Monday, February 25, 2008

Felix Rosado: Visita a Dámaso Alonso

VISITA A DÁMASO ALONSO

 

Por Félix Rosado

 

“Año mil novecientos diez y siete:

Vicente y yo, qué gozo este verano,

En Navas del Marqués. Pronto, ¡qué amigos!

Primera vez en aquel día juntos,

Después toda la vida para siempre.”

 

El premio Nobel Vicente Aleixandre encontró su camino en la historia de la literatura en la amistad que nació entre él y Dámaso Alonso en Las Navas del Marqués.

 En 1986 –cuando lo pienso aun no me lo puedo creer- tuve la oportunidad de entrevistar a Dámaso Alonso. Fue en su propia casa, en Alberto Alcocer, 23, en pleno centro de MADRID, junto al Paseo de la Castellana. El ilustre poeta se dignó recibirme al segundo intento. En el primero hablé con su ama de llaves, a la que informé de mi interés por la interviú porque yo soy de Las Navas del Marqués y quería conocer más a fondo aquel encuentro, entre los dos grandes de la poesía española del siglo XX, en el verano de 1917.

A mis 22 años me topé con Dámaso Alonso que ya contaba 88. Semanas  antes ya le había visto en la Facultad de Ciencias de la Información en unas jornadas sobre la poesía que organizó el Departamento de Literatura, a las que también asistió Alberti –del que guardo un autógrafo como oro en paño- y Antonio Gala. Pero mi interés se centró, sobre todo, en Dámaso.

En mi primera visita, fallida, a su casa, charlé con su ama de llaves, ya digi, y casualidades de la vida –el mundo es un pañuelo- me habló estupendamente de aquel médico que fue don Luís en Las Navas del Marqués, Luís Guerra, al que el Ayuntamiento navero luego dedicó una calle del pueblo. Conocía a don Luís y entablamos una animada conversación para romper el hielo. Transmití mi mensaje para don Dámaso y quedé para volver días después. Y así fue.

La fortuna me sonrió esta vez. Pero no llegué, vi y vencí, no. Llegué, llamé y no estaba… Así que creía que me iba a quedar a dos velas. Decidí montar guardia y no peder la oportunidad de la cita. Sentado en un banco, tiempo después, vi llegar a don Dámaso. Le abordé y me presenté. Me invitó entonces a pasar a su casa. Un hogar en medio de Madrid realmente apasionante. Un jardín, frondoso y tupido, con el canto de los pájaros –en primavera- separaba este rincón poético, si se me permite la expresión, del ruidoso Madrid.

No puede dejar de mencionar que aquella entrevista se publicaría en la revista navera El Catón, que tuvo una corta pero, todo hay que decirlo, fructífera e interesante andadura.

En ‘Caminar Conociendo’, a petición de su director, José Mª Amigo Zamorano, debo recordar ese episodio que me trasmitió Dámaso Alonso en quizá la última entrevista que concedió, cuando tenía 88 años.

Por aquel entonces, don Dámaso era víctima del tiempo, como todo mortal en este mundo. ‘Bueno, yo tengo ya unos años viejísimos, y tal…’ me contestó cuando le pregunté por sus dedicaciones, sus aficiones y sus actividades. Bastante guerra lleva la gente en el cuerpo cuando se aproxima a los noventa. Era un Dámaso distinto al que acostumbramos a ver aún en sus fotos históricas, en sus escritos, en sus libros…

Encapotado en un abrigo negro, con su sombrero, eso sí que no había cambiado, como siempre, me hablaba con elegancia. Entramos y me sorprendí cuando vi sobre un sofá lleno de carpetas, periódicos, libros y cojines, el último ejemplar que había sacado en aquel año la revista El Catón, con la portada del Santísimo Cristo de Gracia. Supongo que se lo mandaría algún navero, aunque no puedo asegurarlo.

Luego me acompañó a su despacho. Impresionante. Era una biblioteca auténtica. Cuatro paredes, cuatro estanterías llenas de libros. Hasta arriba. Apiñados en las mesas, en los armarios,  en repisas, anaqueles, libros por todas partes. En una pared se hallaba el retrato de don Dámaso y en una mesa reposaba un busto también del poeta.

El andar de don Dámaso era cansado y su respiración, forzada. A pesar de ello su fuente intelectual seguía impertérrita. Continuaba trabajando, en la medida de sus posibilidades, para la Real Academia de la Lengua.

