un templo. Este grito tenía reminiscencias nostágicas y rebeldes…
-¡Libre, libre, quiero ser! ¡Cabrón!

(h) Comer papa chillando de alegría

Esas palabras le llegaron de todas las partes. Se tapó los oídos para no oirlas. Pero se le habían metido tan adentro del cerebro que no podía quitárselas de encima.
Los que posaban en la tierra el mueble ni se inmutaron o lo hicieron mínimamente. Extrañabale su insensibilidad al que se parapetaba tras el árbol. Estuvo a punto de irse por donde había venido. Oido lo que había oido. No debería meterse en líos. Y es que ese hombre, con esa llave inglesa al cinto… le inquieta. Ramalazo de cobardía que le duró un solo instante. Decide enfrentarse al misterio. Sale de detrás del refugio, e hinchando el pecho como un Quijote, se dirije hacia el blanco. Este, levantándose del suelo, las piernas abiertas, brazos en jarras, manos cerca del cinto, le dice:
-¡Coño! ¿Ya de vuelta? ¿Ha visto lo que ha querido? ¿Le ha gustado?
-Si. Magnífico.
-Bueno, pues me alegro… mucho… porque estamos a punto de irnos.
-Una pregunta quisiera hacerle antes de que se fuera, si me lo permite…
-Pregunte usted. Si yo sé… le responderé con mucho gusto.
-¿No han oido algo fuera de lo común?
-No. ¿Por qué lo dice?
-¿De verdad no ha oido nada?… ¿Usted tampoco?… -dirigiéndose al negro.
-¿Qué teniamos que oir, señor?, -le respondió el que, al parecer, se llamaba N’Komo.
-¡Joder! O… yo me estoy volviendo orate o… ¡No y no! De loco nada de nada. He oido, bien clarito, quejarse a alguien y decir: ‘Libre, libre, quiero ser’ y ‘cabrón’. Y como un grito prolongado. Como si protestara por algo…
Lo miraron con faz sorprendida y alegre. Y de repente,  mirándose entre ellos, se echaron a reir a mandíbula batiende. Con verdaderas ganas. Tantas… que los otros trabajadores acudieron a ver qué pasaba.
Luego, el blanco cuya cara, de la risa, se había tornado roja, ya calmado, le contestó:
-Es Pedrito que se ha escapado y anda gritando por ahí.
-Pero…
El hombre blanco lo mira. Echa mano a la llave. La saca de la funda. Y, alzándola con el puño en alto, gritó:
-¡Pedrito! ¡La papa! ¡La papa! ¡Pedrito! ¡Ven aquí! ¡La papa! ¡Aquí!
Y de la rama de un árbol vino a posarse en la llave inglesa el loro del amo: El loro Pedrito. A comer la papa chillando de alegría.
-¡Libre, libre, quiero ser! ¡Cabrón!

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Thursday, January 17, 2008

Mejor, mujer, mejor..: Álvarez del Burlo

La llamaron en el momento en que él le había pedido una fotografía. Y, claro, se necesitaría ser muy muy fría muy fría para no sentirse alagada ante tal petición. Ya con anterioridad le había pedido otra. Pero ahora, esta vez, se sintió conmovida. Sería porque lo había tratado un poco más. No es que le importara ese hombre para nada ilícito. No. Bueno, según como se entienda lo malo, lo ilícito. ¿Es ilícito charlar con él de lo divino y de lo humano? Si es ilícito o malo eso, pues sí, estaba cometiendo actos pecaminosos. Ahora bien, si se entiende como retozar con él de una forma clandestina, ajena al matrimonio, en absoluto. No entendía ella otras ilicitudes. Y cada vez más se inclinaba a que si siquiera  eso era malo. Pero, no se le había pasado por la imaginación. ¿O si?

Tal vez en una ráfaga de esas que pasan tal velozmente que casi no llegan a la conciencia. Pues, tal vez. Si bien en eso había que ser muy claros. Y ella lo era: no lo conocía personalmente casi de nada. Algunas charlas que no traspasaban ni desembocaban en nada pecaminoso. Nada importante.Bueno nada importante…  Una vez pensado lo anterior, se daba cuenta de que no era del todo exacto: si que eran importantes para ambos, al menos para  ella. Y comenzaba a conocerlo. Era muy amable. Y estaba a gusto con él. De tal manera que, algunas veces, le costaba despegarse de su lado. Le enseñaba cosas, mayormente de literatura. Y ella quería aprender. Eso no era malo. ¿O si?. Y conocer de todo. Ir algo más allá del estrecho círculo en el que se movía. Tenía hambre de cielo, como dijo el poeta. Y él y otros le estaban abriendo firmamentos insospechados.