Le pregunté por su relación con Vicente Aleixandre. “Nosotros nos pusimos ya en conocimiento y con mucho deseo en… ¿cómo es? Navas del Marqués. Estuvimos ahí todo el verano de 1917 y luego estuvimos otros veranos siguientes, estuvimos allí varios años. Pero luego además nos relacionamos por el invierno”.

Dámaso Alonso recordó que tenía un cuaderno en el escribieron sus primeras poesías. “Teníamos el cuaderno en el que estábamos escribiendo, pero escribía él más que yo, porque yo estuve la mayor parte del tiempo en Alemania”.

En dicho cuaderno estuvieron escribiendo desde 1917 hasta 1923, aproximadamente. “El hizo cincuenta y tantos poemas y yo unos treinta. Pensativo me comentó: “verá, le voy a enseñar el cuaderno”. Se levantó con lentitud y fue en su busca. Pero no trajo el famoso cuaderno que tanto interés despertó en mí: sino un ejemplar de la Academia en cuya portada se leía: “Homenaje a Vicente Aleixandre”.

Don Dámaso empezó a leerme, con una sensibilidad exquisita, un poema en que plasmó sus vivencias al lado de Aleixandre.

 

Mi amistad con Vicente Aleixandre

I.                   Desde 1917

 

“Año mil novecientos diez y siete:

Vicente y yo, qué gozo este verano,

En Navas del Marqués. Pronto, ¡qué amigos!

Primera vez en aquel día juntos,

Después toda la vida para siempre.

En el noventa y ocho, del siglo diecinueve

Nacimos. El cumplía sus años en abril,

Yo seis meses más tarde, el mes de octubre.

Por tanto, en el verano, ya en este primer día

Años él, diez y nueve, yo sólo diez y ocho.

 

Sí, en aquel día hablábamos sin callar un momento

De mil cosas ligeras, variadas, divertidas.

También yo, breve un rato, de poesía hablé.

Asombrado Vicente, de ello usar más me pide

Empezamos a hablar de poemas, de estilos…

Vicente se aficiona, se embriaga: siempre quiere

Complicarse de ideas y leer y aumentarse.

 

Le presté de Rubén Darío un libro hermoso.

El lee y se entusiasma, y un poco después

(yo no creía hazaña de esta acción imposible)

Empezará él mismo a intentar poesía.

 

Yo escribí poesía antes, después los dos.

Tuvimos pronto amigos de gran gusto,

Deseosos también de poesía.

Quisimos mucho a dos: dos Álvarez Serrano,

Ramón y Enrique. Ya escribieron poemas

Los dos. Por nuestra parte, yo también

Y Vicente Aleixandre, mejor, siempre mejor.

Ramón nos da un cuaderno. En él los cuatro amigos,

Escribimos poemas: cincuenta y tres Vicente

Diez y ocho, yo; Ramón hizo catorce;

Sólo de Enrique tres. El cuaderno quedó

Siempre en mi casa, con secreto incógnito;

Poesía de Vicente ¡Maravilloso Aleixandre,

De infantil poesía! Son primeros poemas

Distantes aún de las egregias formas

Y lejos de la noche madurez de la vida;

Pero yo con encanto, completa juventud,

Con intento de gracia, amor, penas de muerte

Poesía inicial ¡Será más tarde altísima!

 

Ahí habló del cuaderno. Se levantó nuevamente en busca de ese manuscrito, ya antiguo e histórico. Regresó con un cartapacio, una especie de bloc con las pastas rojas. En su interior se veían sus páginas amarillentas y desprendidas, por el paso y peso de los años –desde 1917- El tomo, al parecer se lo dio a Dámaso Alonso alguien de Las Navas, pero no recordaba quien.

En la portada había marcadas unas iniciales: P.R.S. “Aquí el primero que escribí fui yo”, apuntó. Fue con un verso de Góngora: Perdidos unos, otros inspirados. Y luego, inmediatamente, viene mi primer poema, se trata de un soneto titulado ‘Atrio’, pero no es muy bueno, no degusta, matizaba el viejo poeta.

 

Atrio

 

Esto que ves aquí, versos –cambiantes

Como las horas hacia el mediodía-

Flores de seda son, que un claro día

Cantaron, al pasar, los caminantes.

 

Mar y cielo se hacían consonantes,

Y un madrigal la luz entretejía,

¡Cielo, mar, luz, la grata compañía,

Los versos juntos y los pies pujantes!

 

Todo camino tiene acabamiento.

Y, frente al mar (cuando el cenit tocaba

El sol) el nuestro se rompió de pronto.

 

-Este que miras, puro monumento-

-agua de nieve ya; piedra de lava-,

Queda. Después la niebla y el tramonto.

 

El cuaderno, repito, ya famoso, no sé si se ha llegado a hacer público. Algo he oído. Pero no estoy seguro de que se haya publicado. Don Dámaso me comentó que se había intentado. Luego perdí la pista.

Con las poesías dispersas y muchas hojas en blanco era una joya histórica, la semilla del nacimiento de la poesía de Aleixandre y de su gran amigo, Dámaso. “El libro este lo he tenido yo casi siempre. Además de mis poemas y los de Aleixandre están los de los dos hermanos Serrano”, me explicaba. Y añadía inmediatamente: “también viene el primer discurso de Vicente Aleixandre… cuando depositamos juntos la poesía escrita en este libro, y la dejamos yéndonos como quien abandona unas últimas rosas o algo que ha pasado…”.

Dámaso Alonso ya no escribía poesía. “Bueno, yo hace año y medio que escribí bastante. Y escribí bastante sobre todo cuando murió Vicente Aleixandre”. De política nada. “No, política no. Yo he publicado cosas de carácter distinto”.

Le pregunté por sus preferencias y la respuesta fue inesperada. No sentía inclinación por sus grandes obras, como Hijos de la Ira, Hombre y Dios o Los Gozos de la Vista. “No, sólo por mis últimos escritos, preferencia a pensar en la muerte y la duda de la realidad”.

Dámaso Alonso, filólogo, poeta, ensayista, crítico y teórico de la literatura entró en las páginas de la Historia de España del siglo XX. De su mano nación Premio Nóbel, Vicente Aleixandre. Casualidad o no, aquel encuentro en el verano de 1917 en Las Navas del Marqués abrió una de las bellas páginas de la poesía española de nuestro siglo.

Me despedí de Dámaso Alonso, que gentilmente me prestó el libro de al Academia con el poema de Aleixandre. Luego se lo devolví por correo pensando que había tenido una suerte inmensa por haber entrevistado a un gran hombre.

 

Félix Rosado es periodista

 

(EL ARTÍCULO DE FÉLIX ROSADO APARECE EN LA REVISTA ‘CAMINAR CONOCIENDO’, Nº 4, PAGS. 42-43-44. MAYO DE 1995)

 

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Tuesday, July 24, 2007

Prehistoria de 2 poetas:Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre

LA PREHISTORIA DE DOS POETAS: VICENTE ALEIXANDRE-DAMASO ALONSO

 

 

Por Francisco Javier Díez de Revenga

 

 

En los últimos años, los estudios sobre nuestros grandes poetas del siglo XX, y en especial sobre los poetas que venimos llamando de la generación del 27, están recibiendo nuevas aportaciones que nos vienen a descubrir renovadores perfiles de sus personalidades literarias. Son fundamentalmente apariciones de textos inéditos sobre todo, acompañados de los correspondientes comentarios y de las valoraciones históricas que las sitúan en la órbita del momento histórico en que se producen y en relación directa, especialmente,  con el resto de sus producciones poéticas. En el campo de estas aportaciones tiene mucho interés las ‘juvenalias’, primeros poemas, o más ampliamente primeros textos literarios,  que hemos conocido ya de bastantes de estos escritores: primero fue García Lorca, luego Guillén (Hacia Cántico), Salinas (Cartas de amor a Margarita), Gerardo Diego (Hojas) y tantos otros, los que fueron resultando cada vez mejor conocidos a través de sus producciones literarias primigenias.