Y ahora, precisamente ahora, le llamaba su hija. Pues que esperara. Sus labios, los de su hija, que esperaran: estaba segura de que la quería para que le pintara los labios. No eran los labios de su hija como los suyos: los tenía más menudos. Aparecían ahí, en la foto que le acaba de pedir. Y se la había dado. Con naturalidad. Sin prevención. Quizás con el orgullo de que un hombre deseara tenerla. ¿Para qué negarlo? Foto que ella misma había puesto en el lugar preciso. Se contemplo en ella. ¿Para qué la querría? Tal vez para hacerse una idea de con quién hablaba. Una referencia gráfica. Porque para qué otra cosa… Tal vez le había gustado… ‘¿Se habrá enamorado de mi?…’ Se le subieron los colores a la cara. Se puso roja como un tomate. Comenzó a sudar más de lo que ya de por sí sudaba. Hacía un calor… Si era así, si se había colado por ella, ya se cansaría de esperar. Ella tenía hombre. Volvió a mirarse. Reconocía que no era un tipo de hembra rotundo. No estaba mal. Ojos sonrientes, le había dicho él. Bueno… Labios finos. Eso si. Y se pasó la lengua por ellos. Sintió un cosquilleo agradable. Se los tocó con los dedos imaginándose acariciada, como antaño. Cuando la ardiente carne ardía por el espermaurgente. Hace años.

Y ¿por qué hace años? ¿Es que ahora ya no sentía? ¿Era un corcho? ¿insensible? Se acarició su cuerpo desde la cara hasta las muslos. Sudaba. Se abrió las piernas para que el poco aire la oreara. Se negaba a arrinconarse en la vida hasta el extremo de clausurar todas las puertas. Quería saber, ansiaba abrirse a nuevas ideas, sensaciones, placeres… Se rebelaba ante esa perpectiva de cerrarse como una almeja al mundo exterior. Quería ser libre. No en todos los sentidos. No una libertina. No quería romper ciertos tabúes. No. No era una casquivana. Una ligera de cascos. Una calentorra. Aunque a nadie le amarga un dulce. Pero no, no lo era. De hecho a ella no le gustaba emperifollarse: ni se pintaba los labios, ni iba continuamente a la peluquería… Si bien tenía que decirse, a si misma, que eso no era malo. No, no lo era. Tenía que reconocerlo, si, pero es que… ella se sentía mal. Como si no fuera ella, sino alguien artificial. En eso… quizás tuviera la mente muy estrecha…

Este pensamiento, dudando de sus principios más profundos, se le ocurría ahora, cuando se miraba en la foto como si ahondara en ella misma. Tal vez fuera muy pacata, muy estrecha, ‘eres una puritana’ le espetó una conocida suya una vez. Entonces se enfadó y la mandó a freir espárragos. En cambio, en este momento… Porque tenía que llegar ese momennto, lo sabía, se estaba cuestionando todo o casi todo en la vida… Si, la vida, esa era la realidad; insistía en ello al darse cuenta de que había empezado con palabras: poesías, novelas, filosofía… como si constituyeran algo aparte, un mundo aparte, separado de la vida corriente por un muro… Se estaba dando cuenta que no, que si latía con una novela o poesía o… es cuando estaba construido por lo cotidiano de la vida como es comer, amar, mear, odiar, joder, besar, cagar, acariciar… eso, todo eso, era la vida, sin despreciar lo que consideraba prosaico, burdo… lo descubría como lo más genuino… a pesar de que ya Cervantes, en el Quijote, lo destacara.