 

Les corresponde el turno ahora a Vicente Aleixandre y Dámaso Alonso, conjuntamente, porque conjuntamente llevaron a cabo una inusual empresa literaria: reunir sus poemas, con los de otros dos amigos (Ramón y Enrique Álvarez Serrano). A esto me voy a referir, aprovechando la invitación de José Mª Amigo Zamorano, Bibliotecario Honorífico de Las Navas del Marqués y profesor del Colegio Público de la localidad que lleva el nombre, además, de nuestro Premio Nóbel. José Mª Amigo ha promovido un homenaje a Vicente Aleixandre en el cincuenta aniversario de la publicación ‘Sombra del Paraíso’, apoyándose en que Vicente Aleixandre se lanzó a la poesía en Las Navas del Marqués, de la mano de Dámaso Alonso. Efectivamente, en el verano de 1917, Dámaso animó a su amigo Vicente a que leyera poesía, paseando entre los robledales y pinares naveros. Allí comenzó la empresa literaria que aludía más arriba: reunir poemas en un ‘Álbum’, texto muy conocido de los especialistas en los poetas del 27, porque con frecuencia era citado por Dámaso Alonso, en especial en un magnífico poema, escrito a la muerte de Vicente Aleixandre, que difundió dramáticamente la existencia de este álbum juvenil, prueba de amistad inquebrantable forjada en los años más jóvenes, coincidentes con el inicio de su oficio de poetas, ese oficio que Dámaso Alonso y Vicente Aleixandre ejercerían con tanta independencia como insuperable calidad, para bien y beneficio de la poesía española de nuestro siglo, donde ambos ocupan un lugar alto, y muy alto.

 

Alejandro Duque Amusco y María-Jesús Vela han sido los felices editores de esta presentación del citado Álbum. Versos de juventud (1) que ahora se publican. Decimos que han sido los ‘felices’ editores y utilizamos el adjetivo en dos sentidos: ‘felices’ porque el resultado ha sido espléndido (prólogo, criterios de edición, calidad en la presentación de los poemas, ordenaciones, dataciones y un magnífico apéndice de notas y de aparato crítico absolutamente bien realizado; y ‘felices’ también, desde luego, porque es de suponer que nuestros dos editores han debido disfrutar de lo lindo llevando a cabo su trabajo, descubriendo los primeros vagidos de dos grandes poetas, anotando los avances estéticos y contrastándolos con la cronología poética de la España del momento. Felicidad traducida en entusiasmo halagador y entrañable, compatible con la seriedad y el rigor críticos, de que hacen gala nuestros editores.

 

Años cruciales 1917-1924, en los que las corrientes poéticas se sucedían vertiginosamente, desde el modernismo a la influencia austera de Antonio Machado, desde al fuerza imparable de Rubén Darío a la primera gran influencia de Juan Ramón Jiménez, sucedido inmediatamente por el segundo Juan Ramón y quizá por el tercero… Desde la presencia de la vanguardia con su sucesión de movimientos, Ramón Gómez de la Serna , greguerías y Prometeo al fondo, a las influencias del postsimbolismo francés y la poesía pura… Toda una vida y toda una literatura, desarrolladas con gran intensidad y con evidente apasionamiento en muy pocos años, velocísimamente, vertiginosamente.

 

Los editores han llevado a cado en su introducción o estudio preliminar valoraciones valientes y avanzadas, que quizá a muchos les sorprenda o les llame la atención, e incluso es posible que no todos acepten, como la consideración de Dámaso Alonso como primer poeta futurista, a tenor de los rasgos de un poema, a mi juicio trascendental para la poesía española del siglo XX (‘El deseo. La canción nueva. La canción vieja. El deseo’), lo que sin duda sabía muy bien el propio Dámaso Alonso cuando lo envía a una revista en 1958, por si ‘puede tener algún interés el publicarlo’, y al que ya se había referido Duque Amusco en un trabajo anterior, de 1990.

 

Hay hallazgos importantes en este libro, en esta edición tan necesaria. Y no es el menor el hecho de que descubrimos a dos poetas muy jóvenes, iniciándose en la poesía, incluyéndose el uno al otro en sus primeros poemas, pero tan distintos ya desde el principio, porque, desde ese comienzo, se deja sentir la originalidad y la fuerza de sus dos personalidades poéticas. En Vicente Aleixandre, sus inquietudes destrucción-amor, sus incursiones en un primer lenguaje vanguardista que preludia lo que luego va a ser su habitación habitual durante muchos años; Dámaso Alonso rebelándose contra el abominable mundo lleno de monstruos, insectos, gusanos, etc. Diferentes entre si, pero muy ellos mismos ya desde el principio, anticipándose a lo que serán sus respectivas de grandes poetas de nuestro siglo XX.