Recuerda a aquel joven universitario, compañero suyo de carrera, que le explicó, quizás para provocarla, cómo el placer y el dolor estaban íntimamente unidos y se lo demostró de una manera muy escatológica explicándole que, cuando iba al servicio y plantaba su culo, así le dijo, ‘tu culo’, en la taza del water, ‘cuando te sale la mierda por él’, a ella le repugnaba esa forma abierta de hablar porque era como si la estuviera desnudando para mostrar sus partes más íntimas, ’sientes un dolor entremezclado de placer y luego, recónocelo, te siente a gusto, muy a gusto, cuando expulsas lo que te sobra en el cuerpo’. ‘¡Ves!’, le espetó, ‘cagar no es malo, es un placer. Solo has visto un aspecto de la vida. No eres dialéctica’. Le viene a las mientes la conversación de ese compañero con toda su profundidad y colorido. ¿Qué sería de él?

Volvió a oir cómo la reclamaban. Esta vez era el marido quien apremiaba su inmediata presencia. Bajó al salón de la casa, que estaba en el piso de abajo, con harto dolor de su corazón. Sabía que, en realidad, era su hija quien la reclamaba. Y, efectivamente, allí  estaba con su novio y su marido, que acababa de comer y tenía un vaso de wiski en la mano. Se sentó cerca de su hija que, en esos momentos, se pintaba los labios. Bromeó con ella y cogiéndole el pintalabios se propuso terminar de perfilarle bien el colorido rojo sangre en sus labios. Era lo que ella quería por eso le había llamado. Eran menos finos que los de su madre. Tenían un poco de la carnosidad del marido. Le puso el espejo delante de la cara para que viera el resultado de su labor. La hija se miró al  espejo y pasándoose la lengua por los labios puso cara de satisfacción.

En un rapto de agradecimiento y broma besó a su madre en los labios impregnándoselos de carmín. Se pasó la mano por ellos para quitarse la pintura y, mirándose en el espejo, cogió una servilleta de papel con el ánimo de no dejar rastro rojo del carmín.

La hija le dijo:

-No, mamá. Te sienta bien. De verdad. Verás… Estate quieta

Acercó el lápiz rojo a los labios de su madre que temblaban ligeramente. Esta se dejo hacer. Si bien miraba a su marido de reojo que seguía como abstraido con el vaso en la mano.

No era ella nada dada a bromas ni arrumacos con un marido que siempre estaba serio. Ni ella tampoco era nada proclive a pintarrajearse, como ya se ha dicho, al considerar, como consideraba, que no tenían nada de natural semejantes aderezos. Pero, en esta ocasión, se hallaba predispuesta a romper con la rutina de la seriedad, con costumbres heredadas o tabúes estúpidos, reminiscencias de tiempos antiguos, pretéritos, ideas desfasadas que el tiempo iba arrinconando. De modo que, cuando su hija y el novio se retiraron, le dio un arranque, nacido, quizás, de las reflexiones surgidas mirándose en la fotografía que él le había pedido; o ni tan siquiera nacida de nada, sino un impulso irracional, un pronto, que a toda persona da sin necesidad de sea necesario urgar en motivaciones de ninguna clase. Por eso se llaman prontos: arranques nacidos… ¡vaya usted a saber de qué!

Se acercó al marido, cara sonriente como siempre, contoneándose:

-¡Mira! ¿Me ves algo raro?

-Si. Te has pintado los labios.

-Déjame que te bese.

-Anda, mujer, quítate esa pintura. Pareces una fulana.

-¿Tu hija es una puta?

-No es eso… Pero a tí… Es mejor, mujer… Es mejor que te lo quites…

-¿Mejor, mujer, mejor?… No sabes lo que dices…

Le cogió la cabeza de su marido. Le acercó sus rojos labios y lo besó en la boca. Sonoro beso que le sonó demasiado ruidoso. Luego, bajó sus labios hasta el cuello de él, rozándoselo suavemente. Casi con pasión. La miró extrañado. No entendía a su mujer. Tomó el gesto, la caricia, falso. Todo falso. Una comedia. Y como no parecía querer desprenderse de él,  tuvo la idea de darle una lección. De tal manera que no volviera a disfrazarse de colorido tan poco apropiado a su situación.

-Que si, que es mejor, mujer, mejor que te quites esa máscara… Y sino verás…

La cogió por la cintura con un brazo y con la mano del otro le fue levantando la falda poco a poco mientras le acariciaba los muslos. A ella le entró un cosquilleo que recorrió toda su columna vertebral estremeciéndola. Aún era deseable. Recordó la petición de la fotografía. Y lo tuvo de repente todo claro. Le había gustado a su amigo reciente. Pero ella tenía a su hombre. Pronto sería penetrada. Y comulgaría con el universo. Se apretó más y más. De pronto, el marido apretó sus órganos genitales de una manera salvaje haciéndole daño. Se quejó de dolor. Se dobló del daño. Y se separó de él.

-Si no quieres que te trate como una cualquiera, quítate esa mierda de los labios que estás mejor sin ese color rojo. Mucho mejor, mujer, mucho mejor. Donde va a parar…

Con la cara aun congestionada por el sufrimiento, lo miró como a un ser extraño. Reculó pasándose el dorso de la mano por los labios con fuerza. Se dio la vuelta. Abrió la puerta del lavabo. Se miró en el espejo y comenzó a llorar.

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Sunday, August 12, 2007

¡Ricós tendrían que ser!… ¡A por la III… Repúblika!

domingo 12 de agosto de 2007

¡Envidia cochina!