 

Como indican los editores, en el caso de Vicente Aleixandre, el ‘Álbum’ nos muestra al poeta situándose en la trayectoria adecuada para crear ya su primer libro importante: ‘el camino quedaba abierto. El primer libro de Aleixandre, Ámbito, puede considerarse la meta natural a la que se llega por la vía de la desnudez y la pureza’. En el de Dámaso, es la multiplicidad de registros lo que más destaca: ‘Esta imagen multifacético de Dámaso Alonso que el Álbum apretadamente nos proporciona, la del poeta capaz de pasar en rápido giro del tratamiento clásico del soneto al poema ultraísta, y del futurismo a la poesía popular, anticipa la verdadera trayectoria poética que seguirá en lo sucesivo: plural, dinámica, sugestiva’.

 

Merece una atención espacial en este acercamiento al libro, el apéndice de notas, ese aparato crítico que, como hemos avanzado, consideramos valioso, sin duda por su carácter modélico de cómo debe hacerse un aparato crítico a una edición de poesía contemporánea. De todo hay en él, y de gran utilidad casi todo lo aportado. Desde detalles de la caligrafía, que permite en muchos casos identificar al autor de tal o cual poema, a las menciones de las más notorias influencias: Antonio Machado, Manual Machado, Bécquer, Rubén Darío, Ramón Gómez de la Serna , nombres que son en este caso muy necesarios, ya que lo leemos en un poemario de formación. Pero también hay que señalar que junto a los datos técnicos, que podríamos considerar fríos, están igualmente los detalles y las anécdotas entrañables de muchos de los poemas, pormenores biográficos que nos descubren a los jóvenes poetas haciendo bromas sobre una reciente composición, luchando por dominar una forma, instruyéndose, en definitiva, en el arte de hacer poesía, y haciéndola en común.

 

Con libros como el presente vamos comprendiendo mejor lo que podemos asegurar que es la época más brillante de nuestra poesía, de nuestra literatura del siglo XX, a cuyo inicio asistimos ahora con estas nuevas publicaciones y descubrimientos, dicho sea en el sentido literal y no triunfalista de la palabra. Descubrimiento de cosas que estaban cubiertas o vedadas y que hoy nos permiten ver los orígenes de los grandes poetas de nuestro siglo, esa ‘prehistoria’ del 27 que los editores proclaman otorgándole a este libro una trascendencia especial, que, posiblemente, posee en su condición de germen de grupo. Las amistades iniciales de todos estos poetas son poco conocidas y no se han valorado los resultados en obra escrita de algunos encuentros que fueron muy llamativos. Las parejas empiezan a formarse: Salinas-Guillén, Diego-Larrea, Aleixandre-Alonso. Luego vendrán los tríos: Lorca-Dalí-Buñuel, y así hasta formar, ya en 1917, ese grupo sólido de escritores que no dudamos, en su momento, en denominar, por influencia de Dámaso Alonso, generación del 27. Encuentros, viajes, destinos, antologías y revistas, sobre todo revistas, determinaban una existencia literaria común, generacional.

 

Hoy, cuando se ponen en duda todos estos conceptos –que muchos críticos no han llagado jamás a admitir-, libros como el presente nos muestran inicios comunes, intereses compartidos, aunque hay que aceptar, ya desde el principio –y los poemas de este ‘Álbum’ lo evidencian sobremanera-, que todos estos escritores eran muy diferentes entre si. Juntos pero no revueltos, amigos para siempre pero creadores independientes, compañeros del alma pero cada una con la suya, propia y personal.

 

 

Francisco Javier Díez de Revenga, catedrático de literatura por la Universidad de Murcia.

 

 

(1)                      Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso y otros: Álbum. Versos de juventud. Edición, prólogo y notas de Alejandro Duque Amusco y Mª Jesús Vela. Tusquets Editores, Barcelona, 1993, 235 páginas.

 

 

ESTE TRABAJO DEL PROFESOR D. FRANCISCO JAVIER DÍEZ DE REVENGA APARECIÓ EN EL NÚMERO 4 DE LA REVISTA DE LA JUNTA DE LA BIBLIOETCA PÚBLICA MUNICIPAL DE LAS NAVAS DEL MARQUÉS TITULADA ‘CAMINAR CONOCIENDO’ EN LAS PÁGINAS 39-39 DE MAYO DE 1995

 

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