Salió a pasear su ociosidad. Mas, antes de seguir su sendero, quería dejar constancia que le hubiera gustado tenderse en prado de fina yerba, al lado de una piscina hecha para él solo.
Ya antes de comenzar la cuesta, la vio en su cama o en su casa o en su nido, que todo viene a ser lo mismo donde uno descansa.
Salió, como digo, a dar una vuelta por el pueblo; a ver, cómo, la vida corría sin necesidad de su concurso; a comprobar, una vez más, que el fluir de la existencia sigue, imparable, sin importarle que, garbanzo o pimiento, más o menos, entre en la cocedura o no.
Con esta amarga conciencia, de realismo extremo, caminaba calle arriba oyendo el rodar y rozar de coches sobre el asfalto mojado. Con el calor que hacía, seguro que el dicho asfalto saltaba de contento ante el doble despilfarro de agua. Doble, porque, por una parte, el agua venía saltando tapias de jardines privados y, por otra, procedía del desbordamiento de setos, por donde pasaba la tubería de goma, del riego por goteo, ¡qué risa!; agua que veía incrementado su caudal despilfarrador, calle abajo, de los alcorques de los árboles.
Árboles y plantas, adornaban de manera irregular todo lo largo de la calle. Decimos irregular, si, pues, puestos, como lo fueron, hace años, no habían sido cuidados con el debido esmero y, claro, algunos se habían secado, quedando de planta a planta, claros demasiado evidentes, lo que hacía de esta irregularidad, para qué negarlo, un verdadero adefesio.
Pero bueno, irregular o no, las fincas, con sus casonas a ambos lados de la carretera, lo agradecían. O, por lo menos, seguro que su precio se había incrementado un poco más. A los dueños les importaría un bledo, unas plantas mas o menos; ya, de por sí, sus jardines estaban de flora a rebosar. Por cierto, bien protegidos. Por muros de considerable altura. Así impedían que su intimidad fuera violada por miradas impertinentes. De modo que, los setos y árboles callejeros, ni los veían.
Había salido a pasear.
Dicen los higienistas que es muy bueno para la salud…
Y él decía, porque tenía su opinión al respecto, que, igualmente bueno para la salud… ¿igualmente bueno?… ¡no!, ¡mucho más!, era tumbarse en una hamaca bajo el palmeral rumoroso de playas caribeñas; por ejemplo: las de Cuba; o tirado en arena suave y blanquísima de un paraíso tropical cualquiera (para qué discriminar a nadie) con olas de movimiento blandengue, cansado, mecidas por brisas con aromas de jazmines (u otros aromas cualesquiera, buena gana de relegar a unos por otros) y el agua, claro, casi, en calma chicha…
“Bueno, sí -lo reconocía- es verdad la bondad del pasear, sin necesidad de que higienistas u otros ‘istas’ lo digan; pero siempre en unas determinadas condiciones… Porque, pienso yo -se decía- el solo pasear, sin más ni más, no vale… Porque, vamos a ver, ¿alguno ha tenido en cuenta el efecto malsano que puede tener el cabreo que produce, en el caminante, como yo, la cara insultante de las mansiones citadas, exhibiendo, obscenas, su riqueza?…” No. No lo han tenido en cuenta. “Son científicos de andar por casa, de tres al cuarto, de pacotilla, o… me callo porque sino… la lío”.
“Pero…
-y se paraba- no, no, yo lo voy a decir… Voy a decir lo que hago frente a esas putas casas: aprieto los puños, arrugo el ceño y sigo adelante, ya de mala leche todo el camino. Y porque no me queda otro remedio… Aunque bien quisiera asaltarlas, nacionalizarlas, municipalizarlas, comunizarlas… Pero sigo el paseo como un gilipollas… Y eso que estoy convencido de que estaría mejor junto a una piscina echado a la bartola. O zambulléndome en el agua sin que nadie pudiera atisbar ni un pelo, de mi poblada piel de mono hecho hombre. ¡Ah, qué gozo, qué placer!… sería tirarme en la yerba todo lo largo que soy… ser acariciado por el aire y el suave y húmedo césped…”.
Como esa que veía ahí arriba. Y que la había atisbado nada más emprender el camino calle arriba. En ese rascacielos verde. Como un abeto. Grandísimo. Exhibiendo su veraneo en la cúspide. En la cima. En lo más alto. Y en medio de la finca. De esa mansión.
“Para envidia de los que vamos a ras de suelo, como gusanos“, pensó.
La miró fijamente: allí estaba con su colorido binario: como una gran dama: de blanco y negro: en actitud lánguida: desmayada: desmadejada: suelta: toda tumbada, como a él le hubiera gustado hallarse, en lugar de pasear respirando el humo, la mierda que despiden, por los tubos de escape… a veces, casi a chorros negros y otras, en suaves humaredas de un gris blanquecino, esos automóviles que pasan continuamente.
Respirando muerte lenta, pero muerte.
Y además, para mas inri, nos contemplan, desde los ventanales de sus palacetes, (porque algunos lo eran), ricachones que, a esas horas, levantan los culos de sus camas o poltronas. O incluso permanecen en ellas riéndose de los que, como él, observan con envidia, con ansia, no sólo porque quisieran poseer la casa, sino poseer y yacer con su matrona y, si fuera posible, en el propio tálamo.
“Pero no tenemos otra alternativa -se dice para si- que seguir zambulléndonos en el aire viciado, ya que no podemos hacerlo en la propia piscina, por el humo de los coches. Muchos conducidos por hijos, sobrinos o nietos de esos mismos gandules que, sin haber dado un palo al agua, tienen todo el agua que quieren, piscinas enteras… ¡hostias!”
Se paró en mitad de la cuesta. Miró hacia atrás. La volvió a ver. En el abeto rascacielos. El negro de su vestimenta se disimula un poco con el verde oscuro del rascacielos, pero el blanco, ¡ah el blanco!, cae, alargándose, hacia un lado. Como si quisiera escurrirse. Una demostración palpable…
“¡Alto ahí!… -exclama para sus adentros- Más que palpable, que más quisiera yo, visible… de cómo se deja acariciar por el viento de la altura. De esa altura donde goza del verano, sin importarle lo más mínimo lo que puedan murmurar, -para murmurar ya lo hace ella-, los mirones: como yo, que la contemplo alelado.”
Su equilibrio sobre el abismo da hasta miedo; y envidia y rencor… por no poder estar donde ella se encuentra: en posesión del dominio placentero de los sentidos; así, en plural…
No se puede aguantar más. Siente la irresistible atracción de ella. Coge los prismáticos. Como un viejo verde. Como un voyerista. Es un placer que se puede permitir. Este sí. Un instrumento, además, que le hace volar de nido en nido, de ventana en ventana… Ahora lo ve todo perfectamente. No es lo que pensaba. Ni por asomo.
¡Pobre! La cigüeña está muerta en lo que parece un abeto centenario. Altísimo. Como rascacielos. Su cuello y su pico caen de un lado, nido abajo. Eso es lo que semejaba una postura desmayada, desmadejada, tumbada…
“Los del chalé, por lo que se ve, se han cansado de oír el machaqueo del ajo de la cigüeña. Y, como está en su finca, la mataron. ¡Malditos! ¡Ricos tendrían que ser para ser buenos! Una república les bajaría…”

 

Posted by María Pita at 19:17:34 | Permalink | No Comments »